Eslabón inconquistado, bastión de rebeliones, refugio en las derrotas, viaje en el tiempo: Alto Telire es territorio cabécar –casi– virgen en medio de la vasta e insondable región talamanqueña.

 8 febrero, 2015
Gilberto Morales es uno de los 15 (o 20) hijos de don Ernesto.
Gilberto Morales es uno de los 15 (o 20) hijos de don Ernesto.

El río Telire es una larga serpiente talamanqueña que clava una decena de dientes en Chirripó y termina coleteando en la frontera con Panamá, convertida en el Sixaola. Por su cañón de denso verde baila, enmantequillado, el helicóptero Bell 205 placa TI­AZM de la aerolínea AeroDiva, con un logo de la Caja Costarricense del Seguro Social estampado en la puerta.

En su traqueteo, la puerta confunde su ruido con el de la hélice, que corta el aire blanco, poco menos que nuboso, del viernes 9 de diciembre. El viaje moviliza un equipo de mantenimiento de la institución –fontanero, electricista– para revisar las condiciones de los locales de Bajo Bley y Piedra Mesa (territorio indígena cabécar de Alto Telire, Talamanca) que funcionan como improvisados Ebáis. También movilizará a Piedra Mesa a un equipo médico internado en Bajo Bley desde hace una semana. El último día llevará a varios pacientes para ser atendidos en la clínica de Bribrí (Caribe sur), y además cargará donaciones de comida, ropa y juguetes para una fiesta navideña.

A las 11 de la mañana el helicóptero dejó atrás el hangar del aeropuerto Tobías Bolaños, los techos oxidados de San José, San Pedro, Tres Ríos y Cartago, para sumar el paisaje sinuoso de Turrialba, las plantaciones de banano en Matina, el puerto de Limón, el Valle de La Estrella, y torcer el rumbo sureste para remontar la cuenca alta del río Telire, hacia al oeste.

La cordillera impenetrable de Talamanca se abre deslumbrante, casi de mala gana, a través del cañón del caudaloso, chocolatoso e ingobernable río. La comunidad cabécar también se va abriendo de a poco, deslumbrante también: se acercan familias enteras desde todos los puntos cardinales, machete oxidado en mano, botas negras de hule, silencio profundo en los ojos, niños chispeantes aquí y allá.

Poco después del último vuelo del TI­AZM el cielo se irá cerrando y ni los pájaros se escucharán: sólo el Telire, amplificado en su cañón y, cuatro horas por noche, una planta eléctrica que bebe garrafones de combustible mientras gruñe, eructa, vocifera.

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Manuel, 30 años, Butubata

Español aprendí pequeño, poquito a poco. Cuando fui a Valle aprendí más. Ayudé jalando banano, dando comida pa los chanchos en las fincas. Como dos años. Allá es duro, allá todo comprado. Uno tiene que gastar, más caro. Acá uno trabaja y consigue la comida, allá no. Yuca, banano, plátano, pejibaye, frijoles... si quiere frijoles nada más tiene que ir a recoger.

¿Yo? Sí, sembré. Hace mucho. Ya no, mucho trabajo. Sembrarlo, cortarlo, cargarlo, después de regreso lo que compra. No. Antes sí sacaban plata. Ahora nadie quiere, ni afuera compran marihuana. Todo bajó. Quieren comprar como 5.000, 3.000 la libra. Peligroso. Si la ley lo encuentra, es para canear. Mucho trabajo, muy peligroso.

Ocho hijos. Sí, estudian. El mayor conoce San José. ¿Yo? Sí. Uuuh hace tiempo. Conozco Guadalupe, bonito. Duró una semana ahí, con pastor.

Colegio no hay. Hay que ir a Alto Coen. Para ir al colegio hay que vivir hasta allá. Mi sobrino de Bajo Bley está estudiando en Estrella, está viviendo allá porque tiene familia.

¿Aquí? No, ningún parte hay luz. Lo más cerca es Estrella.

La Voz de Talamanca no entra. Radio Casino, Columbia sí. Sí, oímos el partido Liga­Saprissa.

Con pilas. ¿Yo? Saprissa.

