El 27 de julio del 2004, la sede diplomática chilena en Costa Rica fue el lugar de uno de los episodios más sangrientos e inexplicables que el país recuerda

Por: Arturo Pardo V. 20 julio, 2014
El pueblo costarricense se solidarizó con la comunidad chilena, siendo partícipe de una vigilia la noche después de la matanza.
El pueblo costarricense se solidarizó con la comunidad chilena, siendo partícipe de una vigilia la noche después de la matanza.

El 27 de julio del 2004, la Embajada de Chile aparecía en cada canal de la televisión nacional. Era el objetivo de las cámaras de la prensa entera, la criolla y la chilena. Era motivo de angustia, sede de terror.

Parecía inverosímil que una sede diplomática pudiera albergar un percance como aquel que tenía en vilo al país completo. Esa tarde, de manera insospechada, detrás de las paredes de aquella edificación ocurrieron tres asesinatos en un lapso de escasos minutos.

Las víctimas del triple homicidio fueron el segundo secretario Roberto Nieto Maturana, el cónsul Christian Yuseff Marchant y la agregada cultural Rocío Sariego Pérez, los tres de nacionalidad chilena.

Seis horas después, sin embargo, la Fuerza Pública seguía esperando fuera del edificio sin contar con el permiso indispensable para ingresar a un territorio en Barrio Dent que no era nacional, sino que le pertenecía a Chile.

¿Dónde estaba el asesino? ¿Dónde estaban las víctimas? ¿Todavía le quedaban balas a su fusil M-16?

Caía la noche y los oídos de la Fuerza Pública, la prensa y los curiosos que se acercaban a la Embajada estaban atentos a cualquier sonido que viniera desde adentro, mientras que sus ojos esperaban detectar el primer indicio de movimiento que se percibiera a través de alguna ventana del recinto.

Más temprano, desde fuera se había visto al homicida mover cortinas y deambular por los pasillos de la sede. Era un viejo conocido por el resto de empleados que permanecían cautivos en el edificio.

Era el hombre que hasta aquel día velaba por la seguridad del lugar; Orlando Jiménez era su nombre. Era el oficial de la Fuerza Pública que tenía cinco años de laborar en la sede. Horas antes se había disparado con su propio fusil sin lograr quitarse la vida.

Diez años después de aquella tarde, todavía se mantienen abiertos grandes vacíos en una historia que para pocos tiene explicación o incluso sentido.

Los sobrevivientes y los familiares de los involucrados en el incidente siguen sin comprender qué fue lo que motivó al guarda de seguridad a actuar con furia un único día.

A pesar de que ha transcurrido una década desde el incidente, aún se mantiene con vida el debate sobre las causas reales del episodio, pero especialmente parece no haber explicaciones satisfactorias sobre por qué demoró tanto en llegar la autorización que permitiera el ingreso de la Policía al edificio.

El embajador Guillermo Yunge recibió fuertes críticas por su demora en dar permiso a la Fuerza Pública para que entrase al edificio donde ocurrió todo.
El embajador Guillermo Yunge recibió fuertes críticas por su demora en dar permiso a la Fuerza Pública para que entrase al edificio donde ocurrió todo.

Todavía hoy, la historia de terror en la Embajada de Chile sigue siendo un capítulo impactante y sin par que les quita el sueño a quienes vivieron el hecho de cerca.

En Barrio Dent, donde antes estuvo ubicada la sede diplomática de paredes claras, ahora hay una escuela de estética con muros de tonos rosados.

Por el mismo lugar pasaron antes un call center y otros locales comerciales que, a pocos, fueron borrando cualquier reminiscencia de lo que fue un pedazo de tierra chilena en Costa Rica.

La sede actual del país sudamericano se ubica en Los Yoses, a escasos metros al sur de donde vivió en algún momento el embajador de aquel entonces, Guillermo Yunge Bustamante.

La edificación dejó de ser casa y pasó a ser embajada el 18 de setiembre del 2006. La fachada es muy distante de la de su predecesora.

A diferencia de las instalaciones actuales, el lugar donde ocurrió el asesinato carecía de un portón hermético que impidiera la visibilidad hacia las oficinas.

