Por: Danny Brenes 13 septiembre, 2015

Imagine a Costa Rica vacía. Vea calles desiertas, edificios abandonados, casas silenciosas. Imagine que en las escuelas no se escuchan los gritos de niños jugando durante el recreo o que en el mercado nadie ofrece sus productos al precio más cómodo.

Se busca hogar
Se busca hogar

Imagine que ya no hay presas porque ni siquiera hay carros; el polvo se acumula sobre los parabrisas y, en las paredes de las construcciones, crece la maleza por el abandono. Asómese por la ventana y piense que, en estos 51.100 kilómetros cuadrados de país, no queda ni una sola persona.

Ni siquiera usted.

Hasta el 6 de setiembre, 3.900.000 personas se vieron obligadas a escapar de su país, Siria. Es decir, casi la totalidad de la población de nuestro país. Es decir, casi tendríamos que vaciar Costa Rica para equiparar la cantidad de habitantes de Siria que se vieron forzados a abandonar su hogar, su pasado, todo cuanto conocían y arriesgar la vida en busca –más que de un futuro mejor– de sobrevivir.

Siria es uno de los principales protagonistas de un evento histórico para la humanidad, uno que se desarrolla todos los días en distintos puntos del mundo y con distintos grados de intensidad pero que es innegable: la crisis migratoria.

Desde la Segunda Guerra Mundial –el mayor conflicto bélico que ha afrontado el ser humano desde su existencia– nunca hubo tanta gente desplazándose por el planeta. Desde el 2011, de acuerdo con datos de la Organización de las Naciones Unidas, 60 millones de personas han migrado de sus países natales, empujados por razones que escapan de su control.

Más de un millón de personas han escapado de Somalia, un país con un gobierno al que se le considera frágil por su poco control sobre el territorio y la población, cercano a la anarquía incluso tras el final, en el 2006, de su guerra civil.

2.600.000 habitantes de Afganistán también han tenido que huir como consecuencia de viejos conflictos bélicos que se mantienen en su nación.

En Eritrea –a menudo catalogada como la Corea del Norte africana–, el régimen dictatorial empuja a la gente a buscar vías de escape.

La violencia desenfrenada en El Salvador y Honduras –correcto: a menos de una hora en avión desde el Juan Santamaría– ha hecho que la migración hacia Estados Unidos creciera un 92% desde el 2010; 52.000 de estos migrantes son niños que han debido movilizarse sin un adulto que los proteja.

En todo el planeta –pero sobre todo en Oriente y África–, la guerra, las tensiones ideológicas y la limpieza racial contribuyen a que, todos los días, cada treinta minutos una persona deba dejar su hogar atrás en busca de protección; en busca de sobrevivir.

Siria desangrada

Ningún otro país, sin embargo, ha perdido más gente que Siria.

La hemorragia de este país incrementa a diario desde principios del 2011, cuando estalló la guerra civil. Sucedió en el contexto de la Primavera árabe, una serie de protestas en la región que significó el fin de mandatos dictatoriales en Túnez, Egipto, Libia y Yemen, además de generar conflictos en otros países de la zona.

Ninguno de ellos se ha extendido más desde las protestas iniciales que la guerra en Siria.

Algunos relatos aseguran que unas condiciones climáticas adversas y la incapacidad gubernamental para atenderlas fueron la chispa que generó la rebelión en contra del presidente Bashar al-Assad –cuya familia ha estado al mando desde 1970–. Siria afrontó una fuerte sequía entre el 2006 y el 2010. De acuerdo con un artículo de Thomas Friedman para el New York Times , la escasez de agua suponía un “temor oculto estresante” para la población, que finalmente decidió rebelarse.

Mundo migrante
Mundo migrante

Sin embargo, es más probable es que la guerra civil sea el resultado de tensiones sociales y políticas acumuladas durante décadas y que finalmente estallaron a la luz de la primavera árabe. El gobierno de al-Assad respondió con fuerza bruta desde el principio y, así, cuatro años y medio después, Siria es una nación débil, resquebrajada por los bombardeos, las muertes –se estiman 220.000 desde que estalló el enfrentamiento– y la violencia.

El régimen de al-Assad es cruel. Naciones Unidas incluso ha confirmado que el ejército sirio ha utilizado armas químicas en contra de civiles. Solo el 21 de agosto del 2013 ocurrieron los dos más mortales, ambos en la región de Rif Dimashq: uno mató a 734 ciudadanos y el otro a 103. Otros ataques siguen en investigación y no han podido ser confirmados.

Existe un dicho anglosajón que dice que a la miseria le gusta la compañía: Siria también ha sido víctima de ataques del Frente al-Nusra (una división siria de la organización al-Qaeda) y, sobre todo, del Estado Islámico, el grupo terrorista más notorio y devastador de los últimos años, que ha conquistado buena parte del territorio sirio y sometido a su población a asesinato, tortura, crucificción y esclavitud sexual, niños en cuenta.

