20 julio, 2014
Antes de que cayera la noche, el equipo de choque de la Policía estuvo listo para tomar la embajada.
Antes de que cayera la noche, el equipo de choque de la Policía estuvo listo para tomar la embajada.

A eso de las 10 de la noche, el veterano agente del Organismo de Investigación (OIJ) Judicial Manuel Cabezas Pravia se acercó al ventanal de la delegación diplomática de Chile y al asomarse observó las botas gastadas del policía [[BEGIN:INLINEREF LNCIMA20140716_0127]]Orlando Jiménez Jiménez[[END:INLINEREF]] cerca de la cortina.

"Jiménez está en malas condiciones. No ofrece ningún peligro. Hay que entrar; hay que entrar", recomendó Cabezas por radio. Cuatro minutos más tarde, los hombres del equipo de choque de la Policía ingresaron a la legación solo para comprobar que tres diplomáticos y el oficial yacían sin vida.

Seis horas horas antes, Orlando Jiménez, a quien todos conocían con un hombre silencioso y bonachón, había enloquecido y a balazos desató un infierno dentro de la sede diplomática. Las balas de su fusil M-16 –con el que debía cuidar el recinto, situado en barrio Dent, en San José– acabaron con el segundo secretario [[BEGIN:INLINEREF LNCIMA20140716_0133]]Roberto Nieto Maturana[[END:INLINEREF]], con el cónsul [[BEGIN:INLINEREF LNCIMA20140716_0136]]Christian Yuseff Marchant[[END:INLINEREF]] y con la agregada cultural [[BEGIN:INLINEREF LNCIMA20140716_0134]]Rocío Sariego Pérez[[END:INLINEREF]].

Diez años más tarde, no existe una explicación contundente a los motivos que llevaron a este oficial de raíces campesinas a perpetrar la masacre. Los expedientes judiciales están llenos de conjeturas y rumores, ninguno con la suficiente fuerza como para explicar el motivo del crimen.

Tras el ataque, Jiménez se disparó en la barbilla, pero el proyectil no tuvo la trayectoria correcta para arrebatarle la vida en el acto. Ciego y falto de aire, el policía deambuló errático por la delegación hasta que la pérdida de sangre le produjo la muerte.

El fatídico día. Para el 2004, la [[BEGIN:INLINEREF LNCIMA20140716_0137]]embajada de Chile[[END:INLINEREF]] ocupaba una casa de amplios jardines en uno de los barrios más bonitos al este de la capital. Algunas de las habitaciones fueron modificadas para convertirlas en un salón de actos, así como en las oficinas de Pro-Chile. Los árboles de la zona verde que divide el bulevar frente al inmueble, así como las jardineras debajo de los amplios ventanales, le daban a la sede diplomática un aire primaveral.

La paredes pintadas de blanco inmaculado y el mobiliario justo para trabajar con comodidad creaban la impresión de que el recinto era más grande de lo que indicaba su plano registral. La pequeña casetilla de Jiménez –en el parqueo de la embajada– estaba pintada en el mismo tono que el resto de la legación y de no ser porque Jiménez mantenía la puerta abierta, se confundía con la pared principal hasta volverse invisible.

Allí pasó el agente los cinco últimos años de su vida. La mañana del 27 de julio del 2004, Jiménez madrugó para dirigirse a su trabajo. Le gustaba llegar antes de las 7 de la mañana, aunque para eso tuviera que tomar el bus que a las 5:50 de la mañana salía de Puriscal.

La última vez que su hija Andrea Jiménez Guzmán lo vio, se rasuraba la barba. Estaba sereno. Antes de marcharse, pasó por el cuarto de su hija y se despidió. Era un hombre reservado y rara vez se enojaba; quizás le costaba expresar sus emociones. De hecho, muchas veces parecía aislarse del mundo. Con sus superiores era respetuoso y acataba instrucciones sin protestar. En su pueblo muchos lo recuerdan por su nobleza.

El día de la masacre, el secretario Roberto Nieto pidió a los jefes de la delegación policial de Montes de Oca que cambiaran al personal de seguridad. Alegó mala atención al público y que descuidaban su puesto de trabajo al retirarse a conversar con guardas y cuidadores de carros. Orlando Jiménez recibió su carta de manos del supervisor policial Christian Zamora. Ese mismo día, Jiménez intentó hablar tres veces con el secretario Nieto, pero nunca hubo espacio para la conversación.

