Vivió la mejor época de Woodstock, pero encontró mayor conexión espiritual entre Montezuma y los chivos ticos

Por: Gloriana Corrales 3 mayo, 2015

Sin ritmos. Sin paradigmas. Sin pudores. Donde haya un escenario y exista música, el espíritu de Kati Winnegrad será libre.

No muchos la conocen por su verdadero nombre. En el mundo de los chivos , ella es “La doñita que baila en los conciertos de la UCR”, un combinado de términos enrevesados para su limitadísimo español, pese a sus tres décadas de amor profeso a Costa Rica.

Otros nada más la conocerán de vista y la recordarán como la señora de rubios bucles que llega a mitad de los conciertos en bares, quita mesas y sillas sin permiso, y se abre espacio para dejar que su energía fluya.

Con los ojos color aguamarina cerrados y sus manos en el aire, la doñita parece moverse siempre igual, con frenesí, así haya rock o una fusión de ritmos latinos de fondo.

“Hay quienes creen que hay personas que pueden bailar y otras que no. Yo no creo en eso, pienso que todos podemos expresar nuestro espíritu a través del movimiento del cuerpo. No hay una manera correcta o incorrecta de mover el cuerpo; cada espíritu está perfectamente alineado”, dice.

Kati vino al mundo en 1940 en Nueva York, pero su alma nació hasta 29 años después. Woodstock la trajo a la vida.

Por irónico que parezca, Kati Winnegrad nunca escucha música en su casa. Ella prefiere el silencio para escuchar los sonidos de las montañas de San Antonio de Escazú. Algunas veces amanece en catedrales musicales como Amón Solar. | FOTO: GABRIELA TÉLLEZ
Por irónico que parezca, Kati Winnegrad nunca escucha música en su casa. Ella prefiere el silencio para escuchar los sonidos de las montañas de San Antonio de Escazú. Algunas veces amanece en catedrales musicales como Amón Solar. | FOTO: GABRIELA TÉLLEZ

Según su propio relato, la pasión por mover el cuerpo para buscar una conexión espiritual es parte de su estructura celular. “Estoy, segura, por el hecho de que mis padres eran dueños de una tienda de música, de que recogí algunas de las vibraciones de los instrumentos desde el vientre”.

Hija de padres liberales, Winnegrad creció entre lo rural y lo suburbano, en el Cinturón de Nieve de Nueva York, mas asegura que nunca calzó en los conservadores suburbios de su época.

Se casó virgen a los 19 años y una década después, con un hijo de dos años y medio en brazos, emprendió su primer divorcio. Su precoz matrimonio la había encerrado en la cárcel de la codependencia.

Se marchó a Puerto Rico durante una semana para poner en orden sus emociones y fue entonces cuando el Festival de Woodstock ocurrió. Lo que Kati quería era lo mismo que el mundo clamaba entonces: amor y paz, por más trillado que suene.

Los fines de semana, cuando su exesposo cuidaba del pequeño, ella tenía una cita con Woodstock. Fue ahí donde por primera vez fumó un puro de marihuana –una confesión de la que le tomó rato decidir sobre si podía ser publicada–.

“Nunca me sentí una hippie porque era muy responsable. Era una madre, tratando de criar a un hijo”. Kati se define aún como una flower child , una de esas jóvenes idealistas de finales de los 60.

‘Joven y sexy’ es el nombre del archivo con el que Kati conserva en su laptop una foto suya, tomada en setiembre de 1972, en Woodstock. | FOTO: KATI WINNEGRAD PARA LN
‘Joven y sexy’ es el nombre del archivo con el que Kati conserva en su laptop una foto suya, tomada en setiembre de 1972, en Woodstock. | FOTO: KATI WINNEGRAD PARA LN

Para 1988, comenzó a salir con un hombre al que conoció en Washington, y quien la invitó a venir de vacaciones a Costa Rica, un país del que apenas y había escuchado durante un viaje a Jamaica en 1976.

Es en este punto donde comienza la verdadera historia: lo dejó, le ofreció devolverle el dinero del pasaje y, con las maletas para tres semanas, tomó su propio rumbo. Se quedó siete meses y en suelo tico conoció a los que quizá sean sus últimos dos amores: Carlos, 20 años menor, y Montezuma, un romance para siempre.

“Juro que nunca había visto tanta belleza”, dice Kati sobre la playa Montezuma que por aquel tiempo no tenía ni asomos del desarrollo comercial y turístico que la caracteriza hoy.

Kati regresó a Colorado, Estados Unidos, para recoger sus cosas. Había encontrado un lugar incluso mejor que Woodstock.

Regresó y compró lo que ella llama un “santuario de vida silvestre”, que colinda con el río Montezuma, cuyas aguas conocen cada centímetro de su cuerpo desnudo. “Nadie puede adueñarse de esto. ¡Es que es de Dios!”, repetía una y otra vez a Carlos –de quien se divorció el mismo día que dejó de fumar–. “Yo soy solo una guardiana”.

Fue en Montezuma donde escuchó a Editus, la primera agrupación nacional que la hizo recordar sus días en la meca hippie neoyorquina, y luego a Gandhi.

La razón por la que luego se trasladó a vivir a San José también tiene que ver con la música. Su motivo se llamó salón El Tobogán, donde bailó hasta el día en que le pusieron un candado.

Ahora vive en una pequeña casa en la parte más alta de San Antonio de Escazú. Desde ahí maneja varias noches a la semana a la capital, para hacer sentir su “pura vibra” en cada chivo que haya.

De un bar en San Ramón la echaron años atrás, con el argumento de que ahí no podía bailar descalza, y mucho menos sola. En otros locales, como Jazz Café, le tomó tiempo ganarse el beneplácito. “¿Por qué no podés ser como las demás personas?”, recuerda que alguna vez le espetó el dueño del establecimiento.

 El día que cerraron El Tobogán, en el 2010, fue uno de esos días duros para la doñita, mas no le impidió encontrar nuevos lares para su pasión.
El día que cerraron El Tobogán, en el 2010, fue uno de esos días duros para la doñita, mas no le impidió encontrar nuevos lares para su pasión.
“Mi oración es que cuando muera, quiero estar bailando”, dice Kati con suma convicción

Pero Kati Winnegrad es cada vez más un personaje estelar de la escena musical tica. Ella es la protagonista del videoclip Mientras cante su voz , de la banda nacional Síndrome de Estocolmo; una de las imágenes del libreto de A puro peluche , el primer disco de Sonámbulo Psicotropical; y la cara de un afiche del bar Mundoloco que lleva la leyenda: “Haz la conexión”.

“La vida es lo que sucede mientras estás haciendo otros planes”, dice con vehemencia. La frase se la robó a John Lennon, quien, por casualidad, nació solo dos días antes que ella.

A sus 74 años, la doñita que baila en los conciertos de la UCR considera estar aprendiendo a ver el mundo con nuevos ojos, los del alma.

“Los invito a unirse”. Esa es tan solo otra frase de Lennon que tiene sentido cuando es Kati quien la dice.

Nota del editor: La versión original de este artículo fue modificada.