Mientras en Brasil empezaba el Mundial, delincuentes y sospechosos jugaban la final del torneo interno en la hacinada cárcel de San Sebastián. Así lo vimos en ‘palco’

Por: Álvaro Murillo 22 junio, 2014
Scooby, Mostro y Cachorro son parte del equipo de los Chacales, campeones del torneo.
Scooby, Mostro y Cachorro son parte del equipo de los Chacales, campeones del torneo.

Los custodios carcelarios abren los portones para que el trío arbitral entre a la cancha-jaula de cemento donde hay unos 100 reos. Algunos hacen con su mano el gesto de quien dispara y empiezan a gritar “¡pa-pa-pa-pa-pa-pa!” como suenan las balaceras que han mandado a la cárcel a muchos de los que hoy viernes están por jugar o por presenciar la final del campeonato de futbolsala de la cárcel de San Sebastián. El portero, Mostro , salta con nervios y el delantero rival, Combate , solo mira callado.

En Brasil está por comenzar el Mundial de Fútbol y aquí en San José hay unos reos queriendo intimidar a los árbitros por diversión o para favorecer a alguno de los dos cuadros. Se enfrentan “los chacales” contra unos rivales que no tienen nombre ni entrenador ni a Carpio, el mejor de todos. Unos son los del recinto B3 y los otros del A2, especie de alamedas en este gran barrio construido para 645 personas y atiborrado con 1044. Partiendo que los ámbito C son los del régimen de confianza, es de suponer que estos finalistas futbolistas son los de desconfianza. “De contención”, les llaman en el sistema carcelario con un lenguaje parecido al usan en el fútbol.

El sol pica en San José a las 10 de la mañana, hora en que Brasil abre su Mundial. Los finalistas de San Sebastián calientan y calientan descamisados a la hora en que Pitbull salta en pantaloncitos blancos en el acto de la FIFA. Aquí los organizadores del campeonato se llaman con el eufemismo de Adaptación Social y los deportistas son delincuentes probados algunos o sospechosos otros. No se sabe cuáles son cuáles, ni importa demasiado en el quicio de la final. Mostro , por ejemplo, queda libre en agosto y quizá vuelva a ser identificado como Róger Lagos. Aquí dicen que es hermano de Cristian Lagos, el exgoleador del Saprissa. A Combate lo condenaron hace menos de 24 horas: 17 años de cárcel por homicidio.

Esta, la mejenga, es parte de la terapia para que los nervios no maten a los reclusos. Otros días cantan y otros días cocinan, pero este viernes juegan la final de fútbol y dicen que es una coincidencia haberlo hecho a la misma hora de la inauguración en Brasil. Da igual, aquí el mundo es distinto y lo único de nivel mundialista es el exárbitro Berny Ulloa, invitado.

Los campeones celebran el pitazo final. Después comerán hamburguesa y volverán a sus celdas.
Los campeones celebran el pitazo final. Después comerán hamburguesa y volverán a sus celdas.

El hombre que obligó a Maradona a recomponer la banderilla en un córner en México 86 hace el saque de honor y ¡mejenga, mejenga! En el público, todos internos, ya hay ansiedad y frotándose las manos ruegan que comience la “furiosa”. Pues eso, una “furiosa” es una mejenga bien brava, “a lo suicida y ojalá apostadita”, aunque hoy no parece haber dinero de por medio. Lo de hoy es todo oficial, con retrato del equipo, charla rápida con los árbitros y el respectivo grito de ánimo. “¡Chacales, chacales!”, gritan los compas de Mostro , pero el equipo de Combate apenas se medio arma. Mejor digamos que se medio organiza.

Los fichajes

Los Chacales visten con uniforme del Real Madrid en el campo y con uniforme del Barcelona los dos porteros, incluido Mostro , titular indiscutible. Sus compañeros se llaman Cachorro, Chacal, Scooby , Jeremy (el goleador), Calabazo, Alí y Notis , todos bajo la dirección de Saúl, a quien también llaman Pelón , y que quedó a cargo del equipo desde que a Luis Chacal se lo llevaron a la cárcel de Cartago. Mostro apenas calienta y ya los raspones le sacaron sangre en las piernas. Se lanza como si en cada pelota se le fuera la vida, se frota las manos y sonríe con los dientes que le quedan, moviéndose con los brazos abiertos como los simios. Y la “furiosa” aún no comienza.

El equipo de Combate es menos entusiasta. El portero se llama Mauricio, un colombiano de la costa ‘pacífica’ condenado por tráfico de drogas y reconocido aquí como el mejor portero. Es negro y alto; le cuestan los balones rasos y tiene una pata derecha fortísima para el remate de lejos. Además están Rudy, Arango, Daniel, Naveya, Tito, Gallo, y Chía . Van vestidos de verde y blanco y la mayoría calza modernos zapatos de fútbol cuyo origen no pregunté por perecilla.

Parte del ‘público’ quema fiebre en el intermedio del juego. El fútbol es una de manera de reducir la tensión interna.
Parte del ‘público’ quema fiebre en el intermedio del juego. El fútbol es una de manera de reducir la tensión interna.

Un par de fotos más para que comience el partido. Uno de los verdes evade una cámara y el resto se ríe. “Te tienen en todos los archivos del OIJ y no vas a querer salir en una foto aquí” y gozan todos, menos Combate que parece no saber reírse. Tiene 22 años, es alto, blanco, de musculatura definida, con corte de pelo a la moda y sin un solo tatuaje a la vista. Es un reo raro aquí. Me parece que lo he visto en el periódico de hoy. Después lo vi jugando y sí, es particular: tiene un fútbol educado y destemplado, no pasa pidiéndola y es elegante para caer. Es un Zidane, es el antónimo de Mostro , el aparatoso.