La masacre. El ataque comenzó cerca de las [[BEGIN:INLINEREF LNCIMA20140716_0139]]4 de la tarde[[END:INLINEREF]]. Era el principio de las seis horas de infierno que vivieron una decena de sobrevivientes. El policía Roy Esteban Pérez, quien para entonces cuidaba la sede del Ministerio de Planificación, no lejos de la embajada, fue uno de los primeros en escuchar una detonación. "Corra, venga a la embajada porque su compañero está haciendo disparos dentro", le sugirió un cuidador de carros.

Desde las afueras, el oficial intentó comunicarse con Orlando Jiménez. Lo vio caminar dentro del salón con su arma, que apuntaba hacia el frente. "Jiménez, diga qué es lo que le pasa. Soy Roy, su compañero".

– "Nada, nada; ábrame el portón", le pidió el policía de la embajada. Pero el otro oficial no acató la petición.

– "Si no me dice, no le puedo ayudar porque está cerrado. Tranquilícese porque el jefe ya viene para acá. No complique más la situación", le recomendó Pérez.

– "Ábrame el portón, quiero salir o si no, quítese porque a usted también le doy", volvió a responder el agente Jiménez.

La funcionaria Xinia Castro estaba absorta en sus deberes cuando sobrevino la primera detonación dentro de la embajada. Dos minutos antes, había pasado una llamada al secretario Roberto Nieto. Ella se asustó al saber que la bulla provenía de la oficina del diplomático y, al levantarse, se topó de frente con el policía Orlando Jiménez. El cañón de la M-16 apuntaba hacia el frente y humeaba.

"Llevaba (Jiménez) la mirada perdida, tenía los labios morados y estaba pálido", le contaría la testigo al Organismo de Investigación Judicial (OIJ). El agente la hizo un lado y se abrió paso. María Cecilia Montero, otra empleada de la sede diplomática, también se topó con Orlando Jiménez luego del primer disparo, ese que acabó con el secretario Roberto Nieto.

"Venía caminando. El guarda cruzó el salón y venía hacia nosotros. Entonces yo lo paré. Él venía con el arma para un lado y con la punta del cañón de frente. Yo lo paré y le pregunté: ¿qué pasa? Mi compañera Janet Víquez exclamó: se metió un ladrón. Yo le pregunté al guarda: ¿dónde está? Él me acercó el cañón del arma al estómago y me lo apoyó. Le aparté el cañón con el antebrazo y le dije: "con eso no se juega", y le di unas palmaditas en el hombro. Le dije: qué dicha que lo tenemos a usted para que nos proteja", indicó la señora en su declaración al OIJ.

Ella recordó otro detalle: Jiménez tenía los ojos desorbitados; también dijo que estaba muy pálido. "Yo pensé que estaba desorbitado porque estaba cumpliendo con su deber. Nunca me habló".

La siguiente víctima sería Rocío Sariego. Entre la agregada cultural y el policía existía una relación poco cordial, pero nada tan grave como para explicar la masacre.

Ante el estruendo del [[BEGIN:INLINEREF LNCIMA20140716_0140]]segundo disparo[[END:INLINEREF]], el cónsul Christian Yuseff se asomó por la puerta de su oficina, extrañado del griterío. Asustado, cerró la pesada puerta de su despacho, un recinto de pocos muebles y sobria decoración. Jiménez llegó hasta ahí y sin mucha fuerza tocó la puerta.

– "Don Christian, salga que tengo que hablar con usted", le dijo sin forzar la voz.

Negociadores de rehenes intentan contactar a Orlando Jiménez.
Negociadores de rehenes intentan contactar a Orlando Jiménez.

– "Jiménez, qué le pasa", alcanzó a preguntar el diplomático mientras abría la puerta. Dos disparos hicieron cimbrar los ventanales. La voz del cónsul se acalló.

Mientras eso ocurría, otros funcionarios corrieron a ocultarse en servicios sanitarios y oficinas hasta que el equipo de choque de la Policía tomó por asalto la legación.

