¿Cuán importantes son los objetivos cuando nos olvidamos del camino para cumplirlos?

Por: Danny Brenes 2 diciembre

Me adelanté. Cuando este año inició, hace once meses, tracé una lista de objetivos que planeaba cumplir antes de entrar al 2018.

El plan, por supuesto, era revisar el estado de esas metas cuando el año estuviera en sus días finales. Porque, cuando al año le restan contados minutos, es más fácil excusar no haber cumplido con ninguno de aquellos propósitos.

No llevo la cuenta de cuántas veces he hecho lo mismo: revisar un año y darme cuenta, justo al final, de que no cumplí con ninguna –o casi ninguna– de las metas que me tracé 365 días antes. El modus operandi inmediato es el obvio: tachar las metas incumplidas, proponerme nuevas, revisar un año después, repetir.

Llamémosle “el ciclo de la vergüenza”, que esta vez decidí interrumpir pero no de la forma que usted cree: no es que tenga grandes logros de los cuales presumir, ni que haya podido hacerle check a la lista imaginaria de metas que me propuse el 1° de enero del 2017. Rompí el ciclo por el otro lado: me adelanté, revisé mis objetivos un mes antes de que terminara el año y me di tiempo para contemplar mis faltas.

Solo así me percaté de lo obvio, del error que siempre estuvo ahí, frente a mis narices: las metas no sirven.

Un sistema fallido

Sí sí, lo sé, suena como la excusa perfecta para alguien que acaba, en los cinco párrafos iniciales de este artículo, de revelar su aparente mediocridad perenne. Puede que lo sea, lo admito, pero hay más que eso. Mi pleito con las metas tiene fundamento; de hecho, no es un pleito con las metas per se, sino contra un sistema que impone las metas como si fueran lo único importante.

Usted sabe de lo que estoy hablando: la palabra popular reza que, para ser exitoso y sentirse realizado, el primer paso es trazarse metas. Para conseguirlas, hay que planear los pasos para llegar a ellas, fijarse plazos y permitirse incentivos. Hay que trabajar duro y hacer sacrificios. Prohibido salirse de ese camino.

Llámele dieta, llámele rutina del gimnasio, llámele plan de estudios o carrera profesional: no importa cómo se llame el camino, ni de qué se trate, porque lo importante es la meta que espera al final.

Es el método que se nos ha enseñado, como si de un evangelio se tratara, para ser exitoso. Pero, ¿y si esa fórmula mágica fuera errónea por diseño?

Las metas como contradicción

Vamos a ver, no es que las metas estén mal, pero atarse a ellas puede ser contraproducente.

De acuerdo con la Asociación Psciológica de Estados Unidos, décadas de observación y contraste de datos demuestran que, en efecto, las metas funcionan para trabajar más duro, aumentar el nivel de concentración y actuar mejor. Pero, al mismo tiempo, pueden matar la creatividad, además de hacernos más propensos a hacer trampa y menos a progresar paulatinamente.

“Nos amarramos tanto, emocionalmente, a las metas que, sin pensarlo, nos predeterminamos para el fracaso y la decepción”, dijo, a la BBC, el autor de libros de psicología Stephen Shapiro. “La clave para el éxito es: si usted quiere conseguir algo en cinco años, no se ate tanto a ello al punto de que sea la única motivación de todo lo que hace”.

“El problema no son las metas por sí mismas. Es cómo las tratamos”, agregó Lisa Ordoñez, de la Universidad de Arizona.

Es decir, que el problema no pasa por la meta que fijamos al final del camino, sino cómo enfrentamos el recorrido para llegar a ellas.

Datos de la Universidad de California en Riverside dicen que la felicidad –y esto suena a cliché, pero la información es clara– pasa más por pequeños actos, como expresar gratitud a alguien más, que por grandes compras, como una casa o un carro nuevo. Sin embargo, nuestras metas suele enfocarse en lo segundo, sin importar que, para lograrlo, sea necesario sacrificar, por ejemplo, relaciones personales (el sacrificio que, según la revista de psicología social y ciencias de las personalidad de la editorial SAGE, más gente se arrepiente de haber cometido).

Shappiro también apunta que el problema con las metas es que construyen una mentalidad de rueda de hámster: después de conseguir una meta, hay que fijarse otra, lo cual no deja tiempo para disfrutar el tiempo entre una y otra.

El Bhagavad Gita, un texto fundamental del hinduismo, escrito hace 2.200 años, dice: “Aquellos que están motivados únicamente por el deseo de los frutos de sus acciones son miserables, pues siempre están en constante ansiedad sobre los resultados de lo que hacen”.

Es decir, que el problema no es nuevo, pero la vida moderna sin duda ha incrementado nuestra preocupación por lograrlo, por ser alguien, al tiempo que amarramos esos conceptos a metas materiales, estéticas, profesionales o académicas, dejando poco espacio para disfrutar el momento.

¿Y entonces?

Pero, ok, ok, entonces, si no me propongo metas, ¿qué diablos hago? ¿Me quedo de brazos cruzados?

Bueno, no. La respuesta es no. La respuesta obviamente es no, no se quede cruzado de brazos.

Varios autores, en cambio, sugieren un cambio de perspectiva (algo que, por supuesto, no es cosa sencilla de lograr), ya no enfocada en las metas sino en el sistema, en el proceso.

El autor James Clear, por ejemplo, recomienda la siguiente receta:

  • Si las metas a futuro reducen la felicidad en el presente (tipo “no soy lo suficientemente bueno ahora, pero lo seré cuando consiga mi meta”), la solución es comprometerse con un proceso y no con una meta: más vale practicar que obtener grandes resultados.
  • Si las metas comprometen el proceso a largo plazo (tipo “necesito bajar la panza porque en enero voy para la playa”), deje atrás la necesidad de ver resultados inmediatos. Sí sí, lo mismo le dicen en el gimnasio, pero al hacerlo evita que, cuando vea su panza todavía ahí en enero, abandone el ejercicio y dentro de un año deba comenzar de cero una vez más.
  • Las metas sugieren que usted puede controlar cosas que, en realidad, no están en sus manos. Proponerse metas sugiere predecir el futuro (tipo “en cinco años voy a tener dos hijos”), cuando, en realidad, cualquier cosa puede suceder en el ínterin. La inflexibilidad es el enemigo del azar, y el azar siempre gana.

Así las cosas, quizás la única meta que realmente vale la pena proponerse es la de transformar el sistema, enfocarse en la práctica más que en los resultados y, sobre todo, disfrutar el proceso. Tal vez esa sea la receta para que, en diciembre próximo, no arrugue la cara al pensar en lo que logró y en lo que no.

Ese, al menos, es mi plan. En un año le cuento qué tanto lo cumplí.

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