El hospital Chacón Paut, en Tres Ríos, apuesta por un tratamiento psiquiátrico horizontal; por libertades en vez de encierro; por cariño en vez de desprecio. ¿Cómo se dejan atrás años de estigmas y tabús?

 1 febrero, 2015

En medio de dos árboles, el muchacho sostiene una cámara fotográfica. Acerca su rostro al aparato, observa a través del visor digital y apunta con el lente. Luego mueve el dedo índice de su mano derecha y lo clava sobre el disparador. Un sonido de constante martilleo se extiende por los jardines, seguido de un gruñido cándido. El muchacho acaba de tomar una docena de fotografías y ahora se ríe de contento.

Es una verdad difundida entre quienes le rodean: al muchacho le encantan las fotos. Posa para ellas, las colecciona, empapela la pared de su cuarto con recortes fotográficos del periódico. Rara vez, empero, había tenido el muchacho la oportunidad de ser él quien empuñara la cámara. Le sobrepasa la felicidad. El muchacho, contento, deja salir un bufido desde lo más profundo de una garganta a la que le sobran las ganas de hablar.

Es solo que no puede hacerlo.

El muchacho es sordo. Ese padecimiento, junto a un retardo mental leve y ataques de epilepsia de tipo gran mal, lo trajeron, desde el 2003, a este jardín, a esta montaña, a esta institución: el Hospital Dr. Roberto Chacón Paut.

La casa incomprendida

Entre 1812 y 1819, el genial Francisco de Goya pintó un óleo sobre tabla de pequeño formato que tituló La casa de los locos .

En él, el legendario pintor y grabador español mostraba un cuarto de paupérrimas condiciones —oscuro y desaseado: hostil—, lleno de hombres desnudos y semidesnudos quienes, tirados en el piso o recostados los unos contra los otros, parecen sufrir un abandono total. Desde la perspectiva del pincel, Goya muestra a estos hombres apiñados en un extremo de la habitación con pinta de celda carcelaria, lo que maximiza la sensación de distancia: por allá están los dementes.

estigma
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Pocas obras pictóricas consiguen transmitir con mayor precisión la idea generalizada de manicomio que, a la fecha, todavía se cierne en torno a los hospitales psiquiátricos. No es secreto: cuando decimos psiquiatría, pensamos en encierro, en violencia, en la casa de los locos, en el pincel de Goya.

De estar vivo, a Francisco de Goya habría que llevarlo a dar una vuelta al Chacón Paut.

Al norte de Tres Ríos, las montañas son tan verdes que embrujan: uno olvida que está, todavía, en la Gran Área Metropolitana. Casi en la cima de una de ellas, se encuentra el Hospital Chacón Paut, uno dos hospitales especializados en atención psiquiátrica en el país.

Tras abrir sus puertas originalmente en 1950, la institución es hoy un refugio y un centro de entrenamiento; un lugar de aire puro y grandes campos verdes, abiertos y sin restricciones internas. Algo así como la antítesis de un manicomio.

Aquí llegan las personas que, por las razones que sean, no tienen las herramientas para lidiar con las situaciones comunes de la vida en sociedad.

Afectados por diversas discapacidades mentales, vienen aquí a aprender cómo lidiar con la frustración, con el miedo, con la pérdida, con el dolor. Es decir, a lidiar con los mismos problemas que usted o yo.

Así lo explica Gabriela Barrantes Morales, jefa de Terapia Ocupacional del hospital, una de las responsables de la transformación de la que la institución ha sido protagonista durante la última década.

Tras muchos años de prácticas anticuadas y poco efectivas en la recuperación de la salud mental, el Chacón Paut hoy realiza un esfuerzo por cambiar el paradigma de la psiquiatría convencional; su intención es brindar a los internos una atención integral que les valide como seres humanos.

Las actividades que organiza Terapia Ocupacional son diversas: desde pequeños trabajos manuales hasta juegos y cantos; estas prácticas funcionan como entrenamiento de cara a la realización de actividades que en la vida en sociedad son básicas y elementales y facilitar, así, la eventual reintegración de los usuarios a sus hogares respectivos.

Al día de hoy, la población de usuarios del hospital Chacón Paut ronda las 150 personas, todos adultos: la institución no brinda atención a niños o adolescentes. El número de personas que forman parte del equipo —incluyendo médicos, terapeutas, psicólogos, enfermeros, personal administrativo y demás— de la institución llega a los 250, aproximadamente.

