Transitan la ruta migratoria más dura del continente. Tienden al desapego, llevan los zapatos gastados, la brusquedad del sol se les nota en la piel y el miedo ya no los toca. Son los migrantes de El Salvador, Guatemala y Honduras dispuestos a lanzarse en una travesía silenciosa para quedarse en México o cruzar a Estados Unidos. En la travesía, unos 70 albergues les ofrecen cama, comida y descanso. Este relato cuenta cómo transcurre la vida en uno de estos refugios, que son una especie de oasis en medio de un feroz desierto.

Por: Ximena Alfaro M. 2 diciembre
Jonathan huyó con sus hijos de El Salvador en octubre. Ahora, la familia es solicitante de refugio en México.
Jonathan huyó con sus hijos de El Salvador en octubre. Ahora, la familia es solicitante de refugio en México.

A finales de octubre, México es una fiesta. Se acerca el Día de Muertos y las ciudades del sur del país se visten de flores naranja de cempasúchil, de altares con velas, pan, incienso y mezcal, de calaveritas de colores que sonríen. La creencia dice que los difuntos regresan al mundo de los vivos por un día, y que se guían por las luces de las veladoras para no perderse. Aquí el luto se canta y se baila; no se llora. Hay un pacto con la muerte.

En San Cristóbal de las Casas, Chiapas –uno de los estados más pobres de México–, la música de marimbas endulza el ambiente en el parque central de la ciudad. Hace frío y falta poco para la medianoche, pero las indígenas y sus hijos pequeños siguen en las aceras intentando concretar más ventas de ponchos de lana.

Al lado de una concurrida calle, un grupo de comensales se carcajea en las mesas de un restaurante especializado en la comida local y una estudiantina va con guitarras y mandolinas despertando el baile entre los transeúntes.

San Cristóbal es uno de los pueblos mágicos de México. Es una ciudad colonial que parece tranquila, aunque está marcada por algunos grafitis que hablan de las luchas propias, de esas procesiones que van por dentro: “Fuera bandas paramilitares”, “Vivos se los llevaron, vivos los queremos” (un reclamo sobre los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa) y “Plan frontera $ur= genocidio”.

La ciudad muestra la cara amable de un país imán de turistas y de cultura abundante, pero que también tiene otros rostros más duros y dolorosos, como el de la migración.

Por México transitan cada año al menos 400.000 migrantes centroamericanos quienes se quedan en el país o intentan llegar a Estados Unidos en un recorrido sigiloso y colmado de riesgos.

***

Los lobos se organizan en manadas para cazar. Cada integrante del grupo tiene una tarea específica y a la hora del ataque todos forman un polígono regular alrededor de la presa para atraparla desde cada ángulo. En su paso por México, los migrantes centroamericanos se mueven entre el crimen organizado, el narcotráfico y las autoridades, exponiéndose a asaltos, extorsiones, secuestros, abusos, violaciones y a la muerte. A veces el mundo funciona así: como un bosque oscuro lleno de lobos.

***

Estoy en San Cristóbal de vacaciones. En los últimos tres años, se ha vuelto una tradición entre mis amigas venir al país para la fiesta de los muertos. Solo que esta vez quise hacer un cambio de planes, pues hace algunos meses cuando contacté vía telefónica para una entrevista al padre Alejandro Solalinde, defensor de los migrantes, le dije que quería visitar el albergue Hermanos en el Camino, fundado por él en el 2007, en la ciudad de Ixtepec, Oaxaca.

Uno de los migrantes sostiene un mapa en el que están señalados todos los refugios que las personas pueden encontrar en su paso por México.
Uno de los migrantes sostiene un mapa en el que están señalados todos los refugios que las personas pueden encontrar en su paso por México.

Lo llamé de nuevo dos semanas antes de emprender este viaje para que me diera su aval de visitar el refugio como voluntaria. Sin dudarlo y sin conocerme en persona me dijo que sí, que las puertas estaban abiertas.

***

Es lunes y el bus sale de San Cristóbal a las 10:35 a. m. hacia Juchitán de Zaragoza, desde donde debo tomar otro bus hacia Ixtepec.

