Alejandro Soto, escalador de roca, subirá El Capitán, el equivalente al Monte Everest para un deporte que no deja de crecer en Costa Rica

Por: Danny Brenes 10 mayo, 2015
Alejandro Soto escala la pared de Escalada Cachí, durante el Summer Fest. foto Gabriela Télez
Alejandro Soto escala la pared de Escalada Cachí, durante el Summer Fest. foto Gabriela Télez

Un brazo se estira hacia arriba y a la derecha, tensando sus muchos músculos. El brazo culmina en una mano pintada de blanco, fuerte como un gancho de hierro. La espalda tatuada, las piernas poderosas, el cuerpo concentrado en un solo objetivo: encontrar la siguiente rendija en la pared que se eleva 50 metros –el edificio más alto del país, en Paseo Colón, mide apenas el doble–, sin duda el mayor atractivo de Escalada Cachí, un complejo en las montañas de Paraíso, Cartago. Allí se realizó, los días 25 y 26 de abril, el Summer Fest, una celebración de la escalada en Costa Rica, organizado por La Stone, una comunidad que impulsa el deporte en el país.

El ‘silent partner’ es un aparato diseñado para evitar caídas de los escaladores solistas. | FOTO: GABRIELA TÉLLEZ
El ‘silent partner’ es un aparato diseñado para evitar caídas de los escaladores solistas. | FOTO: GABRIELA TÉLLEZ

El hombre exhala con sonoridad: le ayuda a mantener la concentración durante su ascenso. Ante la incredulidad de quienes le observan –y la certeza de quienes le conocen–, el hombre se mueve por la pared con la confianza de quien nació para hacerlo. Sube sin mayores problemas, encuentra la cima y luego se desliza hacia abajo. Descansa unos minutos y, sin mayores consideraciones, lo intenta de nuevo. Una y otra vez, de arriba hacia abajo, el hombre subraya lo que ya es claro para entonces: él es el rey de esta pared.

El primero de junio, ese mismo hombre de 47 años, de piel bronceada y musculatura salida de un animé, de cejas prominentes e ímpetu contagioso, viajará al valle de Yosemite, en California, para enfrentarse al mayor monolito de granito más grande del mundo, la meca absoluta de la escalada de roca: El Capitán. Hace dos años que ese hombre escaló esa misma montaña, el Monte Everest del ascenso vertical, junto con su colega y amigo Gino Negrini. Esta vez, sin embargo, subirá solo, sin mayor compañía que sus cuerdas, sus arneses y su propia fortaleza mental.

Su nombre es Alejandro Soto

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En 1998, Soto trabajaba en La Cumbre, un campamento cristiano para niños. Tres años antes, Alejandro había decidido enfrentarse a la adicción a las drogas que había dominado su vida desde los 10 años y que lo obligó, incluso, a pasar tiempo en las calles. En La Cumbre, Alejandro trabajó junto a un grupo de estadounidenses en la construcción de un canopy , lo que le permitió aprender de cuerdas y arneses. Un año más tarde pasó tres meses en Estados Unidos, donde recibió entrenamiento en el trabajo de altura. “Esos mismos gringos volvieron a San Gerardo de Dota a construir un gimnasio de escalada”, recuerda Alejandro, quien fue parte del montaje de la obra.

Durante las noches, los gringos lo invitaban a escalar; sus primeros pasos hacia arriba los dio en ese gimnasio para niños. Un día, sin embargo, sus compañeros viajaron a San José a buscar lugares donde escalar en roca; Alejo viajó con ellos. Bastó que sus manos tocaran la roca para saber que nunca más podría dejarla. “El psicólogo me ha dicho que yo soy de personalidad adictiva; yo soy adicto a la escalada”, cuenta Alejandro. Dice que la escalada es gasolina. La adrenalina es más fuerte que cualquier psicotrópico.

