Por: Dario Chinchilla U. 23 marzo, 2015

Francisco Coto tuvo un ojo prístino cuando todo en el país fue polvareda. Sin ser fotoperiodista, su lente artístico fue el que mejor documentó aquellos meses en los que el volcán Irazú nos publicó sus entrañas.

Caminante durante lluvia de ceniza en San José, marzo, 1963.
Caminante durante lluvia de ceniza en San José, marzo, 1963.

Él fue fotógrafo de estudio, pero la calle lo llamaba. "Yo salía mucho, y mi idea era inmortalizar el asunto: era algo único", revela Coto, quien hoy tiene 90 años, pero cuando empezaron las erupciones tenía 40. Recuerda muy bien a la gente cubriéndose en la calle como si lo que lloviese fuera agua. También rememora sus incursiones para retratar el Irazú, caminando sobre ese polvo con vocación de arenas movedizas.

Su hijo y colega, Alberto Coto, destaca sobre su trabajo: "En un evento histórico tan importante como fueron las erupciones del Irazú, la naturaleza y la cotidianidad del tico se entrelazaron, y le presentaron una oportunidad irrepetible a don Francisco, quien con sus cámaras de mediano y gran formato –y su ojo privilegiado– logró crear icónicas imágenes de una elocuencia y fuerza visual indiscutibles".

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