Ante una tierra de terrores, un cuarto de la población de Siria –cuyo total se estimaba alrededor de los 20 millones cuando estalló la guerra– ha decidido hacer maletas y escapar. Las tapas de diarios y las pantallas de los noticiarios de todo el planeta han enfocado, durante los últimos meses, sus esfuerzos en retratar el drama de miles de personas que intentan llegar a Europa, a la que han señalado como el destino número uno para los afectados por la crisis migratoria.

Un mundo en movimiento

Dice Naciones Unidas que, cada día, 42.500 personas en el mundo deben movilizarse y abandonar sus casas porque su vida corre peligro.

El incremento de migrantes entre el 2013 y el 2014 fue de ocho millones de personas –el mayor crecimiento jamás registrado–. Solo en Estados Unidos, por ejemplo, hay más de 82.000 ticos. En los últimos cinco años, han estallado 15 nuevos conflictos armados –la guerra de Siria es el mayor, sin duda–.

Sin embargo, ha sido durante los primeros ocho meses del 2015 –en particular los últimos dos o tres– que la crisis migratoria se ha convertido en un tema de discusión mundial.

La Unión Europea se muestra en jaque, obligada a tomar decisiones difíciles en cuanto a su posición con respecto a las miles de personas que tocan su puerta. No es complicado encontrar discursos de odio en contra de los migrantes en todo el mundo, incluso en la sección de comentarios de este mismo diario, por ejemplo.

Es como si, un buen día, el mundo occidental se hubiera despertado con millones de personas pidiéndole ayuda. Sin embargo, puede que esto no sea del todo acertado.

Se busca hogar
Se busca hogar

De acuerdo con datos publicados por el diario El País , de España, basados en información del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), el 86% de los migrantes son acogidos por países en vías de desarrollo.

Turquía, vecino al norte de Siria, ha recibido a más gente que nadie. 1.600.000 personas han encontrado asilo en este país; sin embargo, existen fuertes reproches sociales y maltratos hacia los migrantes. El ingreso anual per cápita en este país es apenas mayor que el de Costa Rica. Pakistán y Líbano completan el podio de naciones receptoras de migrantes, con 1.500.000 y 1.150.000.

El éxodo ha sido constante y sostenido durante años, aun si ha pasado desapercibido por los medios de comunicación –y por las redes sociales–. Aunque no es condonable, sí era de prever que la atención del mundo no se volcaría hacia el drama de los migrantes hasta que estos comenzaran a marchar hacia los países ricos.

En cualquier caso, la pregunta se sostiene: ¿por qué ahora? ¿Por qué es, de pronto, Europa, y no Turquía o Pakistán, el destino de elección?

El portón abierto

Uno de los golpes más fuertes de la Primavera árabe fue, según algunas fuentes, el principal causante de que se abrieran muchas vías de tránsito que los migrantes utilizan hacia Europa.

El 20 de octubre del 2011, en las afueras de la ciudad de Sirte, en Libia, murió Muamar el Gadafi, quien hasta agosto de ese año fue el líder de ese país árabe.

Su caída fue celebrada en todo el mundo como un logro del pueblo y una luz de esperanza para la región. Gadafi gobernó durante 42 años a punta de violaciones diarias a los derechos humanos en contra de sus opositores y de su propio pueblo.

Sin embargo, su destitución tuvo un efecto impredecible.

El gobierno de Gadafi funcionaba como una especie de tapón que evitaba el tránsito de africanos hacia Europa.

Libia contaba con campamentos de detención para los migrantes, en los que la tortura y la violación eran comunes. Aun cuando Libia siguió siendo un territorio hostil tras la caída de Gadafi, el portillo se había abierto y miles de personas provenientes del África subsahariana decidieron correr el riesgo en lugar de esperar a que la muerte llegara a buscarlos a sus hogares.

Siria es un caso aparte, empero. De hecho, la cantidad de personas que aprovechan el portón que dejó abierto la muerte de Gadafi no llega ni a la mitad de los que provienen de Siria. De acuerdo con el diario británico The Guardian , hay tres razones clave para ello.

Se busca hogar
Se busca hogar

La primera, por supuesto, es que la guerra en el país árabe no parece dar tregua sino lo contrario: la situación se ha recrudecido y el Estado Islámico es cada vez más poderoso. Esto no solo ha empujado a que más gente migre, sino que los refugiados en Turquía y demás países cercanos pierden la esperanza de poder regresar a sus casas.

Además, Naciones Unidas reporta que los campamentos establecidos en estos países no cuentan con los fondos suficientes para mantener a la población afluente.