Incluso, la ausencia de rejas o de una seguridad imponente llamaron la atención de los medios chilenos que cubrieron los homicidios hace 10 años, y es que es claro que nunca nadie vio venir amenaza alguna.

La Embajada era en el 2004 un lugar seguro y tranquilo de todas formas, pero especialmente por la presencia del guarda de confianza.

Capítulo presente

Mientras que el atacante deambulaba por los pasillos de la Embajada, el chileno Gustavo Adolfo Becerra aquel había salido a comprar pan cuando inicó el atentado.

Sus labores eran las de Agregado Cultural para Centroamérica. El funcionario vivió cuatro años en el país antes de regresar a su tierra natal a inicios del 2005, después de ser retirado de su puesto por el Canciller del momento. Pero aquel día estuvo cerca de los hechos sin haber querido estarlo.

El pueblo costarricense se solidarizó con la comunidad chilena, siendo partícipe de una vigilia la noche después de la matanza.
El pueblo costarricense se solidarizó con la comunidad chilena, siendo partícipe de una vigilia la noche después de la matanza.

“Como resultado de los acontecimientos que motivan esta entrevista y del amor entre los pueblos, puedo decir que nunca me terminé de ir de Costa Rica y nunca terminé de regresar a Chile”, dice Becerra, al ser consultado por correo en los días recientes.

El diplomático fue uno de los siete sobrevivientes del terrorífico episodio y asegura desconocer si lo que ocurrió aquel 27 de julio se hubiera podido evitar.

Ignora también las motivaciones que tuvo Jiménez para cometer los asesinatos; pero, aunque hubiera respuesta a eso, dice él, no puede haber una justificación alguna: “Nada justifica un crimen alevoso y menos tres crímenes. No hay motivos profundos para justificar un acto de esa naturaleza”.

Hoy, sin embargo, todavía recuerda a aquel hombre como alguien bondadoso y honorable con quien tantas veces conversó fuera de su caseta.

Sin detallar en lo que vivió durante las horas de zozobra, el entonces funcionario internacional asegura que todavía hoy mantiene presente la experiencia en que vivió de cerca la muerte. Sobrepasar aquel capítulo no ha sido fácil para él.

“El hecho traumático nos hizo ver la vida de manera distinta, considerarla de manera diferente”, asegura, y agrega que nunca recibió ayuda de su gobierno para sobreponerse a lo acontecido en la Embajada.

A diferencia de él, otros tres compañeros perdieron la vida a manos de Jiménez, quien se desangró hasta morir dentro de la embajada.

Reclamos

“Rocío iba a cumplir 29 años cuando murió. Probablemente ahora ella tendría hijos y yo tendría nietos”, comenta Jorge Sariego Mac-Ginty, padre de quien fue la asistente cultural de la Embajada de Chile en Costa Rica.

“Mi hija era inteligente, simpática, hermosa y extraordinariamente eficaz en su trabajo”, dice el hombre que vivió en Costa Rica durante casi 15 años hasta regresar a su país en el 2011.

El tiempo le ha fallado en darle las respuestas que siempre ha buscado, al menos por las preguntas que surgieron a la superficie desde hace 10 años. Parece que no se cansa de pedirle al universo que le envíe alguna pista que le permita entender, al menos, “¿por qué los dejaron morir?”.

Se refiere así a la situación de su hija y de las otras dos víctimas de aquella tarde. Lo dice por las conclusiones a las que llegaron dos tanatólogos (especialistas en la disciplina forense de manera integral) que él contrató para que dieran una evaluación adicional a la del tanatólogo del OIJ.

“Ellos comprobaron que hubo una sobrevida, que las muertes no fueron instantáneas como se ha querido hacer creer. ¿Por qué el embajador (Guillermo) Yunge y el ministro del Interior de Chile no autorizaron el ingreso de los policías costarricenses?”, sigue preguntándose todavía hoy Sariego.

Yunge dejó el cargo de embajador el 30 de setiembre del 2004, después de haber viajado a Chile a dar su versión de lo acontecido el día de los crímenes.

