El viejo aficionado del Cartaginés murió hace dos semanas. No vio a su equipo campeón, pero él ganó su campeonato particular: se convirtió en un ícono de una ciudad de pocos héroes.

 26 julio, 2015
José Antonio Aguilar sostiene la fotografía que hoy adorna su soda en Cartago. | FOTO: DIANA MÉNDEZ
José Antonio Aguilar sostiene la fotografía que hoy adorna su soda en Cartago. | FOTO: DIANA MÉNDEZ

Solo hay una respuesta. No importa el escenario, no importa a quién se le pregunte, la réplica siempre es la misma: ¿que cuándo conocí a Caca’e gato? ¡Ah, de toda la vida! ¡De siempre! ¡De Cartago! ¿Que cómo era Caca’e gato? ¡Ah, era muy bueno! ¡Muy honrado! ¡Muy decente! Las opciones son limitadas por el cliché: se sabe que todo muerto es bueno, pero de Caca’e gato poco se sabe y pocos saben.

La casa del exjugador Asdrúbal Meneses, donde Caca’e Gato falleció. | FOTO: DIANA MÉNDEZ
La casa del exjugador Asdrúbal Meneses, donde Caca’e Gato falleció. | FOTO: DIANA MÉNDEZ

Caca’e gato, uno de los más tradicionales e icónicos aficionados al Club Sport Cartaginés, murió en la mañana del domingo 12 de julio.

Su nombre era German Valverde, pero eso pocos lo sabían. En cambio, era difícil asistir a un partido en el Fello Meza sin que alguien elevase el grito: ahí vienen Caca’e gato, ya perdimos. A él, a quien el apodo le llegó por herencia paterna, se le achacaban las derrotas del equipo más ingrato que existe en este país; él era el saco de sal, la maldición, el muñeco.

Era Caca’e gato.

El hombre fue un fantasma aun en vida: todos lo conocían pero pocos sabían encontrarlo. Así fue siempre. Lo contó, en el 2008, el poeta Felipe Granados para la extinta revista SoHo : “Nadie sabe dónde vive ni cómo se llama, del bar El Jardín nos mandan al Veinte, del Veinte a un chinchorro por Los Ángeles, de ahí, de nuevo al Jardín. Nada, es inútil, el mítico borracho no aparece”.

Del mercado a la cantina al estadio, Felipe finalmente encontró a Caca’e gato a las puertas del Fello, molesto a rabiar con el equipo azul que ese día enfrentaba a Saprissa y que jugaba a perder.

Siete años más tarde, la única constante es la derrota: perdimos a Caca’e gato y perdimos a Felipe, muertos los dos.

* * *

Cuentan que Caca’e gato tuvo una casa, “por la Corte, por la Basílica, por allá”, pero la perdió.

Sus últimos días –¿meses?, ¿años?– los pasó en la calle, en condición de indigencia. Allí, en aceras y bancas y calzadas, dormía, bebía, sufría y disfrutaba –que también se vale, que también se puede– al equipo más cruel, al que alentó hasta su muerte, hasta después de ella.

No es cosa fácil seguir los pasos de un fantasma: no dejan huella físicas, solo emocionales que, al cabo, perduran más.

José Antonio Aguilar, el dueño de la soda Río de Janeiro, en el corazón del Mercado Central de Cartago, dice que lo quería mucho, que lo conocía de siempre. “El guaro lo consumió y creo que perdió todo”, cuenta antes de colgar, en una de las paredes de su soda, una fotografía del viejo mito, ahora inmortalizado junto a otros jugadores del Cartaginés.

Ahí, en esa misma soda, conversé con don Jorge Calderón, corresponsal de La Nación en Cartago, “el periodista casi que oficial de Caca’e gato”, me dirá después. Cuenta don Jorge que al icónico aficionado, a diferencia de otros casos de muerte en condiciones sospechosas –después de todo, Caca’e gato murió al aire libre, a vista y paciencia de quien tuviera paciencia y quisiera ver–, no se lo llevaron en una bolsa, sino que evitó la morgue y, en un ataúd, siguió su camino hacia la capilla de velación de Los Ángeles. “El médico del OIJ determinó que se trataba de una muerte natural, causada por la hipotermia”. En la capilla lo bañaron, le pusieron una camiseta del Cartaginés, le dieron un último adiós amigos y familiares y hasta miembros del equipo. El club donó la bandera blanquiazul que cubrió el féretro.