Vamos a ‘la furiosa’

Y comienza. Los Chacales tienen mucho más equipo y Jeremy es realmente un prodigio. Sabe llevar la pelota pegada al pie y su remate es un martillazo. El portero colombiano se ve lento y sus compañeros también. Naveya con sus piernas fuertes de elefante y Combate con su fineza intentan responder. A veces logran rematar al arco de Mostro , pero este se revuelca como un perro de pelea y de alguna manera evita que le anoten. Se lanza como un demonio y veo que en cualquier momento pierde un diente más. Coge la bola con sus brazos llenos de tatuajes y la lanza adonde sea.

Uno de esos saques acaba allá cerca de la casetilla de vigilancia. Es inevitable levantar la mirada siguiendo la pelota y pensar que en cualquier momento se puede dar a la fuga. Aquí hay casi 100 reos en una cancha-jaula y allá, del otro lado del muro, hay un mundo donde la gente también se encierra, con la diferencia ahí de que el encerrado y el portador de la llave del portón suelen ser el misma persona.

La bola cae de este lado y la mejenga sigue. Un pepino, dos, tres. Cinco pepinos y un seguidor de los Chacales propone una solución a la usanza de la Justicia: “¡aceptamos abreviado!”.

La posibilidad de una condena mayor siempre es real para estos que hoy se baten a patadas o para quienes los aplauden y chotean. Una condena pequeña es una buena noticia para muchos que se la han pasado entrando y saliendo de la cárcel, convirtiendo la palabra “ámbito B2”, por ejemplo, en un sinónimo de “hogar”.

– Esta es mi familia, ¿ya?- asegura Mostro , poniéndose el brazo tatuado y raspado en el pecho, justo sobre el escudo del Barcelona FC.

– ¿Es cierto que usted es hermano de Cristian Lagos, el goleador?

– Sí, sí, lo que pasa es que mi hermanillo habla muy #%”$&#% (Es falso, en realidad son primos).

– ¿Hace cuánto no lo ve?

– Ya hace años, en una mejenga en la zona sur (dice Cristian Lagos que no tienen relación cercana).

– ¿Ahí se va a ir ahora que salga libre?

– Sí, sí, a trabajar en el campo, en una finca que tiene mi tata en Ciudad Cortés con arroz y maíz.

– ¿Y sus hijos?

– Sí, tengo dos que viven en Tirrases, pero diay, yo tengo que ir a bretear.

– ¿Y por qué está aquí?

– Cometí un error por la droga, el bazuco. Un robo agravado y me clavaron 60 meses.

– ¿Y esos tatuajes por qué?

– ¿Ah? Diay, de todo. Tengo al Che Guevara, un puñal, cruces, el nombre de un compita que murió, los nombres de mis hijos. Esto –muestra el abdomen– es de una vez que me metieron un punzón en La Reforma y me tuvieron que drenar y me quedó esta cicatriz.

Después del partido los jugadores de ambos equipos departieron un rato más.
Después del partido los jugadores de ambos equipos departieron un rato más.

Es una cicatriz larga y profunda, como para anidar un espárrago, pero acá no impresiona. Al lado, hacia la cadera, tiene tatuada también una pistola como si la llevara prensada con la pretina de un pantalón imaginario. Casi todos tienen la piel documentada, menos Combate . Es un buen apodo para Jorge Andrés, que cumple su primera aventura carcelaria. Acá vino a parar desde febrero del 2013, cuando le dictaron preventiva como sospechoso de asesinar al coreógrafo José Andrés Murillo, en Heredia. Ante los jueces alegaba que su víctima lo acosaba sexualmente, pero no pudo probarlo y aquí está hoy jugando la final del campeonato interno en la cárcel de San Sebas. No sonríe, no pelea, no se queja por las patadas ni reclama a sus compañeros. Parece que no está.

Alguien del público dicta su sentencia: “A ese mae le falta sangre. Solo tuvo sangre para matar al cabro” (los jueces dijeron que el crimen fue “cruel y atroz”). Creo que Combate lo oyó, pero ya sabemos que no reacciona. Parece que tiene algún sensor desconectado para adaptarse a este pueblo de delincuentes, sospechosos que conviven con custodios ataviados con radiocomunicadores y llaves. Aquí no hay entrenamientos con alto rendimiento con el Carmelita.

Solo queda meter duro la pata y tratar de empatar esta mejenga. ¡Qué va empatar! Ya estamos 7-0 y apenas vamos por la mitad del partido. Una parte del público quiere que acabe ya para aprovechar y mejenguear un ratico antes de volver a las celdas. Esto para ellos es libertad. Juegan, vacilan, comen hamburguesa, papas fritas y refrescos. Uno de ellos me ofrece dinero por mi celular y no parece estar bromeando. Yo tartamudeo y vuelvo a la mejenga. Ya le metieron dos goles a Mostro , pero igual sigue revolcándose como si fuera su última jugada.

El árbitro pita el final de la final y Mostro salta como Pitbull tratado de cantar. Abraza a los compañeros y les deja manchitas de sangre. Saltan. Saltan. Saltan. Está feliz de ser campeón por última vez en la cárcel. El 26 de agosto podrá caminar por ahí por donde cae la pelota cuando la revientan.

Combate , en cambio se sienta en una banca descamisado, con el torso invicto y la cara derrotada. Parece consciente de que tendrá oportunidad de revancha en el próximo campeonato. Y en el próximo. Y en el próximo.