Así, estos lugares, pensados para ser santuarios de paso, se han convertido en peligrosos lugares de permanencia. De acuerdo con la organización, faltan al menos $463 millones de dólares para mantener a los migrantes actuales, sin contar con que el flujo es cada vez mayor.

Finalmente, aunque Turquía ha sido receptiva con los migrantes sirios, estos no están capacitados legalmente para trabajar, lo que impide establecerse en este país. Negados de esta posibilidad, miles de personas no han tenido más remedio que volver sus rostros hacia el mar.

Tumba mediterránea

Bajos las olas de uno de los mares más atractivos para el sector turístico más rico del mundo se esconden, hoy, los cadáveres de más de 2.500 personas que, solo este año, intentaron llegar a las costas de Europa en busca de seguridad y oportunidades.

Queriendo escapar de la miseria y la muerte, cientos de miles de personas –la mayoría de las cuales no saben nadar y temen al mar– han aceptado el riesgo de subir a barcazas en pésimo estado, algunas de ellas inflables, intentando llegar a Italia o Grecia, sobre todo.

Ambos países solían ignorar a los migrantes, permitiéndoles avanzar hacia otros destinos de la Unión Europea –especialmente Alemania– donde las condiciones son más generosas.

Sin embargo, la aplicación de una ley conocida como la convención de Dublín, que exige a los migrantes permanecer en el primer estado europeo al que arriben hasta que sus solicitudes de asilo sean procesadas ha generado campos de refugio cuyas condiciones no son mucho mejores que los que se encuentran en Turquía o Pakistán.

Stathis Kyroussis, de Médicos sin fronteras, publicó un artículo en el sitio de esta ONG diciendo que nunca había visto un “estado de mayor abandono que en la isla de Kos, en Grecia”, donde buena parte de los migrantes –los que no murieron bajo el mar– están estacionados.

La situación, además, ha activado a muchísimos traficantes de personas quienes, una vez que cobran el dinero de quienes esperan llegar a Europa, se desinteresan de ellos y los dejan a su suerte.

En abril, 700 africanos murieron en un barco que se hundió frente a Libia.

Hay barcos a la deriva por todo el Mediterráneo, llenos de gente pero sin tripulación; aunque la Unión Europea patrulla estas aguas, sus esfuerzos han sido insuficientes para evitar las catástrofes.

También han aparecido barcos hundidos con migrantes muertos encerrados en las carcazas y, hace poco, se encontró en una carretera de Austria un camión repleto de personas que murieron sofocadas. En las últimas semanas, miles de migrantes han quedado atrapados en países de Europa del Este –especialmente en Hungría– desde donde esperan llegar a destinos más hospitalarios.

Luz al final del camino

Aunque la situación es oscura y poco alentadora, también se han visto algunas señales de esperanza. La mayoría de ellas vienen de Alemania, el país que hace 70 años protagonizó el otro gran éxodo humano, el otro gran conflicto bélico, la otra gran masacre.

El gobierno de Ángela Merkel ha dicho que acogerá a 800.000 migrantes este año –una cifra muy superior a la de cualquier otro miembro de la Unión Europea–. Pero no hay duda de que la reacción más honorable ha venido del propio pueblo alemán.

Miles de voluntarios se han volcado a trabajar en ayuda de los migrantes, brindándoles ayuda económica, víveres, techo y, sobre todo, calor humano (tal vez la mayor necesidad para estas personas). Las barras bravas de varios equipos de fútbol han mostrado carteles que dan la bienvenida a los migrantes y hasta los propios equipos grandes –como el Borussia Dortmund alemán– manifestaron su apoyo. Hace un par de semanas, la policía de Munich debió pedir a la gente que dejaran de enviar víveres porque ya no tenían medios para recibirlos. La solidaridad se desbordó.

En Islandia, un pueblo entero ha ofrecido sus casas para que los migrantes vivan en ellas. En Viena, capital austriaca, 20.000 personas –incluyendo a la policía de la ciudad– marcharon a finales de agosto pidiendo asilo para los migrantes, mostrando carteles que rezaban “No quiero que Europa sea una tumba masiva”. En Goslar, un pequeño pueblo en el centro de Alemania, el alcalde Oliver Junk ha aparecido en la prensa diciendo que espera que su pueblo se llene de migrantes con quienes construir un mejor hogar.

Todo indica que la crisis migratoria no va a detenerse pronto. Para que esto sea posible, es necesario sanear su causa. Muchísimos medios internacionales reportan que la aplastante mayoría de migrantes aseguran que, si pudieran regresar a sus casas, lo harían.

Porque el amor al hogar es más fuerte que cualquier ambición del primer mundo. Hoy mismo, cientos de miles de personas en todo el planeta solo quieren, precisamente, volver a casa, donde quiera que eso sea.