Tres agrupaciones y 400 personas ascendieron a Las Nubes de Coronado el primer domingo de abril de 1971, para un festival que sembró memorias de una época en la que la música rock apenas se abría camino dentro de la cultura costarricense. 45 años después del concierto organizado entre amigos, el espíritu roquero todavía vive en ellos.

Por: Alessandro Solís Lerici 10 abril, 2016
La artista plástica Zulay Soto celebró los 45 años del festival en Las Nubes de la única forma aceptable: bailando. Nina Cordero.
La artista plástica Zulay Soto celebró los 45 años del festival en Las Nubes de la única forma aceptable: bailando. Nina Cordero.

El maremoto de la música rock tuvo réplicas en todo el planeta: una vez que los roqueros y melómanos de otros países supieron de lo que había pasado en el festival Woodstock (Estados Unidos, 1969), todos querían que se hicieran actividades afines en sus cercanías. Pronto, a Costa Rica también le entraría la fiebre por un festival en el que el público pudiese disfrutar –en directo y en combo– el ritmo de moda de aquella época.

“Nosotros sabíamos de Woodstock, por supuesto. ¡Nosotros deseábamos ir a Woodstock! Si yo hubiera podido hubiera ido a pie”, recuerda Zulay Soto, artista plástica y –podría decirse– la primera dama del rock en Costa Rica. Antes de darse a conocer como artista, Zulay ya se perdía en los ritmos y las melodías de Elvis Presley, Little Richard y Bill Haley; se perdía bailando, y meneando el cuerpo también se encontró a sí misma.

¿Por qué la primera dama del rock en Costa Rica? Porque su gusto por el rock llevó a Zulay a relacionarse directamente con varios de los músicos de entonces en el país, a quienes conoció luego de bailar las canciones prestadas que con el público compartían en recintos de la ciudad. Con el tiempo, Zulay dio su aporte al rock organizando sus conciertos (entre ellos un festival que podría recordarse como el “Woodstock tico”) y eventualmente incorporando esa melomanía a su singular expresión artística.

¿“Woodstock tico”, dijo? Sí. Si bien antes del concierto en Las Nubes de Coronado (organizado por Soto y unas amistades, y celebrado el 4 de abril de 1971; es decir, esta semana hace 45 años) hubo iniciativas para congregar a los grupos de rock de esos años, nunca una tan importante como este festival, realizado en medio de la naturaleza, al aire libre (¡sin toldos siquiera!) y con cientas de personas que incluso llegaron caminando a la remota finca, seducidas solo por el rock .

Fue, en efecto, el Woodstock tico, a la escala de Costa Rica, tanto de público como de talento sobre el escenario. Y no pocos todavía recuerdan el domingo aquel en el que se sentaron en el césped a escuchar lo que decían esas guitarras que interpretaban melodías revolucionarias.

ROCK en lo alto

El lunes 5 de abril de 1971, en la página 6, La Nación informó que el día anterior se había celebrado en Coronado el “primer festival de música rock al aire libre”, en un artículo con imágenes en las que se podía ver a algunas de las aproximadamente 400 personas que el diario estimó que visitaron la actividad. Ese día, el concierto también apareció en la tapa del periódico, algo inédito entonces.

Si bien La Nación aseguró que había tres grupos anunciados en el cartel y que solo se presentaron dos, Zulay Soto no está tan segura: al menos lo que ella recuerda es que las tres bandas invitadas (Apple's Band, Blood Intersection y Reflexiones) sí lograron presentarse.

Una tarima de madera al frente de una cuesta fue el anfiteatro natural en el que se celebró el festival. | ARCHIVO.
Una tarima de madera al frente de una cuesta fue el anfiteatro natural en el que se celebró el festival. | ARCHIVO.

La música empezó a las 11 a. m. y terminó a las 7 p. m., y durante esa jornada de ocho horas no sonó una sola canción original: no se estilaba que los músicos tocaran canciones que no fueran las conocidas por el público, y el público solo quería escuchar el rock anglosajón que pasaban todo el día en la radio.

