23 noviembre, 2014

Yo también me pregunte qué le paso a la cara de Renée Zellweger. “Me lo pregunté” por el medio usual: en Facebook. Fue un error.Un día, el mundo se levanta y toma nota de que la cara de Renée ya no es la que le conocíamos, y las redes y los medios explotan. Su cara se ve diferente; esa parte es cierta. ¿Envejeció de repente? ¿Se hizo cirugía o algún tratamiento estético? La pregunta real debería ser, ¿a mí qué me importa? Alguna gente envejece naturalmente, otros se hacen procedimientos estéticos. ¿A mí qué? ¿Quién dijo que yo tengo la potestad de definir lo que significa “envejecer con gracia”? ¿Por qué las razones de otra persona para decidir cómo maneja el paso de los años en su cuerpo tienen que tener mi visto bueno?

Tinta fresca
Tinta fresca
¿Cuándo nos vamos a dar cuenta de que nosotros somos esa sociedad impositiva y absurda?

La otra parte que estamos olvidando convenientemente es que nosotros contribuimos a lo que sea que sucedió con la cara de Renée. Rechazamos los estándares de belleza impuestos por la sociedad por injustos e inalcanzables. Lo gritamos en consignas por las cuatro redes: ¡lo que importa es la belleza interior! Pero a Renée le criticamos los párpados caídos, la boca torcida y su mandíbula cuadrada. Y el día que cambia todo esto, le reclamamos que ya no se ve igual. ¿Entonces? No hay forma de quedar bien con nosotros. ¿Cuándo nos vamos a dar cuenta de que nosotros somos esa sociedad impositiva y absurda?

Con vergüenza acepto que poner mi pregunta en redes fue otro acto más de violencia contra mi género. Mi pregunta perpetúa esa idea equivocada de que lo que una persona haga o lo que le suceda a su cuerpo es asunto de los demás.

¿Por qué, si yo no tuve intención de ofender a nadie, mi pregunta no puede ser inocente? Porque es irresponsable de mi parte ignorar los siglos en que las mujeres hemos sido agredidas, cosificadas y tratadas como seres humanos de segunda categoría. Porque por más que mi pregunta naciera de la mera curiosidad, sin intención de juzgar, abrí la puerta para el juicio; el mío y el de cualquiera. Porque es hora de desprogramarnos y de no juzgar a las personas por su apariencia, de dejar de notar los tatuajes, el maquillaje, el color de cabello, el peso, la ropa, la firmeza de las carnes o las arrugas en la piel. Porque no podemos seguir clasificando a las personas en reales y falsas o naturales y plásticas.

Yo pensé que habíamos evolucionado un poquito desde que nos escandalizamos por las tetas de Vica Andrade, la primera modelo en este país en mandarse valiente a ponerse los implantes que luego se convirtieron en los más famosos de los noventas; pero parece que todavía nos falta mucho por desaprender.