Julián tenía 22 años, 8 de ser fan de Queen y 4 de haber salido del clóset cuando escuchó en la radio de su ‘walkman’ la mala nueva

 7 febrero, 2016

A los 45 años, Freddie Mercury decidió emitir un comunicado de prensa confirmando que estaba enfermo de sida. El mundo tenía poco más de 1 día de haberse enterado de la triste noticia, cuando recibió una peor: el legendario cantante murió un 24 de noviembre de 1991.

Julián tenía 22 años, 8 de ser fan de Queen y 4 de haber salido del clóset cuando, camino a la U en el bus de Sabana Cementerio, escuchó en la radio de su walkman la mala nueva. El DJ lo comentó como si tal cosa, pero Julián sintió boronas en el pecho: Mercury había sido su aliado, su amigo, su inspiración. Fue la música de Queen la que lo lo abrazó cuando más lo necesitaba. En clase nadie podía entender su dolor (que era tan, tan suyo) así que tuvo que esperar a estar de vuelta en su apartamento para deslizar el casete de News of the World en el equipo de sonido y adelantarlo pacientemente hasta el tema idóneo: My Melancholy Blues . Con sus manos, Julian dibujaba un piano en el aire. Cada nota le acariciaba el alma.

El 8 de abril de 1994 un electricista visitó la casa de Kurt Cobain y le encontró muerto, con una escopeta sobre el pecho y una carta de suicidio a su lado. El cantante de Nirvana se había quitado la vida a los 27 años.

Daniela sumaba entonces solo 14 vueltas al sol, dos de los cuales sobrevivió empoderada por la música de Nirvana, que la hizo sentirse comprendida cada vez que la sensación de desapego existencial le partía el pecho, casi siempre en razón de las burlas de sus compañeras del colegio. Daniela se enteró de la muerte de Cobain viendo un programa de videos musicales en la tele. El presentador apareció en pantalla y dio la noticia como quien anuncia el clima mientras a ella se le abría un hueco en el pecho. En casa nadie podía entender su dolor (que era tan, tan suyo) así que cerró la puerta de su cuarto y puso el CD del In Utero en la grabadora. Apretó 12 veces el botón. Escuchó All Apologies . Y abrazando sus rodillas, lloró.

El 2002 entraba en su recta final. Joe Strummer tenía apenas 50 años y disfrutaba de un domingo cualquiera en casa cuando un infarto le apagó la vida. Faltaban 3 días para Navidad.

Rodolfo llegó a la oficina, marcó la entrada faltando tres para las dos y se sentó en su estación. El teléfono empezó a sonar de inmediato. Un par de horas después, llegó un respiro, seguido por una patada digital en el estómago. De visita en su foro musical favorito, Rodolfo leyó la noticia que le heló la sangre. Pidió permiso para ir al baño. Revisó el celular. 14 mensajes de texto. Sus amigos, anticipando su pesar, a la distancia, ya le abrazaban. En 28 años de vida no había sentido tanto la muerte de un desconocido. Pero es que Strummer… Strummer había sido su maestro, su ícono, su referente y The Clash… una especie de código ético musical. Esa noche Rodolfo no tomó bus ni llamó taxi. Cruzó la Sabana a pie, sin pedir permiso a las sombras. En su bolsillo: la discografía entera de la banda. Su destino: Curridabat. Sería un largo camino, pero iba bien acompañado.

A inicios de 2016 David Bowie celebró su cumpleaños 69 con el lanzamiento de Blackstar , su vigésimo quinto disco. Dos días después su propia cuenta en Facebook avisaba que el artista había muerto, víctima de un cáncer del que el mundo nada sabía.

Michelle, que estaba suscrita a las notificaciones de Bowie, sintió como si él mismo le hubiese anunciado su muerte. Incrédula, revisó los comentarios, uno por uno, esperando que la noticia fuera falsa. Pensó, mientras tanto, en la primera vez que escuchó Heroes , cuando tenía apenas 13. La puso en YouTube y cinco lustros le cayeron encima de golpe. Limpiando una lágrima intrusa recordó cómo la música de Bowie la había acompañado en todas y cada una de las etapas de su vida. Desde entonces, hasta ahora. ¿Quién le acompañaría en adelante? Abrió frenéticamente ventana tras ventana en el navegador, buscando la confirmación de los medios. Poco a poco, los periódicos del mundo fueron cambiando sus portadas. Y ella, como él lo hiciera tantas veces, su cara.