'House of Cards' transformó la televisión, pero un escándalo sexual cavó la tumba de la serie que convirtió a Netflix en fenómeno mundial.

Por: Danny Brenes 11 noviembre

Netflix es el rey de la televisión por Internet, pero Frank Underwood era su presidente. El protagonista de House of Cards fue, hasta hace un par de semanas, la mascota del servicio de streaming, su rostro más atractivo, su gancho, su opus magna.

Ahora, Frank Underwood está, para todos los efectos, muerto. Lo está desde que su intérprete, Kevin Spacey, hasta entonces uno de los actores más respetados del planeta, fuera acusado en repetidas ocasiones de abuso sexual.

El primero fue Anthony Rapp, de Star Trek: Discovery, quien dijo que Spacey hizo avances sexuales hacia él en 1986, cuando Rapp tenía solo 14 años –la edad legal de consentimiento en el Reino Unido, donde ocurrieron los hechos, es 16–.

14 son, también, el total de presuntas víctimas que han señalado a Spacey de asalto, acoso sexual e intento de violación.

Ante el primer señalamiento, Spacey emitió un comunicado en el que decía no recordar los hechos narrados por Rapp, decía sentirse horrorizado por ellos y, además, confirmó su homosexualidad. El ojo público no reaccionó como Spacey hubiera querido, señalándole de querer desviar la atención.

Netflix no mordió el anzuelo que, en apariencia, Spacey lanzó. La compañía detuvo la producción de la sexta temporada de House of Cards pero eso fue solo el principio: pronto, el rey del streaming cercenó toda relación con el actor, asegurando que no regresaría a House of Cards de forma alguna (si es que la serie continúa).

El tiempo antes de Underwood

Eran otros tiempos, aunque no lo parezca: en los calendarios, el 31 de enero del 2013 suena todavía cercano, pero en los anales de la televisión significa hablar de otra era. No sabíamos que solo 24 horas después sucedería una revolución en nuestras pantallas.

House of Cards se estrenó el 1° de febrero de aquel año y pronto comenzó a transformar los hábitos de consumo televisivo de millones de personas en el mundo; también la forma en que ese consumo se produce, se vende y se piensa.

La historia de la serie, sin embargo, se comenzó a construir dos años antes, en el 2011. Asif Satchu y Modi Wiczyk, ejecutivos de la compañía productora MRC, le ofrecieron la idea de la serie a varias cadenas tradicionales. Una oferta, sin embargo, los sorprendió.

Netflix quería apostar, por primera vez, con fuerza en su contenido original y quería que House of Cards – un remake de la serie que emitió la BBC en 1990, a la vez basada en la novela homónima de Michael Dobbs– fuera su caballo de Troya.

La apuesta era monumental: Netflix invertiría $100 millones no solo en una serie, sino en un concepto que rompía todos los esquemas de la televisión tradicional: desde el primer día, toda la temporada estaría disponible para los usuarios del servicio.

Pese a que Netflix ya se había consolidado como una plataforma para ver series y películas recicladas por las cadenas tradicionales, la movida era un desafío que, de no ser exitoso, bien podría haber significado el principio del fin para la compañía.

Netflix necesitaba dos cosas para triunfar: un nombre de peso... y un poco de suerte.

El efecto Spacey

“Todo se trata de sexo menos el sexo. El sexo se trata de poder”, dice, en una de decenas de frases memorables, Frank Underwood.

El poder que la serie necesitaba para despegar se lo dio, precisamente, el intérprete del personaje. Kevin Spacey confirmó que se uniría al proyecto el 3 de marzo del 2011. Lo convenció su relación con David Fincher, aclamado director de películas como Fight Club, Zodiac y The Social Network, quien dirigiría el piloto de House of Cards y sería productor ejecutivo.

House Of Cards
House Of Cards

Con Spacey a la cabeza, sumado a las actuaciones de Robin Wright (Claire) y Kate Mara (Zoey, en la primera temporada), entre otros, la serie tenía un elenco digno de nominación al Oscar de mejor película, lo que elevó las expectativas de la compañía, de la crítica y del público.