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El Telire bebe de todas las estribaciones de la cordillera vertebral como arteria aorta de un corazón indomable: la Costa Rica insurgente, la de los pueblos inconquistados por los españoles hace 500 años, nómadas que se internaron en Talamanca para sobrevivir –y con ellos salvar su idioma y cultura– y para rebelarse. Basta nombrar la rebelión que acabó con la ciudad de Santiago de Talamanca en 1610, o a Pablo Presbere y Pedro Comesala y el levantamiento contra las autoridades españolas un siglo después. Basta recordar, además, la negativa a la exploración minera y petrolera en la zona.

Ángela Moya Moya llegó a un siglo de vida y murió hace poco más de un año.
Ángela Moya Moya llegó a un siglo de vida y murió hace poco más de un año.
Todo lo cultivado es para subsistencia; no hay luz eléctrica y apenas en un par de puntos hay un sistema de mangueras para traer agua desde las quebradas hasta las casas.

De esa resistencia conjunta con los bribris, los cabécares deben no solamente su reticencia para con los foráneos, sino también la conservación de su idioma, mucha de su religión y tradiciones ligadas con la muerte, el parto, o el uso de plantas medicinales y cantos en los procesos curativos.

En el recorrido del río, hacia el sureste, la cola de “la serpiente” se adentra en el Parque Internacional La Amistad y la reserva Bribri, ríos navegables –el Yorkín, por ejemplo– y carreteras que conectan con Panamá, Puerto Viejo y Limón.

Hacia el oeste, en cambio, las vías de comunicación se achican: apenas en Bajo Bley hay fragmentos del río aptos para cruzar en bote de lado a lado. Lo demás es trepar laderas, caminar sostenidos por raíces y bejucos, gastar las botas en el barro altivo, un par de puentes de hamaca o arriesgar la vida cruzando por un tronco encebado por la lluvia y los líquenes.

Las condiciones no solo amenazan la vida, sino que también impiden el comercio: todo lo cultivado es para subsistencia; no hay luz eléctrica y apenas en un par de puntos hay un sistema de mangueras para traer agua desde las quebradas hasta las casas.

Tres días a pie del Chirripó, tres días a pie de Turrialba, tres días a pie del Valle de la Estrella. Y si es con carga –azúcar, sal, arroz, ropa, pilas–, hasta 6 días caminando. Ni siquiera caballos. Ni siquiera mulas. Solo en la máquina del helicóptero, que bate el aire. O en la máquina de los pies, que bate el barro.

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Osvaldo, 43 años, Arcoíris

Ahora vivo allá, Arcoíris, allaaaaaá la loma. Allá largo, dos horas. A pie. Todos andamos a pie.

¿Caballos?. Noooo, caminos malos. Valle la Estrella tres días a pie. También Talamanca, también Chirripó. Siiií.

43, siií. Pequeño no conoce helicóptero, no conoce escuela, ahora todo. Todo viene de sikua, habla español.

Todos hacemos trabajo. Sembrando. Solo para comer, para gasto, sobrevivir. Sembran maiz, frijoles, ñame, chayote, caña dulce, todo eso. Carne ahumar, siiií, no se pone mala.

Curar Sukia pone yerba, uno bejuco, una ráis de árboles, con agua. Él canta pa curar, y uno fuego para prender con una hoja grande, la calienta con fuego, siiií, la pasa por cabeza, por todo. Cura.

¿Sibú? Siiií. Cualquier cosa la gente decir Sibú. Un pájaro, Sibú. Ir a montear, Sibú. Pastor dice que no, Dios es Jehová. Antes todo es Sibú. Dice pastor que Satanás está contento de llamar Sibú.

Nosotros llamar Sibú, siiií, la montaña, siiií, en la mañana Sibú.

¿San José? Aaaantes, pero ya me olvidó. Bonito, pero tengo miedo, porque yo no conoce bien la gente. Solo carros. No andando a pie. Solo anda con carro.

¿Primer helicóptero? Como 15 años, yo. Viene el gringo y la policía. Antes un padre bautizando niños. Luego en avioneta, tirando sacos echaban cosas, comida, ropa. Allá en potrero tiró.

Siií, aquí Benancio, Maynor, Gilberto, José Luis, Cristobalina, Idalia, nada más. Esas casas. Siiií, de mi papá, Ernesto. Siiií, hijo, mío. Jeremías. ¿Jeremías? No, él casi no entiende español. Todos hablar cabécar.

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Desde el Chirripó, en su recorrido, el Telire acarrea aguas de las altas cumbres de los pueblos cabécares, donde viven espolvoreados –más que esparcidos– ocultos por la abrumante densidad del bosque. En Alto Telire, por ejemplo, la Caja ha censado poco menos de 1.000 personas en 150 ranchos.

