No importa que tan cerca esté Puntarenas, entre sus calles existe la magia de los lugares ajenos que siempre nos hacen ver por la ventana cuando es hora de irse

Por: Priscilla Gómez 21 febrero, 2016
El puerto.
El puerto.

Supe que nunca había volado un papalote cuando volé un papalote y el nailon que lo sostenía se enredó entre mi dedo índice y dejó un corte que ahora llamo yugular. Corte yugular. La sangre comienza a caer en gotas muy líquidas porque el calor de Puntarenas a las 10:00 a. m. es voraz y sé que me estoy derritiendo.

Unos me dicen que meta la herida al mar y otros me dicen que no.

Pero yo creo en los poderes que tiene el agua salada, entonces voy. De camino encuentro un mensaje en la arena que dice: ‘Te amo Eli’. Encuentro una sandalia izquierda rosada, y a una niña que intenta cavar el hoyo más grande de esta Tierra.

Una vez con el agua hasta las rodillas sumerjo la mano y dejo que la sangre se fusione con la espuma hasta que ya no duela. De regreso me detengo para ver lo que está pasando en el muelle.

El puerto.
Alguien intenta entrar pero los guardas de seguridad no lo dejan porque hay un barco muy grande y muy blanco del que salen gringos en grupos de tres o cuatro. Solo ellos pueden entrar o salir cuando quieran.

Mi abuelo se mató de camino a Puntarenas. Desde que sé que hay un muelle he querido caminar por ahí y pensar en el por qué mi abuelo eligió esa carretera para morir. Tal vez si le digo eso al guarda me haga una excepción, pero no lo creo.

El consuelo fue conocer a Luis. Un cuerpo deshidratado de huesos tangibles que trabaja al lado del muelle. Su área de trabajo está demarcada por una soga que rodea sus creaciones hechas con arena. Hoy hay un carro y una iguana.

Para tomarse una foto en el techo del auto hay que pagar. Para ver, también hay que pagar.

"A mí no me regalan nada. Si usted se queda viendo mi trabajo ya está haciendo uso de mis servicios, entonces me tiene que pagar algo. La única diferencia es que yo no estoy metido en un museo. ¿Entiende?".

Le respondo que sí porque sí entiendo.

El puerto.
La playa está llena de personas mirando hacia el cielo. BAC-Credomatic realizó distintas actividades para no sé qué. Hay carreras con caballitos de palo, y una competencia que premia a quien vuele su papalote más alto.

En el anfiteatro realizaron un taller para construir los papalotes con papel y madera. El resultado eran hojas frágiles y delicadas.

Una vez que inició la competencia, la lucha por no enredar el nailon propio con el ajeno provocó riñas. Ningún papalote pudo llegar más allá de la altura de un toldo enterrado en la arena.

Pero luego, una niña sobrepasó las palmeras. Su papalote era sofisticado, tenía hilo y ella lo sujetaba de un pedazo de madera.

El puerto.
Cuando ganó nadie reclamó, porque así (por ratos) es la vida: a veces somos la niña rubia privilegiada, y a veces somos la mamá con kilos de más que con una mano sostiene a un bebé y con la otra la mano de un niño que se está quemando la planta de los pies en su lucha por llegar más allá que los demás.

Este calor me consume las neuronas: no sé si ir por un churchill o alquilar un baño, o comprar un paño con el logo de una cerveza o ir al faro.

Pero sé que no me quiero ir. Quiero hablar con los pescadores, con los señores que juegan ajedrez a la orilla de una acera, cerca de donde el ferry se estaciona. Sé que quiero conocer el ferry.

No importa qué tan cerca esté Puntarenas, siempre cuando es hora de partir, sé que voy a extrañar este lugar con la misma indiferencia con la que a veces extraño a mi abuelo. A eso también lo llamo un corte yugular.

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