Los cuidadores se vuelven sombra de quien cuidan, agobiados por la soledad y el estrés. Para afrontar esto, ahora ellos cuentan con grupos de ayuda en donde les dan aliento y los escuchan.

Por: Alonso Mata Blanco 27 julio, 2014
Andrea Blanco toma un respiro en el cuido de sus padres Belén y Celín. Con ella su hijo Dylan Flores. | FOTO: RAFAEL MURILLO.
Andrea Blanco toma un respiro en el cuido de sus padres Belén y Celín. Con ella su hijo Dylan Flores. | FOTO: RAFAEL MURILLO.

Sus poderes son su condena: superpaciencia, cariño desmedido y la facilidad de dejar todo de lado –incluso sueños y amigos– para brindar atención y ayuda a quien lo necesite.

Estos superhéroes no gozan de reconocimiento. Su labor es invisible.

Probablemente usted conoce a alguno, a lo mejor hay uno en su propia familia.

La misión que ellos han asumido, a veces por voluntad propia, a veces porque no tienen alternativa, es la de cuidar a otros.

Andrea Blanco tiene 35 años y desde los 15 cuida a su padre y a su madre, ambos tumbados en una cama a causa de derrames cerebrales e infartos. Tiene dos hermanos, pero ellos, una vez que las cosas se complicaron, construyeron sus propias familias y se marcharon.

“Lo más difícil es que uno deja la vida que tiene, los amigos, el trabajo, se queda solo y sin plata”, cuenta.

Silvia Elizondo tiene 71 años, y cuidó a sus padres hasta que fallecieron. Ahora tiene a cargo a su esposo, quien padece demencia vascular. Ella reconoce que la labor del cuidador es solitaria.

“Algunos se creen muy cargas porque dan efectivo, pero se les olvida lo afectivo” dice, refiriéndose a quienes aportan dinero pero no tiempo para atender a un enfermo.

Alejandra Chinchilla tiene 25 años y debió suspender sus estudios universitarios para cuidar a su abuela, de 85 años, y que ha sufrido dos derrames.

“Hay gente de mi edad que me ve raro, que no entiende por qué hago esto; es muy desgastante, pero lo hago por mi abuela que es casi como mi madre”.

Cada expresión es un desahogo, una forma de compartir, de no sentirse solos. Al tanto de esta necesidad surgió la Asociación de Cuidadores de Personas Adultas Mayores (Asocupam), de la que Andrea, Silvia y Alejandra forman parte.

El objetivo de Asocupam es brindar un espacio de expresión y apoyo a los cuidadores, para que su labor deje de ser invisible y no se considere una condena. Para que todos sepan, en especial ellos mismos, que su entrega los hace superhéroes.

“Los cuidadores no tienen tiempo para ellos mismos, ni siquiera para dormir; además desarrollan un dependencia con la persona que cuidan, se vuelve una relación adictiva y enfermiza”, explica la trabajadora social", Eugenia Fajardo, trabajadora social.

“No es solo venir a llorar, se refuerza lo positivo. La gente cuenta cómo logró salir de una crisis, cómo negocian con la familia, cómo lidian con el sentimiento de aislamiento y la falta de apoyo”, menciona la trabajadora social del Hospital Nacional de Geriatría Raúl Blanco Cervantes, Ana Eugenia Fajardo, una de las impulsoras de la iniciativa.

Apoyo

Asocupam tuvo su primera reunión el 17 de julio, mas sus miembros se reúnen desde abril del 2013, en el marco del plan de proyección comunal del centro médico.

En esos encuentros los participantes se dieron cuenta de que todos compartían los mismos males, y que estos eran producto del síndrome de cuidador quemado .

Dicho trastorno se caracteriza por el agotamiento físico y emocional generado por el trabajo de cuido, el cual consume tiempo y energía. Se manifiesta en cuadros de estrés, depresiones, aislamiento social, y problemas derivados del descuido de la salud: obesidad y colesterol alto a causa de mala alimentación y sedentarismo; y agudización de males crónicos, pues el cuidador olvida tomar sus medicamentos o asistir a citas médica, por ejemplo.

“Los cuidadores no tienen tiempo para ellos mismos, ni siquiera para dormir; además desarrollan un dependencia con la persona que cuidan, se vuelve una relación adictiva y enfermiza”, explica la trabajadora social.

Como parte de este síndrome, los cuidadores afrontan sentimientos de cul pa, creen que cualquier tiempo de descanso u ocio es un acto egoísta y que nadie excepto ellos pueden atender a la persona enferma.

“Hablamos de personas fácilmente manipulables, los que no quieren hacerse responsables llegan y les dicen: ‘Es que usted lo hace tan bien, es que mamá solo con vos se queda tranquila, solo vos sabes manejar a papá’; y son por lo general muy atentas y serviciales, entonces se abusan de ellos”, comentó Fajardo.