Lo recordaba en diciembre de ese mismo año Álvaro Fernández, columnista de rock de La Nación y a la postre músico (publicó su excelente disco Compadre en 1976), quien en una columna que escribió a los 16 años dijo: “Sobre la música joven popular en Costa Rica, es bien poco lo que se puede decir. En verdad, aún no podemos hablar de nuestra música como algo definido ni como un movimiento con sentido y dirección. Es algo bien amorfo, sin características propias”.

Para Fernández, el rock tico de los 70 era amorfo en el tanto solo había “tres o cuatro” conjuntos buenos, y prácticamente todos se enfocaban en hacer covers . No obstante, en esa columna (titulada Y al principio hubo música y publicada el 28 de diciembre de 1971), Fernández celebraba el fin de un año que marcó el comienzo de una prolífica historia en el rock tico. A su parecer, entre los factores que ayudaban a formar camino estaba –además del apoyo de la prensa– la realización de “al menos diez conciertos” de rock durante 1971, en cuenta el de Las Nubes de Coronado.

Fernández destacó el festival de Las Nubes como uno de los pocos conciertos de rock bien organizados ese año, a diferencia de –en sus palabras– “la fila interminable de conciertos muy malos, hechos con el único y exclusivo propósito de ganar dinero fácil, sin tener el más mínimo soplo de ética o buen gusto”. Como organizadora, Soto recordó que el dinero que hicieron con ese festival apenas alcanzó para pagarle a los músicos involucrados.

La finca en la que se celebró el evento era de su amigo Arturo Robles y el equipo de amplificación era propiedad de los grupos participantes. Se trató de una labor participativa y comunitaria en la que todos aportaron algo para hacer la actividad posible.

“Construimos una tarima de madera y aquello era como un escenario natural porque había una bajada al frente, entonces la gente llegó y se sentó y vio”, contó Soto.

“Los conjuntos eran de chiquillos ricos, de las mejores familias de San José, que amaban el rock y los dejaban en la casa tener su buen equipo, entonces se llevaban todo y más bien se les pagaba cualquier cosa. Nosotros no ganábamos nada; solo para pagarles a ellos. Y llegaban felices de la vida; si hubieran podido ni nos cobran porque eran fiebres y tenían el escenario perfecto y la gente y la naturaleza”, agregó Zulay.

Romería de roqueros

Mientras los documentales de Woodstock muestran las calles neoyorquinas atiborradas de carros que buscaban llegar al concierto, los recuerdos del festival de Las Nubes de Coronado son de cientos de peatones que hicieron una peregrinación hasta las montañas en las que se celebró la actividad; algunos llegaron en bus a Coronado y de ahí comenzaron a caminar, pues no había otra forma de llegar sin carro.

Ludwig Cano, quien entonces era integrante del grupo Apple’s Band, todavía se ríe cuando recuerda ese “espectáculo” por parte del público: una clara muestra de la fidelidad roquera. “No se me borra la imagen de cuando íbamos en el carro y vimos a la gente a pie como cuando van a Cartago, pero iban para Las Nubes de Coronado. ¡Lindísimo!”, dijo.

Ludwig también rememora que mucha gente se empezó a meter a la finca sin haber comprado su boleto, pues el lugar era tan grande y la asistencia tan inesperada que los organizadores no lograron controlar la afluencia de público que no pagó su entrada.

Nadie se quedó sin bailar durante la actividad en la que se celebraron los 45 años desde el festival. | NINA CORDERO.
Nadie se quedó sin bailar durante la actividad en la que se celebraron los 45 años desde el festival. | NINA CORDERO.

“No teníamos canciones originales”, admite Cano. “En ese tiempo lo original costaba mucho porque como estaba de moda el rock que venía de afuera, entonces había que tocar eso de la mejor manera. En ese tiempo había que tocar muy buen rock porque la gente tenía mucha expectativa de esos grupos”.

Para Ludwig y sus amigos, los covers se convirtieron en una tradición. El músico actualmente lidera otra banda que repasa el repertorio de terceros, llamada Zona Púrpura, y doña Zulay los va a ver tocar cada vez que puede.

