A un niño que come poco o que tiene una aversión desmedida a los alimentos nuevos se le tacha de melindres. Mas este problema, si no se atiende con diligencia, puede llevar a problemas físicos y psicológicos serios.

Por: Dario Chinchilla U. 4 mayo, 2014
En un caso de un niño quisquilloso la mejor alternativa es buscar ayuda profesional para atender cada caso.
En un caso de un niño quisquilloso la mejor alternativa es buscar ayuda profesional para atender cada caso.

La mesa era campo de batalla en el hogar de Scarlett Mora, de su esposo José Fabio y de su hijo Felipe. Sobre cada turno diario de comida pendía la promesa de una pelea que terminaba con las lágrimas de uno, cuando no de los tres. Felipe comía poco de muy pocas cosas ¿Qué le gustaba? Las cosas ácidas, como el tomate, pero fuera de eso no era amigo de muchas cosas más. Felipe, quien ahora tiene casi cuatro años, es un comensal quisquilloso (o picky eater como se les conoce a niños como él en Estados Unidos).

Por ejemplo, él comía yogur, pero si sentía grumos o se le agregaba cereal ya no lo quería. Las mezclas y las texturas “extrañas” no eran para Felipe. El riesgo de desnutrición del niño llegó al punto de que, si bajaba más de peso, debería ser alimentado por sonda. Por ello chocaba la férrea reticencia de Felipe con la angustia de los padres.

Lo más fácil es minimizar este tipo de problemas pero, según la nutricionista Raquel Castillo, entre un 20% y un 40% de los padres se queja de que sus niños tienen algún grado de sensibilidad. La quisquillosidad al comer, que se asocia habitualmente con niños pequeños, puede causar serias deficiencias en la salud, pero también es un problema que puede ser arrastrado hasta la adolescencia y la adultez.

¿Quiere caerle mal a unos padres cuyo hijo se niega a comer? Dígales que aquello es pura chineazón. Por favor no tache al niño de melindroso, ni tilde a la niña de delicuitas .

Darle al problema la atención que merece creará en los niños una relación sana con los alimentos y ayudará a mantener la paz alrededor de la mesa familiar.

El problema

La neofobia alimentaria es habitualmente el fenómeno psicológico detrás de la quisquillosidad al comer, y se refiere al miedo a comer alimentos nuevos.

“A un niño picky , si no le gusta el olor o el color de un alimento entonces no lo prueba”, explica Castillo, una nutricionista que se acercó al problema por las malas, pues una de sus hijas gemelas era muy quisquillosa. La nutricionista se ha capacitado en cursos sobre este tema en centros especializados en Estados Unidos y, ahora, dedica parte de su consulta a darles acompañamiento a los niños y sus padres para que superen este problema.

¿Qué provoca que una niña o un niño tenga tanta susceptibilidad ante los alimentos nuevos? Como en tantos problemas de la conducta, pueden estar vinculados los factores genéticos (historial familiar), cuestiones vinculadas con el ambiente (por ejemplo, el sitio donde come), la disciplina (como la falta de rutinas adecuadas), o factores físicos (padecimientos como reflujo o alergias alimentarias).

En este último caso, Castillo explica que la quisquillosidad alimentaria puede llevar a padecimientos físicos, pero también se puede dar el fenómeno inverso. Por ejemplo, un niño puede presentar reflujo y por ello no querer comer o, por el contrario, puede presentar reflujo por sus malos hábitos de alimentación. Asimismo, la reticencia a probar nuevos alimentos no solo puede llevar a la desnutrición, sino también a la obesidad: Castillo ha visto casos de niños que comen pocos alimentos, pero estos alimentos son hipercalóricos, y la falta de variedad produce el aumento de peso.

La quisquillosidad puede estar vinculada a factores genéticos, ambientales, de disciplina (como la falta de rutinas adecuadas), o factores físicos (padecimientos como reflujo o alergias alimentarias)

Parte de los esfuerzos de la nutricionista por “evangelizar” en este tema ha topado con un escollo: el consejo de algunos pediatras de dejar sin comer a sus hijos, pues eventualmente estarán obligados a hacerlo por hambre. Según la nutricionista, esta es una técnica que no funciona con los picky eaters , y ahí está el caso de Felipe para probarlo: un niño que llegaba a los límites del vómito después de que se le obligaba a ingerir tres cucharadas.

Calma y tiempo

Castillo dice que son picky eaters los niños cuya dieta se compone de 30 alimentos (“entendiendo que, por ejemplo, una fresa es un alimento diferente a una fresa deshidratada, pues su textura y sabor son distintos”). Cuando son menos opciones que ese número, ya se trata de un caso severo.

La mejor alternativa es buscar ayuda profesional para atender cada caso. En algunas situaciones, Castillo echa mano de colegas de otras especialidades, como la psicología, para atender casos que trasciendan el ámbito nutricional. También suele referir a una terapista de lenguaje, cuya especialidad es la indicada para promover el ejercicio de los músculos de la masticación, que en algunos casos pueden estar subdesarrollados.

Entre las medidas de prevención para que la quisquillosidad de los niños no se desarrolle, Castillo recomienda una introducción oportuna de los alimentos a los bebés (no antes de los cuatro meses y no después de los seis). Asimismo, los padres deben aprender a leer las reacciones de los niños ante las comidas: saber qué no les gusta y cuándo están satisfechos.

Por el contrario, la nutricionista afirma que, en casos de niños que tienden a ser quisquillosos, es útil apelar al juego, así como presentar un nuevo alimento poco a poco. En las primeras etapas, se aconseja ponerlo frente a ellos aunque no quieran comerlo. Posteriormente, se les pide tocarlo, y cada nuevo alimento se presenta siempre al lado de un alimento “ancla” que el niño disfrute.

“Por ejemplo yo, al principio, le empecé a dar a mi hija mantequilla con brócoli, y no brócoli con mantequilla, porque solo así ella iba a comerlo, hasta que, hoy, ya puede comerlo solo”, cuenta.

Además, integrar a los niños en dinámicas como la preparación de las comidas y las compras en el supermercado suele ayudar a familiarizarlos con la comida que verán en el plato.

Felipe entró en terapia y, entre las tareas de sus padres, estuvo estimular a su hijo a explorar los menús de los restaurantes y que él ordenara su propia comida.

Scarlett, su mamá, dice que el poder de escoger lo ayudó a experimentar sabores nuevos. “Un día abrió la refri y se le ocurrió que quería gallopinto con jalea de fresa; en otros tiempos, yo le hubiera dicho que no, que eso no combina, pero ahora lo dejo que experimente, que pruebe cosas nuevas”.

Felipe ha sido un caso exitoso de terapia nutricional. Ahora prueba casi todo lo que se le ofrece. La hora de comer, comparada con las batallas del pasado, es ahora “una luna de miel”, en palabras de Scarlett.

Esta semana, la familia estuvo de manteles largos (valga la referencia gastronómica) porque Felipe, entró en la categoría llamada “riesgo de desnutrición” o, mejor dicho, salió por primera vez del rango que lo catalogaba “con desnutrición crónica”.

Cada familia mide sus alegrías a su manera. La de Felipe lo hace bocado a bocado.