La Fuerza Pública se apostó fuera de la embajada de Chile durante más de seis horas, hasta pasadas las 10 p. m. del 27 de julio del 2004.
La Fuerza Pública se apostó fuera de la embajada de Chile durante más de seis horas, hasta pasadas las 10 p. m. del 27 de julio del 2004.

Según reportes de Migración, todavía vive en Costa Rica, donde reside de forma permanente por tener vínculo matrimonial con una tica, mientras que se mantiene alejado de la diplomacia.

“Hoy tengo la misma sensación de que no se ha averiguado de forma seria, de que los crímenes siguen impunes. Es una investigación que nadie quiso hacer a pesar de que hay gente capaz en Chile y en Costa Rica, pero la desilusión no es ni con Costa Rica ni con Chile, pero sí hay una sensación de agravio por la actitud de la gente que estaba a cargo de ambos gobiernos”, asegura el padre de Rocío.

En los últimos 10 años dice haber recibido unos 4.000 mensajes entre los de apoyo y los que le han dado señales que le brindan ideas para continuar buscando explicaciones.

Durante este tiempo ha recabado información de personas que estuvieron dentro de la Embajada el día de las muertes y de otros que participaron en el rescate la noche de aquel martes.

“Dicen que no hay nada más terrible que la muerte de un hijo o una hija. Por esto todavía estoy a la espera para que alguien se decida a hacer una investigación. Tener esa incertidumbre me sigue afectando mucho. Es un tema permanente”, agrega.

En deuda

Dos años después de los homicidios, el Ministerio de Seguridad Pública entregó una indemnización económica a los familiares de las víctimas que presentaron una acción administrativa. Esto se consiguió después de que el Estado de Costa Rica asumiera la responsabilidad de la acción criminal del guarda.

Habiendo depositado el dinero en un banco costarricense, y sin la intención de hacer uso del monto, Sariego interpuso una demanda contra el Estado, que aún no se ha resuelto. “Lo triste es que este tipo de casos se solucionen con plata, pero puse la demanda para que el tema no se agotara en Costa Rica”, dice.

Sariego Mac-Gint es una de las fuentes del libro, Terror en la embajada, la historia oculta de los crímenes en Costa Rica , publicado por el periodista chileno Rodrigo Insunza Ginart en el 2006.

El texto pretende esculcar más allá de lo indagado de manera “políticamente correcta” por las autoridades chilenas y costarricenses.

Esta fue la fotografía del oficial Orlando Jiménez que circuló en julio del 2004, tras fallecer en la Embajada que él cuidaba.
Esta fue la fotografía del oficial Orlando Jiménez que circuló en julio del 2004, tras fallecer en la Embajada que él cuidaba.

En el 2004, Insunza trabajaba en el canal Chilevisión y, después de hacer un reportaje en Costa Rica sobre la matanza, decidió que escribiría un libro que contara lo que fue omitido de los informes oficiales del Ministerio Público tico.

“En la medida en que comencé a reunir antecedentes no se hacían públicos, la información que fui recabando comenzó a recibir más valor porque con el tiempo no se determinaba qué había sucedido”, cuenta el periodista, que hoy trabaja en CNN Chile .

Este fin de semana, Insunza lanzó un documental de más de una hora de duración que lleva al audiovisual lo investigado para su libro.

El material aparece ahora con motivo del décimo aniversario y porque, dice el autor, cuando salió el libro en Chile hubo un manejo político para que la obra no generara ruido.

“Creo que eso lo consiguieron, pero es importante mantener estos eventos en la memoria de la gente. Yo sé que los familiares de las víctimas no van a descansar hasta que reciban una respuesta con todos los detalles que se han ocultado en este tiempo”, dice el autor.

Tras presentar una solicitud para sostener una entrevista en la embajada de Chile, la única información brindada con respecto a este tema fueron los detalles sobre la misa en honor a los fallecidos de aquel 27 de julio. El servicio religioso se realizaráel lunes 28 de este mes a las 11:30 a. m. en la iglesia de Fátima, Los Yoses.