La primera proeza mundialista de Costa Rica vino acompañada por una treintena de carros. 24 años después algunos de ellos siguen gozando de buena salud y sin ganas de colgar los tacos.

Por: Arturo Pardo V. 17 agosto, 2014
German Chavarría le heredó su carro a su hija Susan. La nave tan querida no se despega de esta familia. | FOTO: FABIÁN HERNÁNDEZ
German Chavarría le heredó su carro a su hija Susan. La nave tan querida no se despega de esta familia. | FOTO: FABIÁN HERNÁNDEZ

Se mezcla con los demás andando por las calles como si fuera un vehículo cualquiera.

Disimula bien pero este no es un carro como los demás; es nada más y nada menos que el medio de transporte de un mundialista costarricense de Italia 90.

Sería exagerar si lo llamáramos bólido; no tiene artilugios como los que lleva el batimóvil, pero en la dimensión criolla, este es el vehículo de un héroe.

Es un trofeo con neumáticos. Un monumento con chasís. Tiene 24 años de existencia, desde que le fue entregado a cada miembro de la delegación costarricense que participó en el primer mundial al que asistió Costa Rica. En algunos casos, el trofeo sigue andando.

Según consta en el periódico La Nación del 22 de setiembre de 1990, 30 Toyota Corolla de 1.300 centímetros cúbicos fueron donados por Purdy Motor, Librería Lehmann, Coca Cola, Firestone y el taller Autoforma.

Cada beneficiario eligió el color de su futuro regalo. Era el mismo modelo para el preparador físico, el masajista, los 22 jugadores o el técnico Bora Milutinovic, cuyo carro por cierto más tarde pasó a manos del también entrenador Antonio Moyano Reina.

El presidente Rafael Ángel Calderón (1990-1994) asistió a la entrega de carros con los futbolistas. Acá aparece en el auto de Róger Flores.
El presidente Rafael Ángel Calderón (1990-1994) asistió a la entrega de carros con los futbolistas. Acá aparece en el auto de Róger Flores.

Los obsequios en aquel momento tenían un valor en el mercado de ¢625.000 y estaban exonerados de impuestos. La actividad de entrega se anunció con bombos y platillos y contó con la presencia del entonces presidente, Rafael Ángel Calderón.

“Cerraron el Paseo Colón, sacaron todos los carros y los pusieron a la orilla. Nos dieron las llaves y cada uno se fue a buscar su carro”, rememora uno de los exmundialistas que volvió a casa como niño con juguete nuevo.

Oncena vehicular

Roy Myers, por ejemplo, aprendió a manejar cuando le anunciaron que sería acreedor de uno de aquellos exclusivos carros modelo 91. Tenía 20 años y para él –un jugador que estaba empezando su carrera en Limón–, comprar un carro era algo fuera de este mundo.

Los 11 futbolistas consultados para este reportaje coinciden en que aquel regalo fue algo especial en sus vidas. O como dice German Chavarría: “fue un premio explosivo”.

El referente herediano se acuerda de los nervios que llevaba tras el volante, cuando manejó de la agencia vehicular hasta a su casa el primer día en que tocó el chineado auto.

Con vítores, en el barrio los vecinos lo esperaban para ver el vehículo blanco, que cambió color al convertirse en taxi; una faceta que cumplió por cinco años.

Hoy el auto de German está en manos de su hija, Susan. “Ese carrito está en lo más y mejor”, dice quien fuera su dueño hasta hace poco.

Otro auto que no sale de la familia es el de Juan Cayasso, que le heredó el trofeo a su hijo, Jose.

La única foto que el joven tiene del vehículo es la que le tomó desde una grúa, una de las dos veces en las que el carro lo ha dejado botado.

Del resto, Jose está más que contento con la “antigüedad” que lo ha transportado a la universidad, a surfear y a quién sabe cuántas más aventuras.

En cambio, en la familia de los hermanos Jara ya no hay rastros de los dos Toyota que pasaron por ahí.

Miguel Segura dice que, por nada del mundo, vendería el trofeo rojo que recibió hace 24 años
Miguel Segura dice que, por nada del mundo, vendería el trofeo rojo que recibió hace 24 años

Claudio, con buena mano para la mecánica, atendía los imperfectos que tuviera el auto de placa 143849. Hace dos años lo vendió por ¢1 millón a un compañero en la empresa en que laboraba. Este se lo dio a un hermano y él se lo vendió a otro señor más. Del carro ya no hay pistas.

También se vendió el de Giovanni, el que usaban las mujeres de la casa para ir a ver a sus parientes jugar en Heredia.

De los arqueros mundialistas, el único que lo conserva es Miguel Segura. Con él llegó hasta el estadio Ricardo Saprissa, y en otras épocas a entrenamientos en Limón, Turrialba, Palmares y ahora a Belén, equipo en el que entrena a los porteros.

Su vehículo suma más de 250.000 kilómetros recorridos, pero se ve y se mueve como en sus años mozos.

“Mucha gente se extraña de que todavía lo tenga, que no le suene nada. Dios me recompensó con ese carro, porque cinco meses le presté mi carro anterior a un amigo y, en un accidente, se perdió todo”, cuenta.

Gabelo Conejo, en cambio, perdió su Toyota apenas unos tres años después de que se lo entregaron. En aquel momento él jugaba en España cuando unos familiares sufrieron un accidente en Naranjo. Hasta ahí llegó su trofeo con ruedas.

El “plateado- silver ” de Hermidio Barrantes se convirtió en un taxi rojo en 1994 pero llegó a su final en Puntarenas, en otro accidente grave.

El carro del capitán Róger Flores también tuvo un desenlace similar el año pasado en un choque en Tibás, del cual él salió ileso. “Si hubiera sido un carro moderno nos hubiera pasado algo… otro gallo hubiera cantado. Ese carro estaba muy bien en todo pero no tuvo final feliz.”, comentó.

Héctor Marchena se despidió de su premio mundialista en 1996, cuando lo vendió para pagar una deuda.

El zaguero realmente le tenía amor: “Lo vendí con nostalgia. Para mí era como un hermano. Lo cuidaba y hasta le hablaba, le pedía que no me abandonara, que lo quería mucho, pero al final fui yo el que lo tuvo que dejar”. Desde entonces no ha tenido otro vehículo.

En la casa de Marvin Obando, el Corolla modelo 91 se quedó sin espacio en la cochera por lo que lo vendió a alguien que le aseguró darle el cuidado que se merece.

El nuevo dueño es un acérrimo fan del Team florense, que declaró ser gran admirador suyo. Aquel señor, cuyo nombre Marvin no recuerda, sabe que su carro no es un carro cualquiera.