Por: Danny Brenes 26 marzo
El 1° de diciembre, don Pepe entregó el antiguo Cuartel Bella Vista al Museo Nacional. Fue el fin del ejército.
El 1° de diciembre, don Pepe entregó el antiguo Cuartel Bella Vista al Museo Nacional. Fue el fin del ejército.

¿Qué sabe un costarricense de guerra? ¿Qué sabe de fusiles de combate militar? ¿Qué sabe un tico de tomar las armas y sangrar por un ejército?

Es una fortuna histórica decir que la respuesta es nada, que solo conoce lo que lee en libros de historia y en periódicos.

Lo explica bien la frase del poeta japonés Ryoichi Sasakawa, quien tras visitar el país, profirió las palabras que hoy se repiten ocasionalmente en redes sociales y en artículos de opinión por igual: “Dichosa la madre costarricense que sabe que su hijo al nacer jamás será soldado”.

No es que las cosas hayan sido siempre así. 69 años después de la abolición del ejército, todavía sobreviven algunos ecos de una época en la que ser soldado en Costa Rica era una posibilidad real.

Inmediatamente después de la guerra civil, el país –gobernado por la Junta de Gobierno, presidida por José Figueres Ferrer– quedó resentido; era necesario subsanar las divisiones entre los bandos enfrentados y, al tiempo, asegurarse de que un evento como la guerra no fuera posible de nuevo.

La Junta estableció varias reformas trascendentales que, a la fecha, todavía afectan la vida de los costarricenses, en cuenta la decisión de abolir, el 1° de diciembre de 1948, el ejército nacional.

Así, el jueves 2 de diciembre, el diario La Nación dedicó una amplia crónica –publicada en su portada– en la que detallaba los actos simbólicos que culminaron con la entrega del Cuartel Bellavista al Museo Nacional y con don Pepe Figueres derribando, con un mazo, una de las murallas del cuartel.

“La Fuerza Pública hace dejación de lo que ha sido una fortaleza para poner al al servicio de la educación del país”, dijo el coronel Edgar Cardona, Ministro de Seguridad, como parte de los actos protocolarios de una celebración que incluyó un desfile desde Casa Amarilla, actual sede del Ministerio de Relaciones Exteriores.

“Los hombres que ensangrentamos recientemente a un país de paz comprendemos la gravedad que pueden asumir estas heridas y la urgencia de que dejen de sangrar”, se sumó don Pepe Figueres, marcando el rumbo histórico que seguiría el país en el futuro.