La historia de German Valverde no se entiende sin Cartaginés ni sin las cantinas. | FOTO: DIANA MÉNDEZ
La historia de German Valverde no se entiende sin Cartaginés ni sin las cantinas. | FOTO: DIANA MÉNDEZ
Valverde falleció  sin cumplir su sueño de ver a su equipo campeón.

—Solía hacer mandados al Registro Civil para muchos abogados de Cartago —recuerda don Jorge—. Sabía de leyes, aunque no estudió más que un par de años en el Liceo Vicente Lachner.

El día de la muerte, el Cartaginés se enfrentaba al Uruguay de Coronado por el torneo de Copa. Las noticias llegaron tarde, y se mantuvo un minuto de silencio antes del comienzo del segundo tiempo de un partido que el equipo azul ganó por goleada. En las gradas, se recolectaron ¢365.000 que se entregaron a la familia Valverde para ayudar con los gastos fúnebres.

Luego de pasar la noche en vela, una escolta policial siguió el camino de Caca’e gato, el fantasma: de la capilla a la Basílica, donde se realizó el funeral; y luego al estadio Fello Meza, y al Mercado Central , donde se reúne todos los domingos la barra más aguerrida del Cartaginés.

Así, hasta el último destino: en el Cementerio General de Cartago, junto a la tumba número 3174, un grupo de fanáticos, de amigos, uniformados en azul y blanco de luto, lo despidieron con cantos de “German, German”.

Mientras el ataúd era cubierto a palazos con tierra, se escuchaba el coro sempiterno de “Vive, vive”.

* * *

German Valverde, Caca’e Gato, murió al pie de la puerta de una casa en ruinas. Ubicada en el barrio Los Ángeles, cerca de la Basílica a la que marchan los fieles en agosto, en su jardín crece rauda la maleza y ya las tablas de madera del techo comienzan a ceder ante la gravedad y la falta –ausencia– de mantenimiento.

Perteneció a Asdrúbal Meneses, El Meta Nacional, El Largo, Papas, legendario arquero del Cartaginés de antaño y de la Selección Nacional; Meneses murió en mayo del año pasado y su casa quedó a la suerte del tiempo y de la vida. Pronto, su casa se convirtió en refugio de indigentes y borrachos.

—Yo les doy comida y si me sobra una suéter, pues también. Eso sí, plata no les doy, ni mucho menos guaro.

Doña Marlene Cortés trabaja en el Hospital Max Peralta; su casa está justo al lado de la fallida vivienda del guardameta Meneses. Así conoció a German –“no me gustaba que le dijeran Caca’e gato; yo siempre le dije German”–, quien llegaba al mediodía a decirle ma, tengo hambre, ya hiciste almuerzo.

Fueron los hijos de doña Marlene –Arlen y Juan José Brenes Cortes– quienes encontraron el cuerpo inmóvil de Caca’e gato. Arlen había estacionado su carro, un Honda negro, en la vieja casa de Meneses. Cuando se acercó a su vehículo, notó que el anciano ya no respiraba, que estaba tieso, que tenía un color extraño. Llamó a su familia y pronto fue necesario llamar a las autoridades correspondientes: aquel hombre estaba muerto.

Su hermano, Juan José, sacó una bandera azul y blanca y se la dio a Arlen, quien la colocó junto al cuerpo. Tenía sentido: blanquiazul debía ser el banderazo final, el que acabara el recorrido de 63 años de German Valverde, el ícono, el saco de sal, el bueno, el borracho, Caca’e gato.

* * *

Carlos Gómez fue la última persona que vio a Caca’e Gato con vida. Fue el domingo 12 de julio, el propio día del fallecimiento, en el mismo lugar. Recién despuntaba la luz pálida, fría, que acompaña los domingos lluviosos de Cartago. Caca’e Gato se acercó a la casa donde había encontrado refugio desde que había perdido su propia casa y había visto limitadas sus opciones a la indigencia.