Pero esos recuerdos son parte esencial de la relación de Zulay con el rock . Por eso no desdibujó su sonrisa ni por un segundo cuando me contó todo lo que recordaba del festival del 71. “Ay, me acuerdo de todo mundo vestido con ponchos, pelo largo y sandalias. Fijo decían que éramos hippies . Pero no llegó la policía. En ese tiempo ya se fumaba (marihuana), entonces para que la gente no se diera cuenta de que fumaban había gente que hacía brownies , entonces pasaban galleticas”, recordó, entre risas.

Después del festival de Las Nubes, en el lugar no se organizó ninguna otra actividad musical. Por su parte, Zulay no volvió a realizar conciertos, porque después se fue a estudiar al extranjero y cuando regresó fue para asumir la dirección del Museo de Arte.

Sin embargo, su papel como productora de conciertos de rock no empezó en Las Nubes: en 1970, Soto organizó una seguidilla de recitales en la Galería Amighetti, pero el ciclo cesó porque el dinero no alcanzaba (“cobrábamos como cinco pesos por concierto”). De hecho, cuando Arturo Robles (dueño de la finca en Coronado) se dio cuenta de que ya no iba a haber más conciertos ahí, le propuso a Zulay que él ponía la finca para hacer un festival. Luis Vieto fue el tercer organizador.

45 años después...

Hace una semana, el domingo 3 de abril, Zulay Soto convocó a sus amigos al Taller del Artista, en Tres Ríos, para celebrar los 45 años desde aquel festival que nunca se escapa de su memoria. Zona Púrpura, la actual banda de Ludwig Cano, ofreció un concierto en el que repasó clásicos de los años 60 y 70, y un montón de adultos se mandaron a pista para recordar bailando la música que hace años les cambió la vida.

No se trataba del ejercicio de revivir un recuerdo lejano, pues los reflejos de todos todavía están bien entrenados para responder al rock . Ese día, otra vez, Zulay se perdió y se encontró bailando rock . “El espíritu roquero no muere”, comentó al día siguiente, como si su sola existencia no fuera testamento de ello.

Que una pieza de Led Zeppelin, que algo de los Beatles, que una sudada al ritmo de Steppenwolf; el cumpleaños del festival de Las Nubes era como que estuvieran tocando toda la parrilla de programación de Radio Dos... en vivo.

Después del concierto, Zulay se quedó con sus amigos escuchando más piezas legendarias, hasta que eran las 10 p. m. y se dieron cuenta de que llevaban todo el día escuchando rock fuera de casa. “Yo en el rock he encontrado amigos del alma y nos queremos un montón; y he encontrado canciones que las oigo y me quiero morir”, dijo.

En los 70 no podían bailar solas, pero hace una semana muchas señoras bailaron sin necesidad de que las acompañase un hombre. Y bailaron cada canción como si fuera la última tonada en el mundo.

Yo nací en 1989 y coseché una relación íntima con la música a partir de lo que me enseñó mi padre, pero nunca antes había conocido a una persona mayor de 60 años que amara tanto el rock como doña Zulay y sus amigos.

Al día siguiente, cuando hablé con ella en su casa, mientras sus nietos pasaban disfrazados de Super Mario y Capitán América y nos robaban la atención, entendí que el contexto en el que Soto se desarrolló se distanció de la norma de la época: sus padres no le prohibieron escuchar rock , y siempre aceptaron sus gustos “diferentes”.

Esto es evidente con una anécdota caricaturesca: una vez estaba Zulay escuchando el disco que en 1968 sacaron John Lennon y Yoko Ono, cuando su padre entró a su cuarto con una escoba y le dijo: “¿Cómo se le ocurre, Zulay? No ve que en la cama tiene un pleito de gatos. ¡Déjeme sacarlos! ¿No le molestan?”, pues –en efecto– el disco sonaba como una riña felina. “Me reí mucho”, recuerda la artista. “No, papi; es que esta música es así”, le dijo. Y nadie la obligó a no escucharla.

De no ser por esas lecciones invisibles, quizá el rock no habría llegado a Las Nubes de Coronado hace 45 años, y sin él no habría tantas memorias de aquel domingo, que fue de todo excepto un “domingo cualquiera”.

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