Jiménez también intentó entrar a otra de las oficinas, pero algunos trabajadores utilizaron un escritorio para bloquear la puerta. "Oímos a alguien forzando la puerta de la oficina. Yo creí que era el ladrón, ya que la pateaba. Al no poder abrirla, disparó", relató al OIJ la funcionaria María Cecilia Montero. El policía se dirigió a la oficina del diplomático Leonardo Banda –donde estaban ocultos varios personeros– e intentó ingresar, pero el mueble de un televisor se lo impidió. Enfurecido, disparó desde afuera. El electrodoméstico explotó.

"Parece que este huevón (el policía Jiménez) se volvió loco", les dijo Banda a sus compañeros con su marcado acento chileno; "qué hacemos, huevón, porque nosotros pensamos que eran ladrones y los próximos vamos a ser nosotros", preguntó el diplomático a un funcionario que lo acompañaba.

Perpetrado el triple crimen, Jiménez se disparó en el mentón. La bala siguió una trayectoria de abajo hacia arriba. Durante horas, el oficial caminó por la embajada. Palpaba puertas y paredes; estaba ciego, mudo y sediento.

"Caminó muchas veces por el pasillo. Él entraba a las oficinas, abría las gavetas como buscando algo. Por debajo de la puerta, nosotros podíamos ver hacia dónde se dirigía. Cada vez se movía con mayor dificultad. Él estuvo sentado en el sillón que está en el pasillo porque se oyeron los resortes cuando se sentó. Se oía que estaba intranquilo. Luego se fue para otra oficina. Se oía como si tratara de levantarse y se caía. Le caían cosas encima. Duró horas", relató al OIJ la funcionaria Xinia Vargas.

La toma de la embajada. La orden de [[BEGIN:INLINEREF LNCIMA20140716_0156]]tomar por asalto[[END:INLINEREF]] la legación diplomática tardó en llegar. Estupefacto, el mundo esperaba el desenlace de una crisis "en el país donde nunca ocurre nada", se escuchó decir en algún noticiero fuera de las fronteras ticas.

Desde las 4:54 p.m., las autoridades contaban con un croquis de la embajada y los hombres del equipo de choque estaban preparados para tomar por asalto el inmueble, pero la decisión de emprender la acción policial se tomó hasta la noche.

El hecho de que la embajada fuera territorio extranjero impedía cualquier operativo sin el aval del embajador Guillermo Yunge. Durante la tarde, un francotirador de la Dirección de Inteligencia y Seguridad Nacional (DIS) se apostó en el techo de una vivienda cercana, desde donde podía observar el patio de la sede. Jiménez nunca se acercó a ese punto. De haberlo hecho, habría caído en la emboscada.

Durante horas, Yunge y un [[BEGIN:INLINEREF LNCIMA20140716_0142]]Comando de Crisis[[END:INLINEREF]] –integrado por las altas esferas policiales y judiciales del país– se preparó para el ingreso. Antes de eso, intentaron contactar al oficial Jiménez por medio de los teléfonos de la embajada. Las primeras llamadas se llevaron a cabo a las 5:30 p. m. A falta de resultados, los negociadores de rehenes del OIJ acudieron a otro método: con un megáfono se acercaron a los ventanales para llamar al policía, pero nada ocurrió.

A las 8:37 p. m, los hombres del equipo de choque solicitaron permiso para un ingreso por la parte trasera de la [[BEGIN:INLINEREF LNCIMA20140716_0146]]delegación[[END:INLINEREF]]. Querían rescatar a un grupo de personas atrapadas en una oficina. El Comando de Crisis les pidió esperar.

Minutos más tarde, a las 9:17 p. m., los agentes del OIJ que mantenían la vigilancia informaron que Jiménez intentaba establecer contacto; lo vieron mover las cortinas antes de caer al piso. Tres minutos más tarde, el coronel Erick Karoliki informó al Comando de Crisis que el equipo de choque asaltaría en cualquier momento la [[BEGIN:INLINEREF LNCIMA20140716_0148]]propiedad[[END:INLINEREF]].

Al filo de las 10 de la noche, el agente del OIJ Manuel Cabezas Pravia se acercó con sigilo a la ventana de la oficina del secretario Roberto Nieto. Observó a Jiménez tendido boca arriba, detrás de un escritorio. Entonces pronunció la frase que la Policía esperó por más de seis horas: "Jiménez está en malas condiciones. No ofrece ningún peligro. Hay que entrar; hay que entrar...".