Como caminos de hormigas, en mitad del bosque se van abriendo senderos, imperceptibles casi, y zaristas donde se entrecruzan los caminos que llevan de casa en casa, y de aquí y de allá aparecen mujeres con niños en la espalda, niños en brazos, niños detrás o delante, sacos en la cabeza, machete en la mano, botas embarrialadas.

Las casas, sin embargo, no se atisban por ningún lugar –apenas una decena desde el aire–. Pero al llegar el helicóptero de la Caja, familias enteras suspenden la jornada para ir hasta donde el “médico blanco”, enfermos y sanos por igual. Muchas veces esas visitas –cuatro al año– son el único momento de abastecerse de medicinas para cuando alguno de los miembros enferme. El resto del tiempo, visitan al Sukia, autoridad médica, social y religiosa.

Los viajes de la policía o misiones cristianas también suponen una oportunidad para abastecerse de ropa usada, útiles escolares o botas, y así evitar bajar hasta el Valle a comprar con el poco dinero que algunos ganan limpiando los trillos en las montañas.

Pero con la policía pasa algo distinto que con los médicos. Son menos, pocos, los que salen a atisbar el helicóptero. Cuando llega suele estar antecedido por el sobrevuelo de una avioneta que va rastreando, en el verde impenetrable, cierto verde: el de las hojas de marihuana.

De esas excursiones están plagadas las páginas de la poca cobertura de prensa sobre la zona: “Policía de Control de Drogas erradica 146.488 matas de marihuana en Talamanca”, “La policía destruyó 54 plantaciones de marihuana en Talamanca”, “Destruyen 38.500 matas de marihuana en Talamanca”. Talamanca, Talamanca, Talamanca. Locación difusa, generalista, como si fuera un barrio apenas. Temática monótona, sesgada, simplona.

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Ernesto, 60 años, Jabejuktu

Yo nació arriba, Guayabal, allá. Familia mía ahí estaba. Aquí llegó como 40 años. Yo trabajé aquí, hacer finca. Todo, grandes árboles, yo lo voltié, duro.

Como 15 años, aprendí español, en Valle, en la Suiza de Turrialba, a trabajar. Iba a coger café.

Yo tener asma. Duele cabeza y duele cintura. Y piernas. Estuvo como 20 días hospital Calderón Guardia. ¿San José? Está buena. Después venir a Talamanca siete meses a curar. Buena gente, buena lugar para vivir. Mucha gente.

¿Escuela? No. Estudió un poquito con la muchacha de Talamanca. Una semana. Aprendí, poquito. Antes no hay escuela, no hay nada. Ni helicópteros, no conozco.

Nací antes, en Guayabal. Después casé. Como 15 hijos, o 20.

Casa mía, arriba. Hijas acá. Hijos también. Allaaaá otros.

Aquí no hay pueblo más cerca. Talamanca. Caminar, duro. Chirripó y Grano de Oro.

Como 30 años avionetas venir, solo ver marihuana nada más. Primero viene avioneta, después helicóptero. Muchos trabajan solo en marihuana. Peligroso también. Yo no sé por qué siembran.

Policías cortar y quemar marihuana. Solo hacer eso.

Aquí sembrar plátano, pejibaye, café, maiz, tiquisc, ñame, yuca...

Yo mal, Sukia me curó. Sukia joven. Ese muchacho enseñó un viejo, él le enseñó. Cura con hierbas, monte. Con las piedras. Canta. Yo curé.

¿Yo? Sí, gusta fútbol. Ahora estaba enfermo, no puedo jugar. Gusta, sí, liguista.

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Jabejuktu quiere decir Nido de Golondrina en cabécar. El conjunto de casas de la familia Morales es lo más parecido al centro de un pueblo en Baja Piedra Mesa, Alto Telire.

Don Ernesto Morales, Tachi –el abuelo– volteó la montaña para asentarse allí con su esposa e hijos, 40 años atrás.