La serie fue sometida a una metódica y cuidadosa producción estética y narrativa –aunque la segunda no fuera siempre efectiva– que, desde el día uno, se convertiría en la marca de la casa: el uso dinámico de luces y sombras, la paleta de colores, las tomas centralizadas y equilibradas, el rompimiento de la cuarta pared cuando Underwood se dirige al público.

Mas lo anterior no garantizaba el éxito. Netflix todavía necesitaba un empujón, un golpe de suerte.

El 8 de febrero, una semana exacta después del estreno de la serie, ese golpe de suerte azotaría el noreste de los Estados Unidos y parte de Canadá.

Una tormenta cubrió de capas de nieve ciudades como Boston y Nueva York, así como parte de Connecticut, Maine, Nueva Inglaterra y Nueva Jersey. Millones de personas se vieron forzadas a quedarse dentro de sus casas durante varios días. Muchos de ellos encendieron sus televisores y, aunque se mantuvieron al tanto de las noticias, también se aburrieron. Ante problemas en las señales de cable y satélite, recurrieron al Internet.

Recurrieron a Netflix. Recurrieron a Frank Underwood.

Sería iluso e incorrecto achacar el éxito de la serie a una tormenta –aunque no se puede negar que ayudó–, pero la coincidencia climática introdujo el fenómeno del binge watching (consumir varios episodios de una serie de televisión en una sola sentada) a un público masivo, lo que se convertiría en la columna vertebral del negocio de Netflix.

Magnicidio

A Spacey, el personaje le calzaba a la perfección. Oscuro, despiadado y, al tiempo, seductor y poderoso, Underwood seguía la línea de antihéroe que trazó Walter White en Breaking Bad. Como el profesor de química convertido en narcotraficante, Underwood también se ganó, a punta de actos nefastos, la simpatía del público. Simpatía no es la palabra correcta, más como una especie de atractivo repudio.

Puede que la naturalidad con la que Spacey interpretaba a Underwood tuviera que ver con las similitudes entre ambos. De acuerdo con Randall Fowler, hermano de Spacey –e imitador profesional del rockero Rod Stewart–, el padre de ambos, fallecido en 1992, era un partidario del nazismo, quien frecuentemente violaba y agredía a sus hijos. Spacey, sin embargo, dijo en entrevistas que su padre era “un hombre muy normal”.

De igual forma, en la serie Underwood decía en público que tenía en gran estima a su padre fallecido cuando en realidad lo despreciaba; incluso, en el primer capítulo de la tercera temporada, Underwood orina la tumba de su progenitor.

Durante las cinco temporadas de la serie –sigue siendo un misterio si habrá una sexta–, Underwood se vale del poder, el sexo y la agresión para trazar su camino hasta la Casa Blanca. El paralelismo con el lado de Kevin Spacey que revelan las acusaciones en su contra no se puede ignorar.

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House of Cards fue un fenómeno cultural. Mereció 210 nominaciones a los principales premios televisivos (Emmy, Globo de oro, Critics Choice, Sindicato de actores) y ganó 27 premios; en casi todos los casos, fue la primera serie digital en ganar o ser nominada en sus respectivas categorías.

Spacey estuvo nominado al Globo de oro como mejor actor en una serie dramática en el 2014 y 2015, y ganó la segunda; al Emmy en esa categoría fue nominado cuatro veces consecutivas. En el intermedio, el personaje al que dio vida se convirtió en un rostro protagónico de la cultura pop de esta década.

Kevin Spacey signs autographs at a special screening for season 2 of
Kevin Spacey signs autographs at a special screening for season 2 of "House of Cards", on Thursday, Feb. 13, 2014 in Los Angeles. (Photo by Chris Pizzello/Invision/AP)

Hoy, todo eso es pasado. Un pasado, eso sí, ineludible.

Para todos los efectos, Frank Underwood está muerto pero, nos guste o no, su obra y su legado están vivos: dieron forma al modelo de consumo que hoy impera en el entretenimiento mundial, del cual Netflix seguirá monetizando durante años por venir.

El presidente está muerto, pero el rey está más vivo que nunca.