El primer viaje dura aproximadamente seis horas y en los 317 kilómetros de trayecto hacemos cinco paradas: tres para dejar o recoger personas, una para estirarnos y comprar algo de comida. La última es en el puesto migratorio que está en la entrada del estado, donde un policía se sube al autobús a observar una a una las caras de los pasajeros en busca de rasgos que lo hagan sospechar que aquí va un migrante que no porta papeles. Es una revisión arbitraria.

Juchitán fue hace dos meses un epicentro de dolor, al resultar la zona de Oaxaca más afectada por el sismo de 8,2 de grados que dejó 90 fallecidos en todo el país.

En el camino Yesenia, mi compañera de asiento, me cuenta sobre su angustia. Dice que su casa quedó completamente destruida debido al fuerte temblor, que ahora vive en una tienda de campaña en el patio con su hijo y su mamá, quien se salvó de milagro, porque está en silla de ruedas y al momento de la tragedia nadie la acompañaba. Dice que busca trabajo, que su hijo debió dejar el colegio para ponerse a laborar, que está desesperada. Habla sin que yo le pregunte mucho, de pronto llora. Dice que la situación es muy difícil.

Yesenia me recomienda que no salga de la estación de buses a la calle, porque luego del sismo la ciudad se volvió más insegura y podrían asaltarme.

Al llegar, la primera impresión que da Juchitán es de desconcierto: los gritos de los vendedores se mezclan en una sinfonía caótica con los pitos de los carros, de los autobuses, de los taxis, de las combis (como les llaman aquí a las microbuses), de los camiones. El paisaje luce desordenado, los cables de luz se amontonan sobre los postes y las calles cargan mucho polvo.

El bus a Ixtepec llega media hora más tarde. Son casi las 5:45 p. m. y empezamos a recorrer parte de Juchitán en un camino donde las heridas a causa del terremoto quedan expuestas.

Al igual que Yesenia, hay otras familias que viven en carpas en los patios. Hay edificaciones medio derrumbadas y otras completamente en el suelo. Los puños de escombros se amontonan frente a la casas y a la par de ellos reposan otros pocos de arena y piedra. La desgracia y la esperanza habitan una misma acera.

Decenas de personas en Juchitán de Zaragoza viven en carpas en sus patios, ya que las casas resultaron con severos daños por el terremoto del 7 de setiembre.
Decenas de personas en Juchitán de Zaragoza viven en carpas en sus patios, ya que las casas resultaron con severos daños por el terremoto del 7 de setiembre.

Ixtepec es un pueblo sofocado por un calor húmedo. La estación de buses resulta más pequeña y silenciosa de lo que esperaba. Solo debo pasar las vías del tren que están a oscuras para llegar a la calle principal y buscar el taxi que me llevará al albergue. Son las 6:33 p. m., es 30 de octubre. Este es el México profundo, y aquí, en Ixtepec, se descubre una de sus caras más infernales.

***

Los muchachos que están sentados en la acera me saludan cuando bajo del taxi. Son tres y hablan de algo que los hace reír. Mónica, una voluntaria del albergue que en poco tiempo se volverá mi amiga, me da la bienvenida. Ella se encarga de presentarme rápidamente a los coordinadores y a algunos de los migrantes.

El albergue es abierto y espacioso. Tiene un área común que le da a uno la sensación de estar en un parque. Hay un árbol en medio de la explanada y debajo de él algunas bancas. Frente a ellas, está la capilla, y detrás de ellas, el comedor.

De momento, la oficina de atención a las personas se está en una carpa blanca, ya que el antiguo edificio no resistió el terremoto, como tampoco lo hicieron las paredes de los dormitorios de los migrantes.

Los hombres duermen en decenas de camarotes a la intemperie, cubiertos solo por un plástico, y las mujeres, así como sus niños, comparten la zona donde están los cuartos destinados a los coordinadores.

Cerca de las 7:15 p. m. comunican por un parlante que es el momento de la cena. Hay que formar una fila para ingresar al amplio comedor. En la entrada, uno de los coordinadores revisa los tiquetes que le muestran los migrantes. En ese pequeño papel está escrito su nombre, su nacionalidad y la fecha de ingreso. Inicialmente, cada persona puede permanecer solo tres días en el refugio, pero ese lapso puede variar según las intenciones que tenga cada persona.