Bajo el resguardo que aquella casa podía ofrecerle, había pasado sus últimos días –¿meses?, ¿años?–, en compañía de otros hombres sin casa pero con alcohol, apenas a salvo del frío y de la lluvia que con constancia azotan a Cartago.

Ese día, sin embargo, a Caca’e gato no le alcanzó el tiempo para escapar del aguacero; cuando llegó a la casa, estilaba: le chorreaban hasta los huesos.

—Yo estaba durmiendo aquí cuando él llegó —recuerda Gómez. Tiene 36 años pero, aunque joven, su mirada delata que no ha sido, la suya, una vida sencilla. Es moreno, lleva bigote y una breve barba a ras, y cuando habla se le achinan los ojos, que son profundos y oscuros: ojos que cuentan, por sí solos, muchas historias que nadie ha querido escuchar. —Me dijo ‘Carlos, no me siento bien’. Entonces yo le ofrecí ir a buscar a un primo mío, que es médico. Pero Caca’e gato me dijo que no.

Javier Gutiérrez, Mario Maroto y Carlos Gómez: compañeros de batalla del caído Caca’e Gato. | FOTO: DIANA MÉNDEZ
Javier Gutiérrez, Mario Maroto y Carlos Gómez: compañeros de batalla del caído Caca’e Gato. | FOTO: DIANA MÉNDEZ
“Caca’e Gato es Odiseo, chivo expiatorio, saco’e sal, todo en un cuerpo ebrio de alcohol y de derrota”.
 - Felipe Granados, 
'El Cartaginés de Caca'e gato'

Caca’e gato le dijo que no. Se acostó en el pasillo del frente de la casa en ruinas y se durmió. Cuenta Carlos, con pesar, que en ese momento se fue a un pueblo cercano, San Rafael de Oreamuno, “a pulsearla”. Eran las ocho de la mañana. Cuando regresó, tres horas más tarde, a la casa, se encontró el jaleo: los hijos de doña Marlen habían encontrado muerto al mito.

Mientras converso con Carlos, se nos acercan dos hombres. Ambos son morenos, de pelo rizado negro pero con manchas grises aquí y allá y en la nuca. Caminan despacio, tal vez mareados, tal vez porque sí. Uno, Mario Maroto, es más alto que el otro, el de gorra, Javier Gutiérrez.

Maroto huele a guaro, Gutiérrez a deseo de guaro.

—Disculpe que interrumpa —dice Maroto, arrastrando las palabras que se le acumulan en la garganta y en la boca. Dice que, con mucho respeto para Diana, mi compañera fotógrafa, y para mí, nos viene a decir que Caca’e gato era muy querido por todos, que era su amigo, que lo extraña. Los ojos de Maroto se hacen grandes y aguados, como charcos en una calle cartaginesa después de un aguacero.

Los tres hombres hablan, cuentan, recuerdan; lo hacen al ritmo del borracho: el que solo se entiende bajo la influencia del alcohol. Pronto están enfrascados en una discusión a tres voces en la que la pregunta primordial es por qué. Por qué te fuiste a morir, Caca’e gato. Por qué. Maroto habla, cuenta, recuerda: le llevó una botella de vino a Caca’e gato para que se bajara la goma. La dejó allí, junto al cuerpo presuntamente dormido, posiblemente ya muerto, de su viejo compañero de batalla, de su amigo. Maroto, cada tres palabras, parece a punto de romper en llanto.

—A ver, Maroto —dice entonces Javier, el más formal y categórico de los tres, el que dice haber trabajado en el sector público pero que lo echaron por cuestiones políticas, el que admite sin pena ser un borracho, el más serio de ellos—, a ver. Lo que pasó no es culpa de nadie. Él—dice, señalando al cielo, a su dios— se lo llevó porque él —dice, señalando a la casa en ruinas donde murió su amigo— así lo quiso. Por eso Caca’e gato tomaba, porque quería irse. ¿Y qué estamos haciendo nosotros?

—Muriéndonos —respondió Maroto—. Muriéndonos nosotros también.

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