En el grupo de apoyo se procura hacer entender a los cuidadores que deben pensar en ellos mismos, se les enseña a decir ‘no’, y a negociar con otros familiares para que también asuman responsabilidades.

Asocupam tiene como proyecto dotar de un carné a sus asociados para que les den privilegios en las oficinas públicas; por ejemplo que les permitan pasar a la ventanilla preferencial en las instituciones y bancos (por lo general, ellos dejan solos a quienes cuidan para hacer los trámites de pagos). También tiene el plan de brindar un servicio de asesoría legal, ya que cuando los cuidadores son acusados de negligencia no tienen cómo defenderse.

Cuestión de género

Lo más común es que la labor de cuido recaiga en el género femenino. El ejemplo más claro está en la propia Asocupam, conformada por 54 mujeres y solo siete hombres. La explicación radica en la construcción de género de la sociedad patriarcal, en la que a ellas se les asignan funciones vinculadas al hogar y a la atención de los más vulnerables, mientras que a los varones se les da el mandato de proveer y proteger.

Shara Ríos, junto a su hija Alejandra Chinchilla, cuida a su madre Gladys Peralta | FOTO: RAFAEL MURILLO.
Shara Ríos, junto a su hija Alejandra Chinchilla, cuida a su madre Gladys Peralta | FOTO: RAFAEL MURILLO.
En el grupo de apoyo se procura hacer entender a los cuidadores que deben pensar en ellos mismos, se les enseña a decir ‘no’, y a negociar con otros familiares para que también asuman responsabilidades.

A veces hay excepciones, como el caso de Luis Blanco, de 52 años. Él vivió en Nueva York por 25 años, regresó hace tres a su tierra natal, San Marcos de Tarrazú, porque le dijeron que su padre agonizaba. Luego de que este falleció se quedó acá para atender a su madre.

“Recuerdo que empecé entusiasmado, feliz de estar con mamá: limpiar, barrer, comprar comida y darle las pastillas, pero pasa el tiempo y uno se olvida de uno, se convierte en la sombra de esa persona, se queda sin amistades, como que se renuncia a la vida de uno”, narra Luis.

Otro problema que afronta es la falta de dinero: como no puede trabajar de forma remunerada por limitaciones de tiempo, depende de la pensión de su madre que es de ¢90.000 al mes.

Las congojas económicas son un denominador común que tienen los cuidadores. Ellos no tienen ingresos, y muchas veces sus familiares no colaboran ni para pagar el taxi en el que trasladan al enfermo al hospital. No obstante, la trabajadora social Ana Eugenia Fajardo recalcó que el agobio de los cuidadores se da en todas las clases socioeconómicas, aunque a veces se evidencian paradojas.

“Hay gente muy adinerada que abandona de forma terrible a sus familiares.... Y gente de precario, vendedores de culantro del mercado Borbón, que los cuidan con gran cariño y una gran dedicación, pese a no tener las condiciones”, detalló.

Sonrisas

Paso a paso y con la ayuda que reciben de Asocupam, los cuidadores van retomando sus vidas, planteándose proyectos y tratando de surgir como personas individuales, sin culpas.

Alejandra Chinchilla, la muchacha que cuida a su abuela de 85 años, retomó sus estudios y cursa Administración de Servicios de Salud en la Universidad Estatal a Distancia (UNED), una carrera que la empezó a cautivar a propósito de su trabajo como cuidadora.

Ella se siente orgullosa de su labor de cuido e incluso dice que el día en que su abuela ya no esté, no dudará en darle atención a otra persona necesitada.

Luis Blanco, por su parte, se matriculó en el Instituto Nacional de Aprendizaje y se ha vuelto un líder de los cuidadores en San Marcos de Tarrazú; él les informa acerca de sus derechos y de la necesidad que tienen de recuperar sus vidas.

Silvia Elizondo, la adulta mayor de 71 años que vela por su esposo, fue nombrada presidenta de Asocupam, por lo que maneja con orden y entusiasmo los asuntos de la asociación.

Para Fajardo, esto es un gran paso, mas enfatiza que se requiere de un mayor compromiso del Estado para atender a la población adulta mayor, y alega que no se puede recargar todo a la familia. Lo dice con el argumento del envejecimiento poblacional que experimenta el país a causa de la transición demográfica.

Los estudios más recientes del Instituto Nacional de Estadística y Censos lo confirman: para el 2011 , los menores de 15 años representaban el 24,8% de la población total del país; mientras que las personas adultas mayores, el 7,3%. Esos porcentajes eran de 31,9% y 5,6% en el 2000, respectivamente.

Los datos nos lo advierten: cada vez tenemos más opciones de llegar a ser ancianos, ¿quién nos va a cuidar a nosotros?, ¿habrá suficientes superhéroes?