20 septiembre, 2015

La mujer encendió su computadora, abrió el navegador e ingresó a Facebook. Una de las notificaciones indicaba que tenía una solicitud de amistad de un hombre al que no conocía. Su nombre era Kye Fortune.

Transcurría el 2011 entonces. Durante los siguientes dos años, la mujer y Kye establecieron una relación extraña: se comunicaban a través de chats y llamadas telefónicas, pero nunca se veían de frente.

La razón tenía que ver con Fortune, quien aseguraba padecer de un tumor cerebral cuyo tratamiento, largo y desgastante, le había producido unas desagradables cicatrices en el rostro. Por ello, Fortune evitó el contacto físico con la mujer anónima, aquella que con el tiempo se convirtió en algo así como su pareja.

En febrero del 2013, sin embargo, finalmente acordaron un encuentro. Pero de por medio había una condición importante, trascendental: la mujer iría con los ojos vendados.

Quedaron de verse en un hotel de la ciudad de Chester, Inglaterra. Fortune esperó escondido en el baño de la habitación acordada hasta que la mujer ingresó y se colocó una venda sobre sus ojos.

Ya antes lo habían conversado: era un requisito innegociable que la mujer se tapara los ojos porque a Fortune le avergonzaban sus cicatrices. Contra todo pronóstico, la mujer aceptó.

Así, se involucraron en una relación sexual que incluyó al menos 10 encuentros.

Al final del último de ellos, sin embargo, la verdad saltó a los ojos... literalmente. La mujer decidió romper el acuerdo establecido y se removió la venda.

Quien tenía enfrente no era Kye Fortune. Ni siquiera era un hombre. Era una mujer. Una mujer con los pechos sujetos con bandas bajo un traje de baño, su cabello largo oculto bajo un gorro, y un pene prostético entre las piernas.

Su nombre es Gayle Newland, de 25 años, y acaba de ser encontrada culpable por abuso sexual. Newland admitió utilizar su altergo masculino para coquetear con mujeres, pues se sentía más cómoda así que admitiendo su lesbianismo. Sin embargo, también dijo que su compañera estaba al tanto del juego de rol en que se vieron inmersas.

Al final, la treta no pudo mantenerse a ciegas.

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