Una de ellas estuvo cerca de morir de hambre en Kenia, la otra está en Costa Rica aprendiendo cultivar lo que su hermana anhela.

Por: Arturo Pardo V. 15 junio, 2014

Lucía Lebasha Epur está segura de que haber sido dada en adopción en su infancia representó una gran oportunidad para ella. Lo dice y lo dice. Lo repite una y otra vez.

Es por eso que cada día recuerda de dónde viene y hasta dónde ha llegado. A los 18 años parece que no se arrepiente de nada de lo que ha hecho hasta ahora y a la vez se siente agradecida por todo lo que ha vivido. La vida le ha dado limones y ella está más que dispuesta a hacer limonada con ellos.

Hoy aprovecha lo que su hermana gemela nunca ha tenido. Agradece la oportunidad que ganó por haber sido elegida como la bebé que debía partir de casa para cumplir con una tradición.

Ojos en la tierra

No fue hasta el año pasado conoció lo que había más allá de su comunidad, en su natal Kenia. Nunca antes había viajado y, la primera vez que lo hizo, el avión la trajo hasta Costa Rica con una beca completa que la tiene hoy en tierra fértil en la Universidad EARTH , en Guácimo de Limón, donde obtendrá un título universitario en el 2017.

“Estoy en el lugar correcto, haciendo lo correcto, disfrutando de poder poner en práctica mi pasión por la agricultura”, comenta esta joven que habla swahili , kisturkana y otros 11 dialectos africanos.

El año pasado, cuando se hospedó por varios meses con una familia costarricense además aprendió español. No le costó mucho pues de hecho se encontró con palabras que se dicen igual que en swahili, tal y como “mesa” y “mama” (así, sin acento). Sin embargo aún prefiere defenderse en inglés, que además es una de las tres lenguas oficiales en Kenia, junto al swahili y el islandés.

El tema agrícola tampoco le es extraño. Desde pequeña se educó cerca de los cultivos de Nyahururu, donde creció. En dicha villa la tierra es muy apta para cultivar, por lo que abundan las cosechas y las ferias repletas de canastos de diversos productos.

El próximo 29 de junio, Lucía (en Costa Rica) y Emmanuela (en Kenia) cumplirán 19 años. | FOTO: MARCELA BERTOZZI
El próximo 29 de junio, Lucía (en Costa Rica) y Emmanuela (en Kenia) cumplirán 19 años. | FOTO: MARCELA BERTOZZI

Pululaban las zanahorias y Lucía ayudaba en la casa plantando para la familia. Más tarde, a los 11 años organizó a la comunidad para plantar árboles en zonas deforestadas. Su desempeño en la escuela y su innegable liderazgo la hicieron candidata de lujo para una beca en la escuela secundaria privada Kisima High School .

Se rapó la cabeza y todos los días usó camisa blanca y abrigo verde. Eligió especializarse en agricultura antes que en negocios (la otra opción que tenía). Fue la elección correcta.

En su clase había 24 estudiantes, de los cuales solo seis eran mujeres. La generación que iba antes que la suya tenía solo a dos alumnas entre el estudiantado, y es que en Kenia las puertas de la educación están más cerradas que abiertas para las mujeres.

Lucía escuchó varias veces que ella estaba destinada a no ser nadie, tanto por provenir de una tribu minoritaria como por ser mujer. Sin embargo, para ella ambas cualidades no son más que grandes oportunidades.

En Costa Rica, en cambio, tiene una cantidad equitativa de compañeros y compañeras. “Uno conoce a personas de todo el mundo con historias muy diferentes. Conocer a cada uno de ellos es una gran oportunidad”, dice.

A pesar de que lleva casi un año en el país le sigue siendo extraño tanto aguacero pues en Nyahururu llueve si acaso dos veces al año. Aun así, allá tampoco le gustaba ver llover.

Antes de venir acá nunca en su vida había visto frijoles negros. Estaba acostumbrada a comer de los rojizos, grandotes, que allá se cultivan. Ese producto y el maíz son los dos que se le vienen a la cabeza cuando habla de lo que cultivará una vez que regrese a su patria, en el 2017. Lo hará en suelos áridos, pues no tiene otra opción.

Está decidida a aprender acá la mejor manera de cultivar allá, donde vive la tribu nómada de la que proviene. En la EARTH esa es su primera y última meta.