Mientras comemos, algunos de ellos me preguntan de cuál país vengo y qué hago aquí. Vaticinan que soy la primera costarricense en visitar el albergue. “¿Costa Rica? Usted es del país de Maribel Guardia”, me dice uno que carga un radio a modo de collar, al tiempo que suena una balada de Joan Sebastian (cantante mexicano expareja de Maribel).

Este es el mural que se encuentra en la parte frente del albergue.
Este es el mural que se encuentra en la parte frente del albergue.

El albergue Hermanos en el Camino recibe, en promedio, unas 5.000 personas al año, las cuales provienen principalmente de El Salvador, Honduras y Guatemala, es decir, del Triángulo Norte de Centroamérica o lo que es lo mismo, la esquina más asesina del mundo, como denominó a esta región el periodista salvadoreño Óscar Martínez.

En el 2016, la tasa de homicidios de El Salvador fue de 80 por cada 100.000 habitantes; mientras que Honduras registró 60 asesinatos por cada 100.000.

Son jóvenes, madres, adultos, hermanas, padres, niños, abuelos. Viajan ligeros, con algún bulto o bolso apenas para guardar sus documentos y poca ropa. Lo importante es que los zapatos resistan los largos trayectos, lo importante es que la ropa aguante el uso con el paso de los días.

Al albergue llegan sedientos, sudorosos, cansados, deseosos de un baño, hambrientos, desesperados por comunicarse con un familiar.

Atraviesan la frontera de Guatemala al cruzar el río Suchiate o por la vía terrestre. A partir de ahí dicen que comienza el infierno.

En años anteriores, los migrantes debían llegar caminando o en combis hasta Arriaga, donde luego se jugaban la vida montándose en los vagones de La Bestia –el tren de mercancía más utilizado por los migrantes como el medio de transporte hacia Estados Unidos–, para luego bajarse en Ixtepec y luego espera allí otro tren.

Sin embargo, desde que el gobierno mexicano obligó a incrementar la velocidad de La Bestia de 30 a 60 kilómetros por hora, el tren es cada vez es menos utilizado, debido a que así aumentaron las posibilidades de que las personas sufran una caída y acaben sin vida o mutiladas.

Ahora, los migrantes viajan siempre en buses y combis, pero también se esconden en camiones, se trasladan en lanchas bordeando la costa del país, caminan por el pavimento, recorren cerros y siempre bajo un estado de alerta, porque en cualquier momento puede aparecer el asaltante, el policía de Migración, el secuestrador, o el violador.

***

Luego de la cena los migrantes se reúnen en diferentes grupos: algunos montan tertulia, más lejos otros se entretienen con juegos de mesa, una joven amamanta a su bebé sentada sobre un colchón puesto en el piso, también hay quienes se bañan en repelente para tratar de evitar las picaduras de los mosquitos antes de irse a dormir.

Esta fue la primera fotografía que tomé del albergue cuando llegué. Se la envié a mi mamá por Whatsapp.
Esta fue la primera fotografía que tomé del albergue cuando llegué. Se la envié a mi mamá por Whatsapp.

Uno de los muchachos se acerca y sin decir nada me regala una cajita de chicles. Más tarde otros muchachos, me enseñan a jugar tablero. Se esmeran en hacerme entender cómo puedo avanzar con mis fichas y evitar que me coman las mías.

Cuando llega el momento de dormir, cerca de las 10 p. m., afuera se escucha algo estruendoso, las camas cimbran cuando pasa justo detrás del cuarto donde estamos las voluntarias.

–Esa es La Bestia–, me dice Mónica.

***

El alivio

El tiempo aquí se siente lento. Para los migrantes que se quedan solo por tres días la estancia es llevadera. Aquí aprovechan para darse un baño, reposan y se curan las heridas de los pies.

Este es el caso de los hermanos salvadoreños, que prefieren reservarse el nombre. Ambos quieren llegar a Estados Unidos para buscar trabajo, dicen que allá los espera un amigo en Brooklyn, Nueva York. Dejaron su país ante la falta de oportunidades laborales y la dificultad de moverse en un territorio dominado por las maras. Su sueño americano consiste en ganar dinero para comprar ganado y tener una finca en Guatemala. A El Salvador no quieren regresar.

Decidieron empezar la travesía caminando. Al entrar en Chiapas tenían la idea de que los estaban siguiendo para asaltarlos y sin querer terminaron separándose. Pero al mayor sí le robaron, le arrebataron la jacket, los zapatos, un reloj y $300. Unos días después, los hermanos se juntaron de nuevo en Arriaga.