Los ascensos de Alejo no saben de fronteras. Si nunca dejó de escalar en el país, tampoco dejó de buscar destinos afuera. 2003, 2006, 2007, 2010. Estados Unidos y México. Después de viajar a México en el 2010, decidió tomar un descanso. Durante dos años se dedicó únicamente a su familia y a su trabajo –hoy trabaja para Línea Vertical, una empresa dedicada a la construcción y mantenimiento de canopies, propiedad de José Manuel Pizarro, escalador, jefe y amigo suyo de años; también es licenciado en recursos humanos–. Estuvo alejado de las paredes hasta que ya no pudo más: tenía en mente un proyecto grande y nada podía borrarlo de su cabeza.

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Steve Roper, un histórico escalador de Estados Unidos, dice: “El Valle de Yosemite casi me convierte en creyente. Solo un dios podría hacer algo así de hermoso”. La frase es parte de la película Valley Uprising, un documental que narra la historia de la escalada en Yosemite, el centro del universo de este deporte. Tres grandes paredes dominan el paisaje. El Monte Atkins y el Medio Domo son dos torres impresionantes de más de 600 y 400 metros de altura, respectivamente. Aunque impresionantes ambas, no hacen sombra al soberano del valle: El Capitán. Hasta mil metros de ascenso convierten a El Cap en uno de los mayores retos universales para la escalada.

“El Cap tiene más de 80 rutas y yo no tenía ni idea. Yo nada más quería subirlo”, cuenta Alejandro. Así comenzó un proceso de preparación física, mental y emocional; la gesta es uno de los mayores retos a los que puede enfrentarse un ser humano en el planeta.

El reto no era para menos. Ascender una gran pared –Big Wall– significa pasar más de un día colgando de la montaña; es una batalla constante entre la gravedad y la fortaleza y el ingenio humanos. Durante seis meses, Alejo se entrenó junto a Gino Negrini, otro gran escalador costarricense. El 2 de junio del 2013, ambos se pararon al pie de El Capitán; 5 días más tarde, se pararon en la cima. “No sabíamos a lo que íbamos: lo imaginábamos”, cuenta Alejandro. Antes de subir pasaron 7 días acampando en el lugar, siempre bajo la mirada atenta de El Cap. Dice Alejandro: “Cada vez que había que ir al súper, pasábamos frente a la montaña y pensaba: ‘Hijueputa, ¿será que yo de verdad me quiero subir?’”.

Una vez en la pared el miedo se disipó. La compenetración entre él y Negrini fue vital para evitar cualquier chasco. Ni siquiera importó que, durante el cuarto día, Alejandro resbalara y se quebrara un dedo que, dos años después, sigue hinchado.

Gracias a un sistema de poleas, pudieron subir con un bulto que pesaba 100 kilos: litros y litros de agua, ropa especial, la repisa horizontal y el sleeping bag para dormir a centenares de metros sobre el suelo, kit de primeros auxilios, equipo metálico e, incluso, un poop tube : la forma más portátil que se conozca de un inodoro. Dormir, comer, hacer sus necesidades: colgando siempre de la pared, cualquier actividad se convierte en un acto de trapecistas. Contra todo pronóstico, una vez que Soto y Negrini alcanzaron la cima, no hubo mayor celebración. “Nos sentamos en la cima, nos miramos y fue como mae, di, llegamos”, cuenta Alejo. Los primeros costarricenses en escalar El Capitán fueron, en ese momento, la personificación de la filosofía de Royal Robbins, uno de los pioneros de la escalada: “Llegar a la cima es nada; cómo llegás es todo”.

Las manos de Soto, teñidas de blanco por el magnesio que se utiliza para secar el sudor de las manos. | FOTO: GABRIELA TÉLLEZ
Las manos de Soto, teñidas de blanco por el magnesio que se utiliza para secar el sudor de las manos. | FOTO: GABRIELA TÉLLEZ
Soto no le teme a la altura; su mayor miedo es un ataque de abejas durante un ascenso.

Pese a la gran satisfacción de cumplir con aquel sueño, ya en la cabeza de Alejandro había una semilla nueva. Mientras se preparaban para subir la pared, conocieron a un escalador canadiense, Yann Camus, quien les contó que iba a subir solo, sin compañero. “Este mae es de acero, ¡yo quiero hacer lo que está haciendo él!”, recuerda Alejandro que pensó entonces. De camino al aeropuerto, de vuelta a Costa Rica, le confesó a Negrini sus intenciones: en dos años volvería a Yosemite para subir sin ayuda, sin otra compañía que él mismo.