Además de sus casas, hay una pequeña plaza en donde se juega fútbol, cuatro vacas flacas pastan, y aterrizan los helicópteros, y un galerón construido por una misión cristiana funciona como iglesia. Trepando la ladera están las casas de la familia: estructura de madera rolliza amarrada con bejucos, cierre de caña brava, techo de suita, piso de tierra. Al centro, un fogón con tres tucas apuntando al fuego, consumiéndose. En derredor, asientos, sacos vacíos, pichingas, racimos, tubérculos. Junto a ellas, casas de madera y zinc, donadas pero ajenas a su contexto –calientes durante el día, sin el espacio tradicional de la cocina, que son usadas apenas para dormir por las noches–.

Lionel Messi Moya, acá con su hermana Maura, nunca ha visto un partido de su tocayo argentino.
Lionel Messi Moya, acá con su hermana Maura, nunca ha visto un partido de su tocayo argentino.
El Telire bebe de todas las estribaciones de la cordillera vertebral como arteria aorta de un corazón indomable: la Costa Rica insurgente, la de los pueblos inconquistados por los españoles hace 500 años,

También allí se ubica la escuela –un aula– el comedor y una estructura de dos niveles utilizada a veces como albergue, a veces como EBAIS. Allí junto se ubican 10 paneles solares del Instituto Costarricense de Electricidad, un teléfono público y una antena parabólica. En ese punto hay, incluso, Internet.

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El domingo 11 de diciembre por la noche, la planta eléctrica hizo más ruido que la gente y que el gritón cañón del río y que los gallos destiempados, pero a nadie le importó: a tres días a la redonda, caminando, no habría dónde encontrar un televisor y todos querían saber cómo terminaba la semifinal del fútbol tico entre Heredia y Cartago.

Al día siguiente jugarían Alajuela y Saprissa, pero el streaming estaría colapsado y en el Ebáis improvisado todos se encomendarían a la transmisión de Radio Columbia. Y dos días después, esperando el helicóptero TI­AZM, la gente, como hormigas, aparecería por entre mínimos sederos en el bosque, y harían una mejenga interminable para gastar la espera por los víveres, la ropa usada, la fiesta navideña.

Pero, el domingo, los niños Melvin y Salomón ni en los anuncios de Colacho parpadeaban. Era la primera vez que veían televisión y ni siquiera era un televisor: era una computadora con el streaming del partido, con 15 minutos de retraso. Pues que ni un buen partido era.

En todo Alto Telire no había siquiera un bombillo encendido en mitad de la montaña. Pero en Jabejuktu los hermanos Melvin y Salomón tenían los ojos pelados cual semillas de cacao, luminosos, persiguiendo otra bola, en otra paila.

En tanto, colgada en la negrura profunda, la luna recortaba las cumbres talamanqueñas y el vacío del cañón del Telire. Íntima, como susurrando historias, mezcla de paisaje interno y externo, mezcla de sombra y fulgor.

Let your soul flow

Una blusa tiene el lema "Let your soul flow", en lentejuelas brillantes. Otra, rosada, dice "VIP: Very important princess". Ernesto, Tachi –abuelo, en cabécar–, viste un día una 'luyida' camiseta azul: "Escuela Nacional de Policías". Otro día, una ajada camisa blanca: "Castro: Camiones y repuestos". Entre las donaciones que llegan en el helicóptero, la ropa usada "americana", es de las cosas más usuales. La mudada la complementan las indispensables botas de hule negras y collares de cuentas diversas, algunas con dientes de grandes felinos.

Inmutados y retraídos, los cabécares suelen mirar, mirar profundamente y conversar con recelo delante de los sikuas (blancos). Esto, aunado a que muchos hablan poco español, y mucho personal de salud apenas balbucea algunas palabras, dificulta la comunicación entre unos y otros.

Por eso el doctor Guillermo Cubillo, director del equipo inmerso en Telire, se esperanza en que se implemente un programa para contextualizar al personal médico sobre la cultura e idioma de grupos indígenas que deben atender. Pensar, por qué no, en ligar también la medicina cabécar en la ecuación. "El campo está abierto para hacer un proyecto y hacerlo bien: entrelazar la medicina tradicional y la no tradicional, y hacer un sistema como el chino, donde se puede elegir cuándo ir a un médico tradicional y cuándo ir a un médico no tradicional. Aquí perfectamente se puede hacer eso en aspectos como el parto, donde mueren muchos niños", confía. "Los cabécares tienen el derecho de conservar toda su riqueza cultural, pero nada les quita el derecho de tener un médico si se enferman, de tener una escuela a la que no se les meta el agua, de abrir un grifo y obtener agua potable. Es caro, pero el beneficio siempre es mayor que la inversión".

