Ahora, un trago de ron o los “placeres de la buena mesa” son un deleite dosificado, al tiempo que es de rigor la aplicación puntual de sus medicamentos.

 17 noviembre, 2013

“Voy a empezar refiriéndome a mi modesta ceguera personal, modesta en primer término porque es ceguera total de un ojo, y ceguera parcial del otro”, dijo Jorge Luis Borges en 1977. Numa Estrada Zúñiga recuerda esas palabras mientras muestra los muchos libros del escritor argentino que hay en su biblioteca.

Su afición no es casual, ya que comparte con Borges esa “modesta ceguera” producida por la diabetes. Su degeneración visual afecta su ojo derecho, cuya visión no alcanza ni un 10%. Inicialmente, pensó que se trataba de una consecuencia de un accidente de tránsito, pero luego el médico le dio la noticia de que lo aquejaba el mismo padecimiento que dejó a sus tías ciegas o amputadas.

“Él médico determinó que tenía un problema en el ojo: se me había roto la vena que lleva la sangre a la retina y eso no tiene remedio”, cuenta Numa. Sin embargo, eso no le impidió a este economista estudiar en Estados Unidos y construir una vida alrededor de los números. Ahora es asesor de bancos centroamericanos y vicepresidente de la Cámara de Comercio.

La dolencia que lo ha acompañado por 30 años le dio un vuelco a su vida. De su juventud en Nicaragua, “un poco laxa y soluta”, ya solo queda el recuerdo del ron con gaseosa que tomaba “a cualquier hora y cualquier día”. Ahora, un trago de ron o los “placeres de la buena mesa” son un deleite dosificado, al tiempo que es de rigor la aplicación puntual de sus medicamentos.

Además de las dos inyecciones diarias de insulina, Estrada completa su tratamiento con medicamentos que ayudan a evitar complicaciones renales.

No pierde la esperanza de recuperar parte de la visión y, a sus 71 años, se somete a una intervención oftalmológica cada 90 días.

“Hay que tratar de seguir la vida feliz y fuerte... y acompañado de los medicamentos y de la insulina más avanzada”, concluye.