La soledad es uno de los mayores demonios del mundo moderno. ¿Es posible revalorar el lujo del silencio y del retiro en un mundo obsesionado con la ilusión de estar comunicados siempre?

Por: Danny Brenes 14 febrero, 2016
FOTO: JORGE NAVARRO
FOTO: JORGE NAVARRO

Desde noviembre del 2014, vivo solo en un apartamento en San José. En Cartago, mi papá vive solo. En el edificio donde habito, Eka vive sola, Nacho vive solo, y varios vecinos del segundo y tercer piso viven solos también, aunque no conozco sus nombres. Mi amigo Diego tiene años de vivir solo, antes y después de su matrimonio. De vez en cuando chateo con Fabiola, que vive sola en Madrid, y con Angélica, que vive sola en Marruecos.

Pero vivir solo –o estar solo– no implica necesariamente soledad, un tema mucho más delicado y –de acuerdo con bastantes medios y organizaciones en todo el mundo– mucho más peligroso. No solo eso: varios estudios subrayan que la soledad, un problema social y psicológico históricamente asociado a las personas de mayor edad, no distingue rango de edad.

En pocos lugares en el mundo se le teme tanto a la soledad como en Inglaterra. Es allí precisamente donde la organización Big Lunch –cuyo objetivo es organizar almuerzos entre grupos de vecinos para lograr que las personas de un mismo edificio o una misma cuadra se conozcan entre sí– reveló una estadística que asegura que el 83% de los adultos jóvenes británicos –entre los 18 y los 34 años– siente o ha sentido soledad.

El doctor Andrew McCulloch, director ejecutivo de la Fundación de la Salud Mental, también en Inglaterra, dijo a la BBC que, aunque no existen datos históricos que muestren el crecimiento del impacto de la soledad –en sí misma subjetiva–, sí existe evidencia sociológica de ello.

Agregó: “Tenemos datos que sugieren que las redes sociales de las personas se han encogido, y que las familias ya no proveen el mismo nivel de contexto social que hace 50 años. No se trata de que sean malas familias, o familias desconsideradas. Son factores como la distancia geográfica, el final de los matrimonios, las responsabilidad múltiples y las largas horas de trabajo”.

El documental The Age of Loneliness , también producido por la BBC , le llama “la epidemia silenciosa”. La documentalista escocesa Sue Bourne, directora del filme, escribió en un artículo publicado por el diario The Guardian : “Creo que el problema es que todos le tenemos un poco de miedo a la soledad. Miedo a que nos dejen atrás. A no ser amados. O necesitados. O que no le importemos a nadie del todo. La soledad genera miedo en todos nosotros, incluso si no lo reconocemos”.

"La soledad genera miedo en todos nosotros, incluso si no la reconocemos. Miedo a que nos dejen atrás. De no ser amados. O necesitados" - Sue Bourne, 'The Age of Loneliness'.

Esta epidemia silenciosa ha tenido, por supuesto, un efecto importante en la forma en que las personas interactúan entre sí, lo que incluye, claro está, las relaciones amorosas. Alrededor del mundo se registran menos matrimonios y muchos más divorcios que hace apenas medio siglo.

Aunque en Costa Rica no existen estadísticas sobre cuán profunda es la huella de la soledad, sí es posible constatar que la tasa matrimonial en el país ha decrecido de manera constante desde 1950, de acuerdo con datos publicados en el 2014 por el Instituto Nacional de Estadística y Censo.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué nos sentimos solos? ¿Por qué dejamos que esto nos afecte tanto, en algunos casos consumiendo todos los aspectos de una vida? La respuesta más fácil –aunque no necesariamente una incorrecta– es señalar a la sociedad moderna. La sobreoferta de medios para comunicarnos con los demás se convierte, al mismo tiempo, en un contexto ideal para el aislamiento. Dejamos de llamar por teléfono cuando podemos enviar un mensaje de texto. Dejamos de reunirnos en persona cuando podemos usar Skype.

Cuando olvidamos cómo estar solos
La ilusión de conectividad perpetua en que vivimos hoy hace que la soledad parezca un monstruo del que hay que escapar.

“Nuestro constante estado de interacción social remota es una espada de doble filo de soledad; estamos conscientes de que la gente ahí afuera la está pasando mejor que nosotros, al mismo tiempo que fallamos en diseñar nuestros propios planes”, escribe Nell Frizzell, de The Guardian .

El mismo caso se repite cuando utilizamos aplicaciones para encontrar pareja, como Tinder y demás opciones. En una crónica publicada por la revista The Observer , Matthew Kassel hace un relato de su búsqueda de contacto humano a través de un sistema que, aunque le permite entablar contacto con desconocidos, al mismo tiempo los deshumaniza, lo que inevitablemente conlleva a la soledad: “Antes de percatarme, estaba yendo a tres o cuatro citas por semana. Cada una de ellas ocurrió en un bar, que no es un mal lugar para un primer encuentro. Pero también es un terrible lugar cuando estás forzado a sentarte y ver a una persona que apenas conocés por un periodo largo sin la opción de mirar a otra parte cuando emergen silencios incómodos –que siempre ocurren”.

Esto no significa, por supuesto, que la soledad sea un problema exclusivamente moderno. No en vano Herman Hesse publicó, en su icónica El lobo estepario , de 1927: “Soledad era independencia, yo la había deseado y la había conseguido al cabo de largos años. Era fría, es cierto, pero también era tranquila, maravillosamente tranquila y grande, como el tranquilo espacio frío en que se mueven las estrellas”. La soledad es un problema inherentemente humano, y siempre ha estado ahí, sin importar si ahora se nos hace más evidente.

Lo que parece ser particularmente preciso es subrayar que los tiempos modernos nos han hecho menos capaces para enfrentar la soledad y, sobre todo, ser felices en ella. Escribe Neil Frizzell: “Hay algo más solitario en mantenerse suspendido en el limbo social que en encarar el vacío cotidiano. Porque muchas personas menores de 35 no han aprendido el noble arte de estar solo. El problema no es estar solo, sino nuestra percepción sobre estar solos. Lo tememos, sentimos lástima, hacemos cualquier cosa en nuestro poder para evitarlo. En nuestro contexto moderno de frenesí social, teléfonos inteligentes y ciudades sobrepobladas, la soledad puede ser un lujo”.

"El problema no es estar solo, sino nuestra percepción sobre estar solos. En nuestro contexto, la soledad puede ser un lujo" - Nell Frizell, 'The Guardian'.

En efecto, la ilusión de conectividad perpetua en que vivimos hoy hace que la soledad parezca un monstruo del que hay que escapar, y no un efecto más de estar vivos. Es como si olvidáramos que, como escribió Orson Welles: “Nacemos solos, vivimos solos, morimos solos. Solo a través del amor y la amistad podemos crear la ilusión momentánea de no estar solos”.

Dice la gente que sabe –como Nell Frizzell y Sue Bourne, como Herman Hesse y Orson Welles– que es en soledad como uno aprende a valorar la compañía, que el silencio es lo que brinda valor a la conversación.

Que conocerse y aceptarse a uno mismo, solo, es el primer paso para construir una relación con los demás, sea de pareja, de amistad, de trabajo o de cualquier otra naturaleza.

Después de todo, sin importar las conjeturas que una u otra red social pueda generar, todos estamos juntos en esto de estar solos.

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