Wíktebala / Gracias

Dentro de Talamanca, cantón de mayor extensión que la provincia de Heredia, su distrito mayor, Telire, se va desmenuzando en Alto Telire y este en Bajo Bley y Piedra Mesa, los dos puntos habituales de las visitas médicas. Y estos, como mazorcas, siguen desgranándose. “Cada sector de dos o tres casas tiene un nombre”, explica Franklin Méndez, ATTAP (asistente técnico en atención primaria) que lleva siete años recorriendo la zona casa por casa. “Está Shorbata, Piedra Mesa (en el nombre cabécar es Jabejukto), Guayabal 1, Guayabal 2, Monteverde, Arcoíris, Alto Guayabal, Alto Piedra Mesa, Butubata, Río Congo y Cerro Águila. Son comunidades con dos o tres casas, pero están muy, muy lejos de acá”. Como en letanía del viejo testamento, sigue: “Y en Bajo Bley tenemos Alto Bley, Bajo Bley sur y Bajo Bley norte, Pico Blanco...”

Los funcionarios de la CCSS recorren kilómetros de montaña con tal de atender a la mayor cantidad de indígenas posible.
Los funcionarios de la CCSS recorren kilómetros de montaña con tal de atender a la mayor cantidad de indígenas posible.
Los viajes de la policía o misiones cristianas también suponen una oportunidad para abastecerse de ropa usada, útiles escolares o botas, y así evitar bajar hasta el Valle a comprar con el poco dinero que algunos ganan limpiando los trillos en las montañas.

Méndez es parte del equipo médico de la Caja que suele internarse en la zona. Empezó hace siete años, cuando el trabajo era distinto: el helicóptero los dejaba en Piedra Mesa, allí conseguían un par de baquianos y empezaban el recorrido casa por casa. Siete, ocho horas caminando para llegar a una casa. Dos casas al día, y regresar a la base. Así por 23 días.

Nació en Oro Chico, en las montañas de Sepecue, de uno de los clanes bribris. “Recuerdo que llegaban giras médicas, y por la barrera del idioma y lo tímidos que somos muchos aborígenes, había muchos problemas. Usted tal vez tenía un dolor pero no encontraba la forma de expresarlo. Entonces decía: me duele la cabeza, me duele mi pie; no había forma de explicárselo a los sikuas (blancos). Y ellos te recetaban lo que entendieron. Yo me dije: ojalá algún día tenga la posibilidad de ser ese enlace con mi pueblo, con mi familia”.

Apredió, además del bribri, el cabécar y ya suma una treintena de giras, a veces censando, a veces cargando en una hamaca pacientes graves por la montaña, a veces haciendo de peón o electricista, como todos: los médicos, las enfermeras, la farmaceuta, los ATTAP, la cocinera...

“Nosotros no somos de los que están calentando sillas. Nosotros somos los caminantes, el enlace con el pueblo. En estas zonas somos los que vemos y visitamos al paciente a la casa, sabemos cuántos viven, a quiénes se les tiene que aplicar vacunas. Somos los que nos gastamos las botas. Para eso estamos”, explica, con orgullo.

Durante los nueve días de la gira, el equipo atendió a medio millar de personas, mantuvo internadas a tres –alimentando hasta a su acompañantes–, realizó 20 ultrasonidos con un equipo portátil –el primero a una embarazada con 40 semanas–. El domingo por la tarde, con cierta coincidencia casi religiosa, jugaron fútbol.

“Acá lo que faltan son oportunidades”, resume Méndez, al preguntarle por los cultivos de marihuana. “No es cuestión de venir y dejar dos sacos de comida y otro con ropa americana”.

Junto a él viene Guillermo Cubillo, doctor y cabeza del grupo, que regresa después de seis años en los que se dedicó a especializarse. Desde que se montó en el helicóptero, de vuelta a Talamanca, venía con el cuerpo erizado.

“Hay dos tipos de personas –cuenta Cubillo, con el cañón del Telire resoplando y la planta eléctrica gruñendo–: los que conocen Talamanca y los que no conocen la reserva. Hay que venir. Usted aprecia todo de nuevo. La ducha caliente, el café; tantas comodidades. Y te confronta con el hecho de que no necesitás mucho para vivir bien. Un techo, comida, una cama seca. A veces uno se desvive por plata, o por el nombre de uno. Aquí eso no vale nada”.