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La complejidad de escalar una gran pared no se limita al esfuerzo físico ni al desafío psicológico. También implica un reto financiero complicado, sobre todo en un país en el que cualquier deporte que no sea el fútbol lleva, casi siempre, las de perder. La hazaña de Alejandro no empapela las portadas de los diarios ni atrae una lluvia de patrocinios, lo que dificulta su trabajo. Sí ha contado con el apoyo de varios pequeños empresarios y amigos que, aunque no pueden apoyarlo con grandes cantidades de dinero, ayudan con lo que tienen a mano.

Aziz Ftis y y Julio Arce fundaron el gimnasio Eskalar, en Pavas, hace tres años. Ellos mismos son escaladores, más actores que testigos del crecimiento que el deporte ha experimentado en los últimos años. “Los jóvenes buscan alternativas deportivas. En la escalada encuentran formas de desarrollar valores importantes: disciplina, resistencia, temple”, cuenta Ftis. El escalador conoce a Alejandro desde hace muchos años y ahora le permite entrenar sin costo en su gimnasio; Aziz también es parte de Uhuru Outdoors, una marca de ropa especial para realizar ascensos al aire libre. Alejandro también ha recibido el apoyo de Santé –una microempresa que produce barras de comida orgánica energética y libre de azúcar– y Escalante, proyecto del escalador Antonio Escalante, productor de equipo especial para el deporte.

Un escalador asciende a lo alto de la pared de basalto de Escalada Cachí.
Un escalador asciende a lo alto de la pared de basalto de Escalada Cachí.

Puede que no exista un mayor promotor de la escalada en Costa Rica que La Stone. Primero una página en Facebook, luego un sitio web, ahora una comunidad: es el puente entre quienes practican la escalada y quienes podrían llegar a hacerlo.

Fundado por Daniel Román –montañista– y Daniel Ramírez –escalador con 10 años de experiencia–, La Stone es uno de los medios de referencia de las actividades deportivas al aire libre y, sobre todo, de la escalada en roca. “La escalada permite que las personas se encuentren a sí mismas. Eso nos motiva, porque vemos a la gente feliz. Es nuestro pequeño aporte a la sociedad”, cuenta Ramírez quien, en el 2013, escaló 400 metros en Potrero Chico, México, pese a tener un tobillo torcido por un accidente en motocicleta que sufrió apenas una semana antes; no logró completar la ruta porque se le desmontó un brazo.

Ramírez asegura que la efervescencia por la escalada durante los últimos años en el país es notable, algo que desde La Stone han logrado comprobar gracias a la creciente asistencia a los festivales que organizan, como el Summer Fest realizado en Cachí.

Precisamente en Cachí es que la escalada en roca ha encontrado uno de sus mayores aliados: Vidal Quirós y su familia. Don Vidal es el dueño de Escalada Cachí, un negocio familiar de turismo y deporte de aventura. Hace ocho años, cuando don Vidal se dedicaba a la cría de ganado en su propiedad, recibió la visita de Anuar Hassan, un experto en cuerdas de Singapur, quien le pidió permiso para escalar la pared de basalto en la finca, visible desde la carretera principal que une Cachí con Tucurrique.

Desde entonces hasta ahora, Escalada Cachí se convirtió en una de los puntos más aptos para la práctica del deporte. “Muchos principiantes vienen y encuentran la pasión por el deporte aquí”, asegura Marilyn, hija de don Vidal y gerente de Escalada Cachí.

Está claro que las cosas han cambiado para bien desde que, entre 1950 y 1955, el Club de Montañeros de Costa Rica escalara por primera vez el Pico Blanco, en Escazú, el primer ascenso en roca registrado en el país.

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El deporte de la escalada ha permanecido en constante ebullición y evolución desde siempre.

Los primeros registros de su existencia datan del año 400 A. C., en China, donde algunas pinturas muestran a hombres escalando grandes rocas, lo que prueba lo que sabemos: que a la humanidad nunca le han gustado los límites. “La escalada es como la vida: un reto contra uno mismo. Los conformistas no lo van a lograr”, opina Aziz Ftis.

