Visitar el Museo de Los Niños es abrir un portal al pasado y a los recuerdos de la niñez. Pero regresar con más años encima, modifica la experiencia sensorial. Como adultos, nos hace cuestionarnos qué tanto hemos perdido la capacidad para jugar.

Por: Priscilla Gómez 9 septiembre
Favio Bolaños de 21 años es uno de los guías en el Museo de los Niños. Por día puede hacer –aproximadamente– cuatro o cinco recorridos con grupos de niños.
Favio Bolaños de 21 años es uno de los guías en el Museo de los Niños. Por día puede hacer –aproximadamente– cuatro o cinco recorridos con grupos de niños.

Eran las 10 de la mañana de un martes. Marcela y Josué estaban a punto de entrar a un túnel con el techo de colores, en donde alguien los recibió con las palabras: “Bievenidos a la magia”.

Marcela y Josué están en sus treintas. Ese martes Marcela trabajaba en la tarde, y Josué sacó el día libre.

Marcela estaba nerviosa. Me confesó que no sabía si la mañana iba a terminar bien por dos razones. La primera es que esa era “apenas” su cuarta cita como pareja, y porque estaban en el Museo de Los Niños.

Marcela estaba preocupada de que Josué pensara que le estaba enviando una mala indirecta. “Esto va a estar lleno de niños, no quiero que piense que le estoy diciendo algo con eso. ¿Me entiende?”

Foto: Diana Méndez
Foto: Diana Méndez

Pero apenas ingresaron a la segunda sala del Museo, las piedras fluorescentes distrajeron las congojas.

La última vez que fui a ese museo, –antes del martes– ni siquiera entré. Bajé a su zona verde con mi papá para comer empanadas que compramos en la soda El Frontón, y exploramos el terreno.

Pero esa mañana, cuando intenté bajar a pie para recordar, un guarda muy amablemente me lo prohibió.

“Es por su propia seguridad. Por ahí anda mucho maleante”, me dijo.

Foto: Diana Méndez
Foto: Diana Méndez

Yo no sé si yo hubiese elegido la palabra maleante. La zona roja de San José –justo donde se ubica el Museo– no es peculiarmente conocida por sus asaltos. Sin embargo, el gesto se agradece.

Que este lugar –que alguna vez fue la Antigua Penitenciaría Central, en donde los reos tuvieron que comer ratas por el pésimo estado en que se encontraba la cárcel– sea ahora un espacio tan alegre, entretiene la mirada y el morbo.

Es como si, una vez que se inauguró el Museo de los Niños en 1994, las paredes expulsaron todos sus males a la calle y a cambio crearon juegos interactivos para educar a los más pequeños sobre los peligros del alcohol y las drogas con la ilusión de que la historia no se repita.

Pero todos sabemos que en la calle el mal sigue repartiendo besos y abrazos.

Aún así, no deja de ser curioso que dentro de la zona roja y los burdeles húmedos, un pez igual a Nemo y otro a Dory naden en peceras en una sala que educa sobre criaturas marinas y porqué no hay que tirar basura en la playa.

De alguna forma, y no como una mala indirecta, sino que con toda la intención del mundo, el Museo trata –a través de sus juegos y salas– de formar personas con un entendimiento integral y con un conocimiento básico en temas que, al parecer, no pasan de moda, como los beneficios de comer sano, lo que pasa después de una picadura de serpiente venenosa, o la forma correcta para lavarse los dientes.

Foto: Diana Méndez
Foto: Diana Méndez

Por eso hay una boca gigante con dientes del tamaño de una cabeza. En esa misma sala hay un cuadro con hitos importantes referentes al dentista. Ahí hablan de Concepción Cruz Mena, la primera mujer dentista en Costa Rica.

Ahora, hasta yo aprendí que Cruz nació el 7 de febrero de 1880 y estudió en Nueva York. Cuando regresó, trabajo en Heredia, San José, y Limón. Murió en 1961.

La demostración de los guías sobre cómo lavarse correctamente los dientes es simple pero efectiva. Todos los grupos de niños que pasaron por ahí ese martes, terminaron un poco más sabios.

Uno pensaría que, para un adulto, este tipo de lección no es importante. Pero lo es.

Talvez si yo hubiera prestado atención cuando fui pequeña, y algún amable guía me hubiera dicho que “los dientes para arriba y para abajo, y las muelas en círculo”, ahora podría ahorrarme escuchar a mi querida madre decirme, cada vez que nos vemos para tomar café “que las calzas ahora en el dentista están carísimas”. “Que la prevención es lo mejor”. “Que sí la cosa llega al nervio, hasta ahí llegó”.

