Desde diciembre del 2014, cuando Estados Unidos y Cuba reestablecieron relaciones diplomáticas, la migración de cubanos a Estados Unidos se ha disparado en un 87%.

Por: Alessandro Solís Lerici 22 noviembre, 2015
Cubanos
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Guanacaste

Desde diciembre del 2014, cuando Estados Unidos y Cuba reestablecieron relaciones diplomáticas, la migración de cubanos a Estados Unidos se ha disparado en niveles torrenciales, en gran parte por el miedo de los isleños de que el gobierno estadounidense ponga fin a la Ley de Ajuste Cubano, criticada por el estado cubano y por voces políticas en América.

La ley tiene detractores por lo que muchos consideran una infame política de “pies secos, pies mojados”, que significa que todo cubano que toque suelo estadounidense tiene altas posibilidades de quedarse en el país, contrario a quienes son capturados en altamar, los que automáticamente son enviados de vuelta al Caribe tras un viaje potencialmente mortal consumado en rudimentarias lanchas.

Para algunos se trata de una legislación discriminatoria, y para La Habana representa una obstaculización en el proceso de normalizar sus relaciones migratorias en Estados Unidos. Cuba señala que los exiliados que buscan aprovechar la ley se exponen a situaciones peligrosas e irregulares a lo largo del viaje, que van desde tráfico de personas hasta robos y asesinatos.

No obstante, entre el 1.° de octubre de 2014 y finales de junio de este año, 27.296 cubanos entraron a Estados Unidos, según datos conseguidos por el Centro de Investigación Pew. En comparación, durante ese periodo en el año anterior ingresaron 15,341 cubanos, lo que representa un incremento del 78% de migrantes isleños para el 2015.

Dos terceras partes de los cubanos que llegaron este año a Estados Unidos lo hicieron por Texas, luego de peregrinar por México, Centroamérica, Colombia y Ecuador (entre otros lugares) de forma ilegal. Por otro lado, 7.167 entraron por Miami, sin ser interceptados en altamar, y una población más pequeña efectuó su ingreso por El Paso, San Diego y Tucson.

Los cubanos migrantes empacan sus vidas para salir de su nación con visa de turista a uno de los pocos países que los dejarán entrar, para luego (el día siguiente o año y medio después, porque quizá se que-daron trabajando para reunir cincos) emprender –sin uso de aviones, porque no les dan visa en ningún lado– una ruta de Ecuador a México, con distintas travesías que incluyen Centroamérica.

Quizá pagan coyotes y sobornan a policías a lo largo del camino, e invierten unos cuantos miles de dólares (probablemente prestados) en ropa, transporte, comida y estadía. Según varios cubanos consultados en Costa Rica, el viaje no cuesta menos de $5.000.

A veces caminan largos trayectos, a menudo sobre jungla pura; de repente pasan un día entero en bus, o se montan a una lancha, siempre con la zozobra que implica hacerse a la mar en condiciones precarias.

El primer destino importante del viaje –y no el más importante– es México, que les brinda salvoconducto de sur a norte del país, para así poner pie en Texas, Estados Unidos, donde se entregan a las autoridades, para ser procesados y probablemente admitidos.

Todos los paisanos que están cerca durante el viaje (que toma días o meses, dependiendo del caso) tienen un objetivo en común: Estados Unidos, donde están seguros de que germinarán los sueños que flotan en sus cabezas. Todos tienen familia o amistades en Estados Unidos, y palpables oportunidades laborales... o por lo menos eso les dijeron.