El Valle de Yosemite ha servido como semillero de algunos de los mayores talentos a nivel universal; es allí donde se rompen marcas, donde la especie evoluciona colgada de una pared. El más reciente desafío a la gravedad y al vértigo es la técnica de free solo , es decir, escalar sin equipo ni cuerdas ni nada: un error significa la muerte. El pionero de este estilo fue John Bachar, quien comenzó a escalar sin equipo a finales del siglo pasado y se convirtió en una celebridad. Su estilo era criticado por muchos colegas, quienes lo consideraban un suicida. Un muchacho en Sacramento, California, no lo pensaba así: veía en Bachar un maestro y, sobre todo, un reto: alguien a quien vencer.

Alex Honnold es, hoy, uno de los dos o tres referentes absolutos de la escalada en el mundo. Su voracidad por atacar rutas largas, altas y complicadas en el menor tiempo posible lo ha impulsado a vencer obstáculos que la humanidad consideraba infranqueables. Año tras año, Honnold colecciona récords de velocidad en paredes que otros no pueden subir ni con equipo. “Si tengo un don particular, es uno mental”, escribió Honnold una vez en el New York Times. “La habilidad de no enloquecer donde otros sí”.

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Ocho días después de ver a Alejandro subir la pared de Cachí una y otra vez durante el festival de La Stone, regresé a la finca de don Vidal dispuesto a hacer mi propio intento de desafiar a la gravedad y al vértigo. Arneses a la cadera, magnesio en las manos –mantiene secas las palmas y permite mayor tracción sobre la superficie rocosa– y sudor en la frente. Las piernas del principiante se mueven temerosas a medida que el suelo va quedando cada vez más lejos; encontrar una rendija o un boquete es como encontrar oxígeno bajo el mar: por unos segundos, hay vida.

Durante el ascenso –mi primer ascenso, pero no el último–, a la piedra se le pellizca en busca de respuestas; mis preguntas son las mismas que se hacen Alex Honnold y Alejandro Soto en sus momentos de duda: ¿por qué estoy haciendo esto?, ¿cómo voy a salir de aquí?, ¿de verdad quiero subir esta pared? Mis uñas no logran aferrarse a la verticalidad y resbalo, caigo al suelo (la cuerda amortigua la caída: no hay mayor daño) con un vacío en el estómago. Respiro hondo. Lo intento de nuevo. La ruta de principiantes de Escalada Cachí se convierte en mi ballena blanca.

Resbalo un par de veces más y, en cada caída, imagino el riesgo de los free soloers, como Honnold y John Bachar, expuestos a caídas fatales. El riesgo es real: Bachar falleció en el 2009 como consecuencia de una caída durante una escalada sin cuerdas, en California.

La organización Cristo para la ciudad promo d promotrma de prevencd pronción. | FOTO: XXXXXXXXXXX
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“El Capitán es lo más grande que he hecho en mi vida. Pienso volver, cada dos años, hasta que ya no me den las fuerzas para subir” - Alejandro Soto, escalador costarricense.

Durante los primeros días de junio, Alejandro Soto –uno de los mejores escaladores de este país– escalará El Capitán a lo alto de la ruta Zodiac. A diferencia de Honnold y Bachar, Alejo subirá sujeto a cuerdas. No que esto implique que lo suyo sea un esfuerzo libre de riesgos. “Andy Kirkpatrick, uno de los mejores escaladores en solitario que ha existido, escribió un libro que se llama Me, myself and I”, recuerda Alejo. “En él, dice que la gente que hacemos solitario con cuerdas nos exponemos a un peligro mayor que quienes suben sin cuerdas”.

Asegura Kirkpatrick que, salvo por algunas excepciones (como Honnold), el free soloer entiende, desde el principio, su límite; sabe que no puede sobrepasarlo porque del otro lado le espera la muerte. En cambio, los escaladores que practican la técnica de solitario con cuerdas, como el propio Alejandro, se valen de su equipo para desestimar los límites, ignorando –por elección– que cualquier error, cualquier exceso de confianza, puede significar el resbalón final.