Asegura Barrantes que la palabra “equipo” es clave en la labor que realizan. “Todas las áreas que trabajamos en el hospital tenemos voz y voto, por lo que el tratamiento al usuario es integral. No se trata de que el médico tiene la santa palabra y sus recetas son la única respuesta. Aquí hay debate y hay trabajo en conjunto”, cuenta.

Ese trabajo abarca los tres módulos posibles de ingreso al hospital.

El primero, de crisis, atiende problemas puntuales, como intentos de autoeliminación, depresiones, procesos de luto, entre otros. Al ser una atención concreta, el período de internado en el hospital es mínimo: de 15 días a un mes.

La estancia intermedia requiere de un proceso más largo, por lo que el usuario permanece en la institución de uno a seis meses.

Finalmente, el grupo de personas institucionalizadas se refiere a quienes tienen ya años de vivir en el hospital; sin embargo, el Chacón Paut ya no admite más personas con este perfil —solo mantiene a quienes ya lo tenían— por una consigna: quien entra al hospital lo hace para rehabilitarse y regresar a su hogar.

“Todos los módulos están visualizados a que la persona sea independiente e íntegra”, dice Barrantes. El proceso, aunque lento y extenuante, funciona: personas con 20 y 30 años de vivir en el hospital han logrado, gracias al trabajo de la última década, reubicarse en sus comunidades.

Pero esto no siempre fue así.

La veterana

Doña Cecilia Calvo Rodríguez lo ha visto todo. Con buena razón, claro: el próximo 6 de abril cumplirá 34 años de trabajar en el Chacón Paut; ya en el horizonte se atisba con claridad su pensión, aunque ella prefiere no pensar en eso: no concibe la idea de pasar lejos de su trabajo y de las personas que la rodean.

Casi la totalidad de su maratónica carrera en el hospital, doña Cecilia la ha pasado en el área de Terapia Ocupacional. Desde ese puesto, ha sido testigo en primera fila de la transformación paulatina del centro. “Antes esto era muy diferente”, dice y no exagera.

Recuerda cuando los usuarios dormían apiñados en celdas, una docena de ellos en un espacio que hoy sirve de pequeña oficina.

Recuerda cuando los suicidios estaban a la orden del día.

Recuerda cuando el pabellón de hombres era tierra de nadie, un nido de ratas en el que los internos dormían en el suelo, abandonados a su suerte.

Las cosas han cambiado, cuenta la veterana.

Ahora los usuarios viven en residencias dentro de los terrenos del hospital. Son responsables de mantener ordenadas y limpias las casas que, alguna vez, sirvieron para albergar al personal de la institución, cuando el Chacón Paut pertenecía a la Junta de Protección Social y no a la Caja Costarricense del Seguro Social.

Hoy, los funcionarios no viven en el centro. Hoy no se habla de locos, de dementes, de presos; ni siquiera de pacientes: en el Chacón Paut se ha difundido la práctica de llamar a las personas usuarios, como una forma de mantener una práctica psiquiátrica horizontal.

“Paciente implica espera; implica que la persona debe aguardar a que yo saque el tiempo de atenderle”, explica Gabriela Barrantes. “El usuario, en cambio, es una persona que hace uso de un servicio; eso, a fin de cuentas, es lo que el hospital brinda a las personas. Como consumidores de un servicio, los usuarios tienen derecho a exigir una atención de calidad, en el momento en que la necesitan y no a disposición del médico o del terapeuta”.

Esta transformación en el lenguaje es solo una de las medidas de cambio paradigmático del Chacón Paut.

Adiós, estigmas

Mientras observa cómo el muchacho toma fotografías de los árboles, Gabriela Barrantes cuenta que, cuando decidió aceptar el trabajo en el hospital, recién graduada como terapeuta ocupacional de la Universidad Santa Paula, sus amigos y familiares la cuestionaron.

“Me decían que aquí comen gente, que cómo se me ocurría”, recuerda.

La letanía de estereotipos y tabús no mermó su ánimo, sin embargo; nueve años más tarde, Gabriela llama por el nombre a cada usuario del hospital.

Ella, como los demás funcionarios, los tratan con cariño y respeto. “Somos familia, somos todos iguales”, remata Barrantes.

A sus anchas en el gran jardín del hospital —al que los mismos usuarios dan mantenimiento, como parte de sus actividades recreativas— el muchacho y sus compañeros respiran libres. Con la cámara en mano, el muchacho se ríe de contento.