Plantará como nunca nadie ha plantado en aquellos lares. En su Kenia la hambruna es regla, especialmente en Kawap, donde nació y donde vive su hermana gemela Emmanuela, la que alguna vez estuvo a punto de morir de inanición. Su hermana gemela Emmanuela, con la que ha estado frente a frente solo una vez.

Lucía planea implementar invernaderos en Kenia en pos del acceso al alimento. | FOTO: MARCELA BERTOZZI
Lucía planea implementar invernaderos en Kenia en pos del acceso al alimento. | FOTO: MARCELA BERTOZZI

Cara a cara

El encuentro fue hace varios años, los suficientes como para que en su memoria se perdiera el dato exacto de cuándo ocurrió. Jugaron juntas en algún pueblo keniano, corrieron, saltaron, rieron, cayeron, gritaron pero nunca nadie les dijo que eran hermanas.

Para no confundirlas les explicaron que eran primas ¡Qué primas más parecidas! Eran casi idénticas, al punto en que la similitud levantaba sospechas. Los otros niños le decían a Lucía que era como ver una réplica suya. Ella solo asentía; no había manera en que estuviera en desacuerdo. “Mi hermana y yo somos como un espejo”, comenta ahora.

Las niñas, ambas de la misma edad, venían de pueblos muy distintos, tenían pasados muy distintos y estaban destinadas a seguir por sendas muy distintas. Por más parecidas que sigan siendo, todavía son muy distintas.

Lucía Lebasha se crió en Nyahururu, una ciudad perteneciente a la provincia central de Kenia, donde abundan las cataratas atractivas para el turismo y los suelos fértiles.

Emmanuela Kariwo, por su parte, creció en la villa rural Kawap, en el distrito de Baragoi, en las afueras de Nairobi donde la hambruna abunda casi tanto como los interminables conflictos entre los pueblos samburu y turkana.

“Allá no hay paz porque no hay educación, y no hay comida porque no hay paz”.

La diferencia abismal entre la situación actual de las dos mujeres se debe precisamente a que Lucía y Emmanuela no son primas, sino hermanas gemelas.

Todavía hace menos de dos décadas en diferentes poblados kenianos esta condición fraternal era más un castigo que una gracia. Por tradición a veces hasta se tomaba como una condición maldita .

Los busuku, por ejemplo, consideraban de mala suerte la presencia de una pareja de gemelos en casa. Si uno de ellos no moría prematuramente, significaba que alguno de sus progenitores fallecería pronto. Por precaución se causaba la muerte de uno de los bebés a temprana edad, mientras que el otro se quedaba sin pareja, como si nunca hubiera tenido hermano.

La tradición se ha suavizado, y actualmente los infanticidios en estas circunstancias son acontecimientos muy raros, casi improcedentes. En el 2012, por cierto, en Kenia una mujer dio a luz a unos gemelos cuya llegada fue noticia mundial, cuando una madre bautizó a sus mellizos Obama y Romney , con motivo de las elecciones presidenciales estadounidenses.

Aquellos dos menores tampoco fueron separados después de haber venido al mundo, a diferencia de como se sigue haciendo especialmente en poblaciones rurales del país africano.

Entre los turkana, la situación económica solía obligar a las familias a desprenderse de un bebé pues mantenerlo en la casa complicaba la supervivencia que de todas formas ya era difícil. Además, por ser una tribu nómada, para las madres era difícil cargar con tantas criaturas. A Lucía, entonces, le correspondió ser esa gemela enviada lejos del terruño.

Ella no sabe con qué criterio la eligieron como la que debía partir, pero llegó a manos de una tía que la adoptó como su sétima hija. Supo que no era su madre hasta que cumplió 14 años.

En el 2017, cuando la joven se gradúe de la EARTH, su hermana apenas estará cerca de graduarse del colegio. A los 22 años Lucía regresará no a Nyahururu sino a Kawap, de donde partió estando muy pequeña.

Todos los días Lucía agradece haber sido dada en adopción, primero, porque en su lugar pudieron haberla matado; además no hubiera podido estudiar. Sin embargo principalmente da las gracias porque así, cada día en que piensa en dejar todo botado, se acuerda de Emmanuela, quien a la distancia y sin saberlo, la motiva a seguir estudiando.