¿Es posible amar por igual los textos de la Tierra Media y las historias que tienen al joven mago como protagonista? Un fan acérrimo asegura que no hay por qué ponerlos a competir.

 25 mayo, 2014

Puedo entender que no sea posible ser liguista y morado al mismo tiempo: a esos los llamamos pancistas, aunque desconozco el origen del término. Desde niños, nos inculcan una cosa o la otra, y desde los 3 ó 4 años, queda tatuado en el alma. Simplemente, no se puede ser ambas cosas.

Imagen sin titulo - GN
Imagen sin titulo - GN

Sin embargo, nunca he logrado entender cómo algunas personas dicen que no les gustan Los Beatles porque son fans de los Rolling Stones, o viceversa. ¿Cuál es el problema de disfrutarlos a ambos?

Soy amante de la literatura de J.R.R. Tolkien, cuya obra he devorado en su totalidad. He leído El Señor de los Anillos 18 veces, y El Hobbit 19. De los 15 a los 33 años, me tomaba un mes de mi vida para leer –o releer– el que consideraba mi libro favorito.

Cuando salieron las películas, dejé de leerlos y me dediqué a ver la trilogía cinematográfica una vez al año, versión extendida, por supuesto. Con eso, cumplo con J.R.R. Tolkien , a través de la visión brillante de Peter Jackson, quien filmó una versión maravillosa, irrepetible y a la vez respetuosa del texto, salvo por un par de licencias poéticas que se tomó.

Particularmente, me refiero a la escena en que los elfos de Rivendel llegan al Abismo de Helm, para cumplir con un acuerdo de hace más de 3.000 años. Debo admitir que lo celebré escandalosamente en el cine, brazos en alto. Me temo que con las dos primeras películas de El Hobbit , al señor Jackson se le ha ido la mano con las licencias, que son muchas y muy alejadas del original.

En fin, resulta que también leí (una vez cada uno) y he visto las películas de Harry Potter (varias veces), y disfruté ambas cosas enormemente. En los últimos tiempos, las películas han tenido un auge en mi casa, porque mi hijo mayor, Gabriel, tiene 7 años y ama la saga. Al ser un padre relativamente conservador en cuanto a lo que es conveniente que vean mis hijos, he permitido que conozcan las primeras dos, porque siento que se van oscureciendo progresivamente conforme avanza la saga.

La promesa es que, al cumplir 8 años, puede ver El Prisionero de Azkabán , dirigida impecablemente por ese genio que es Alfonso Cuarón.

La fantasía, como género literario y cinematográfico, tiene una particularidad: con frecuencia, permite desarrollarla sin tener que andarse preocupando de si en el “tiempo” del relato había tal o cual adelanto tecnológico, arma o similar.

Es improbable encontrar a Legolas usando flechas explosivas de titanio o a Hagrid con una Bazuca mágica. Se prefieren las espadas, los caballos y las cartas a los misiles teledirigidos, tanques y correos electrónicos o satélites. Eso enriquece los relatos y nos lleva a un mundo fantástico que nos queda en el alma.

 El universo tolkeniano tiene la influencia de las dos guerras mundiales y el afán del autor por crear mitología británica, especialmente porque admiraba la mitología escandinava. Rowling escribe por hambre y porque su imaginación va más allá de lo humanamente razonable.

Las creaciones de Tolkien y Rowling son infinitamente diferentes. Se escribieron en épocas y frente a realidades muy distintas. El universo tolkeniano tiene la influencia de las dos guerras mundiales y el afán del autor por crear mitología británica, especialmente porque admiraba la mitología escandinava. Rowling escribe por hambre y porque su imaginación va más allá de lo humanamente razonable.

Además, los libros de Harry Potter son escritos para niños y adolescentes. Conforme avanza la serie y el público meta se va haciendo mayor, los textos se van complicando y oscureciendo. Basta con ver el grosor y la complejidad de los primeros dos y compararlos con los últimos libros, que tienen implicaciones más serias.

Tolkien, por su parte, tiene un único libro, que fue pensado para niños, El Hobbit , cuya creación –casi que accidental– fue concebida como un libro para sus hijos. Posteriormente, en su inmenso genio, le dio unidad lógica a todo ese universo creado en diferentes momentos de su vida.

Solamente hay una cosa en la que sí se me complica la vida cuando comparo ambas

creaciones. En el universo de Tolkien, específicamente en el Silmarillion, aprendemos que los Elfos son los hijos de Ilúvatar (conocido en el bajo mundo como Eru, el Único, Dios para más datos). Ilúvatar los concibió personalmente, sin participación de los Ainur, lo que hizo que su creación fuera más perfecta. Los Elfos son criaturas maravillosas, eternas, sensibles y etéreas. Hasta la Tercera Edad, inclusive, la Tierra Media les pertenece y su destino depende de ellos. En cambio, los Elfos de Harry Potter son la cosa más fea, patética, sucia y despreciable que hay, dentro de las criaturas que no son malignas. Me cuesta muchísimo aceptar a esos “elfos”, como Dobby, porque son irritantes, harapientos, cabezones y arrastrados.

De cualquier manera, el veredicto es el siguiente: sea feliz, disfrute de ambas sagas y no se complique con minucias como la de los elfos, que para todos da Dios.