* * *

Tenía tanto tiempo de no ir al Museo, que había olvidado lo infinito que puede parecer. Recorrer todo su espacio puede demorar entre dos o tres horas, o muchas más. Depende de la cantidad de detalles que se quiera recordar y apreciar.

Los guías, quienes en su mayoría trabajan medio tiempo, deben rotar por las 40 salas interactivas que tiene el museo.

Esto quiere decir que deben manejar ‘al dedillo’ toda la información, y un poquito más. Sus saberes van desde poder contar de qué trata la teoría del Big Bang hasta entender qué es la inflación.

Joel Alvarado tiene –“apenas”– cinco meses de trabajar como guía. Joel tiene 20 años y estudia administración. “Este es un trabajo muy bonito, nos exige liderazgo y en ocasiones hasta poner algo de orden”.

Lo cual tiene todo el sentido, en un día el Museo puede recibir aproximadamente, entre 200 y mil niños.

Pero ese montón de agudos chillidos plagados de vida, tienen un efecto positivo para los guías.

“Uno puede tener un mal día, que cuando comparte con los niños, termina alegre. Uno se contagia de ellos”, aseguró Estephanie García, quien estudia optometría, tiene 23 años, y lleva dos meses trabajando en el Museo.

“Todos los guías somos estudiantes. Es casi que un requisito para trabajar acá. El Museo tiene esa intención y por eso ofrecen los horarios de medio tiempo, y además nos ayudan mucho, sí alguien llega tarde porque tenía clases o exámenes, ellos lo comprenden”, dijo García.

Joel y Estephanie estaban encargados, en ese momento, de la sala de los dinosaurios, una de las últimas atracciones del Museo.

Foto: Diana Méndez
Foto: Diana Méndez

Este tema –en particular– no es tan novedoso, pero una vez ahí, observando estas inmensas máquinas que al parecer eran reptiles, algunos con las patas delanteras atrofiadas, uno se pone a pensar por qué murieron así. O si se enamoraban, o cómo se enamoraban o cómo enamoraban. O sí habrán intuido su muerte como lo hacen los cerdos que gritan en busca de piedad.

Nada malo trae darse una vuelta por ese lugar.

Entrar a la sala de luz y color abre un portal de nostalgia cuando el espacio sigue estando igual de oscuro que hace años, y aún se puede “perseguir la sombra”. También hay una pista de baile con espejos y una bola de colores.

Otra buena noticia es que la casa inclinada sigue ahí, solo que ahora se llama “la casa de Museíto y Museíta”.

Franklin Chang y Clodomiro Picado ya no están. El helicóptero está donde siempre y todavía se puede entrar. Ahora también hay un supermercado en miniatura para que los niños aprendan sobre cómo no morir de hambre cuando sean estudiantes de trasnoche, en la universidad. El lugar prepara para la vida real, me parece. Al menos tiene la intención de ahorrarnos una vida sustentados en la Maruchan.

Por ahora, el mayor reto de esa institución, según Ronny Jiménez, jefe de comunicaciones, es que el Museo vaya al ritmo que la mente de los niños.

“Tenemos que tratar de ir al lado de ellos, porque esos niños que ya vienen programados no se entretienen solo con tucos. Entonces, el Museo está tratando de alcanzarlos, tecnológicamente hablando”.

Pero esto no exime que el Museo todavía reciba adultos escépticos de que puedan divertirse o no.

 Sofía Hurtado de 4 años, disfruta hacer las compras en el supermercado del Museo.
Sofía Hurtado de 4 años, disfruta hacer las compras en el supermercado del Museo.

Eso sí, no importa cuantos años pasen, este lugar no pierde la vibra de los años en que torturó a sus prisioneros, y aún así sigue resucitando –a su manera– al niño interior.

Al final del recorrido, los pies están agotados y el cuerpo algo deshidratado, pero la necesidad de seguir alimentando la curiosidad es vital.

De salida nos topamos a Marcela y a Josué. Ninguno parecía estar de malhumor. Josué contó que se puso un sombrero de pirata y se asustó varias veces con unas momias en una sala.

Marcela estaba feliz.

“Ven, al final me dijo Josué que tenemos que volver, pero que la próxima vez, con uno más”.