La enfermedad de esta vecina de San Rafael de Heredia avanzó lentamente a pesar de las tres aplicaciones diarias de insulina que le prescribieron al inicio

 17 noviembre, 2013

“Cuando ya no pude ponerme más los zapatos, cogí los poquitos pares que tenía y los eché al tarro de la basura”, cuenta Amada Segura Sáenz desde su habitación de paredes rosadas donde cuelgan fotos y recuerdos.

“Era como una malacrianza, pero hasta después acaté: ‘esto también lo hizo Dios’”, relata Amada, quien tiene diabetes desde hace 35 años, y debido a esta afección, le terminaron amputando ambas piernas.

A sus 85 años, Amada ha vivido arraigada a su terruño: nació en San Rafael de Heredia y allí se casó y crió a 12 hijos. Recuerda que su madre también fue diabética y que ella siempre comió “de todo”: “Yo comía mucho dulce; mi fascinación era hacer cajetas y tenerlas listas para las visitas”, recuerda.

La organización Cristo para la ciudad promotr ahsdf ahdma de prevención. | CAMILLE ZURCHER
La organización Cristo para la ciudad promotr ahsdf ahdma de prevención. | CAMILLE ZURCHER
Recuerda que su madre también fue diabética y que ella siempre comió “de todo”... "Y mucho dulce", agrega. "Mi fascinación era hacer cajetas"

Su enfermedad avanzó lentamente a pesar de las tres aplicaciones diarias de insulina que le prescribieron al inicio. No obstante, en el 2002 comenzó a sentir dolor de piernas y de cabeza, además de presentar hemorragias y repentinos “bajonazos” de azúcar. “Seguí con los tratamientos pero no hubo forma; me cortaron una pierna”, explica Amada mientras cuenta cómo el sonido de una sierra, seguido de un golpe seco se quedó adherido a su memoria.

Cinco años después, debió volver a una sala de operaciones. Mientras se preparaba para recibir una prótesis, la situación se complicó y un día, al intentar levantarse de la cama, se cayó y debió ser llevada al hospital. El resultado fue la pérdida de la pierna derecha, lo cual ella le achaca al descuido. “Si yo hubiera estado continuamente con el médico, tal vez me la hubieran arreglado”, agrega.

“Al principio me afectó mucho, pero ahora no. Ni recuerdo que yo no tengo zapatos”, comenta la señora, quien borda pañuelos y manteles para solventar esos gastos que el seguro social no cubre. Sus días transcurren entre hilos y bordados, mientras espera “lo que Dios quiera hacer conmigo” .