Hasta ahora, han recorrido a pie casi 500 kilómetros entre Ciudad Hidalgo, en la zona fronteriza con Guatemala, e Ixtepec. Tienen la piel quemada y áspera. En su camino, dicen que se hidratan con el agua de los ríos que les parecen limpios y se alimentan con limones y hojas de los árboles de jocote.

.
.

“Las personas se admiran que caminamos tanto, ya casi nadie camina. Más bien usan combis, o los buses, pero eso porque tienen suficiente dinero o les están mandado, pero nosotros no tenemos quién nos mande”, cuenta el mayor.

No tienen noción de las distancias, solo usan un mapa que les regalaron en el primer refugio en el que se quedaron, el cual les muestra dónde se ubican los demás albergues en el país. En México, hay en total unos 70 de estos centros.

“Para llegar aquí desde el último pueblo caminamos un día y medio. Salimos desde las 5 a. m. del último pueblo y nunca llegábamos. Nos cayó la noche y nos quedamos en un vagón de un tren y volvimos a salir a las 6 de la mañana”, cuenta el menor de los hermanos.

Los zapatos todavía los tienen en buen estado, pero les preocupa que no les duren mucho tiempo. Su próximo destino es Veracruz. Llevan una mochila con una jacket.

Al menor le duelen los músculos, el mayor tiene malestares, que según el médico del albergue, pueden producirse por haber consumido agua contaminada.

–¿Y tienen miedo?

–El miedo aquí se pierde de tanta cosa que uno va viendo. A mí antes me daba miedo, pero poco a poco he ido tomando valor–, responde el mayor.

La espera

También hay personas que cuando llegan al albergue no saben cuándo saldrán. Estos son los migrantes que deciden solicitar refugio en México para poder regular su condición migratoria.

Pueden pasar hasta cuatro meses aguardando una respuesta en el albergue, sin dinero y sin trabajo. Ante la desesperación, algunos optan por pedir plata en la calle.

Jonathan tiene apenas 25 años y llegó aquí con sus hijos de 6 y 8 años hace dos días. Huyó de El Salvador en bus a mediados de octubre, sin contarle a nadie.

Trabajaba en una maquila casi 20 horas al día y debía dejar a sus hijos bajo el cuido de un familiar. Afirma que esa persona intentó abusar de su hija, la más pequeña. Buscó apoyo entre las autoridades de El Salvador para interponer una denuncia, pero encontró poco respaldo. Así que decidió irse.

“Sentí que mi seguridad y la de mis hijos estaba en riesgo. No quería poner en peligro la vida de ellos. Salimos rápido, me traje solo la ropa que andaba puesta”, afirma.

Los migrantes aprovechan su estancia en el albergue para cortarse el pelo.
Los migrantes aprovechan su estancia en el albergue para cortarse el pelo.

Sin embargo, ha tenido más obstáculos. Migración los detuvo en Tapachula por no portar papeles y estuvieron siete días encerrados ahí.

Por ahora, los niños no se quejan. Jonathan espera hallar trabajo en México, aunque no descarta en algún momento ir a Estados Unidos.

***

Para los voluntarios, la jornada empieza a las 8 a. m. con una reunión liderada por los coordinadores en la que se definen las labores del día. El desayuno se sirve a las 9 a. m., el almuerzo a las 2 p. m. y la cena a las 7 p. m. El menú de las comidas varía entre frijoles, tortillas, huevos, macarrones, queso, pan y café.

Los trabajos que me asignaron durante los cuatro días y medio que estuve en el albergue fueron desde limpiar, servir comida, clasificar zapatos, registrar a las personas que ingresaban y alimentar a los pollos de la granja.

***

En un día cualquiera saludamos, conversamos, nos reímos, caminamos, escogemos la ropa que mejor combina, nos cambiamos hasta tres veces de zapatos. En un albergue como el que visité todo lo que parece cotidiano toma otra dimensión, cualquier gesto se agradece y se vive solo con lo necesario.

Los migrantes necesitan ser escuchados, porque de alguna forma son personas que se acostumbran a sortear desafíos en un mundo en el que no terminan de sentirse parte.