Las barberías están llenas otra vez. Un negocio que parecía en extinción, recibe un nuevo aire gracias a los héroes más improbables de todos

Por: Dario Chinchilla U. 17 agosto, 2014
Paulo Cesar Montaño trabaja en la cabeza de Carlos Manuel Agüero, en la barbería Matiz, en San José. | PABLO MONTIEL
Paulo Cesar Montaño trabaja en la cabeza de Carlos Manuel Agüero, en la barbería Matiz, en San José. | PABLO MONTIEL

La última noticia que nadie se ocupó de dar es que las barberías estaban en peligro de extinción. Recordemos al viejo –cabecita blanca, gabacha blanca, brocha entalcada– domando las tijeras con una dignidad eterna. Desde las paredes de su negocio nos veían fotos de señores de bigote espeso. Sus modelos de cabello eran del tiempo de la inundación bíblica, algo así como el último grito de la moda de 1973.

Con la grosería del recuerdo, los barberos son –benditos sean– la encarnación de lo anticool ; o, más bien, lo eran hasta no hace tanto.

Ahora, una turba de muchachos agarró las barberías por asalto en la capital, en Limón, en los barrios del sur (¿en su barrio no hay una?). La barbería se ha convertido en un negocio tan omnipresente como la panadería. Ha sido una salida laboral para muchachos a quienes nadie nunca les prometió futuros brillantes. Aun así, terminaron siendo los emprendedores de la cuadra.

Con talento y una máquina de rapar, la muchachada no encontró trabajo: se inventó uno. Los más orgullosos elevan su oficio a la categoría de profesión; y otros, a la de arte.

Hubo un hiato de peluquería unisex entre el corte de Palito Ortega y el de Daddy Yankee; pero los sillones oxidados del barbero llegaron a aceitarlos los salvadores más improbables de todos. Renació un negocio viejo de hombres y para hombres. Eso sí, son nuevos barberos a quienes no hace tanto les empezó a salir la barba.

Nuevas reglas

Estamos en el negocio de César López. Es un local sin adornos: unos tres sillones, espejos y bancas para esperar si uno tiene el pelo largo y unos 20 minutos libres. Pongamos atención porque en esta primera parada en Guadalupe podríamos escribir algunas de las viejas-nuevas reglas del renacimiento del oficio.

César es un nicaragüense bajo y macuco, y luce un candado fino de pelo en la cara, dibujado al milímetro. Aunque solo tiene 35 años es uno de los veteranos de la nueva ola. Él ya traía de Nicaragua la práctica con tijera, y eso que llegó a Costa Rica cuando tenía 13 años. Primera regla de los nuevos-viejos barberos: son muchachos precoces.

“La barbería es corte para varón y para niño; no es combinado. Si uno habla de una peluquería unisex, eso ya es otra cosa”, sentencia César.

Él cuenta que la mayoría de los barberos de la zona empezaron en la barbería París, al lado de la mano experta de Julio Morales. Segunda regla: el barbero rara vez nace solo; casi siempre puede señalar a un mentor.

Ahí, esperando a un cliente, está Fermín Castro: pantalones anchos y una gorra de visera recta que deja ver sus sienes rapadas en degradación, o en sombra, como dicen en el negocio. Él también es nica, de 20 años, y llegó al país cuando tenía ocho. Dice que empezó a asomarse a la barbería a jugar Playstation (hay uno para los clientes); entonces se interesó, comenzó su aprendizaje hace unos cinco años, y desde hace un mes trabaja con César.

El modelo que se ha adoptado para este tipo de negocio es uno de libertad. Hay un dueño de barbería y no suele haber empleados, sino colegas jóvenes como Fermín, que revolotean por el negocio. Cuando empiezan a trabajar le pagan una comisión al dueño por cada corte (40% o 50%), luego pagan una cuota fija por día.

“Ya después de un tiempo, cuando ya tiene hecha su clientela, uno se tira solo”.

César explica las bases del oficio mientras le modela la cabeza a un cliente con una navaja. El parroquiano interviene y cuenta que él llega desde Tres Ríos a cortarse el pelo a Guadalupe.

Otra regla: la relación de lealtad entre un barbero y su cliente tal vez no sea la de una amistad con abrazo incluido, pero es de mucha confianza. No podría ser de otra manera con alguien armado con una cuchilla que le raspa a uno la yugular.

Desde la cancha

Las voces más proletarias de la música bling-bling y las cabezas más brillantes del deporte les sirven de inspiración a los barberos recargados. ¿Cuál es la última noticia que todos se ocupan de reportar en las nuevas barberías? : el último corte que “sacó” Cristiano Ronaldo.

En la barbería Kings of Shape, en Alajuelita, Marco Flores y Cristian Arroyo se asociaron después de haber trabajado juntos en otro negocio seminal en la comunidad, la barbería Fama.

Marco, de 23 años, está indignado por el nuevo corte que “sacó” Lio Messi: un estilo sin gradaciones en el que se nota el paso a desnivel que le dejó la máquina. “Es como que a usted le hubieran puesto una gorra y le hubieran cortado todo lo que se saliera”, dice el barbero, quien no puede creer cómo alguien “tan millonario” salga a la cancha con un corte así.

Él no reproduciría ese estilo aunque alguien se lo pidiera; su socio replica que él sí se atrevería, pero le advertiría al cliente que callara quién fue el criminal.

En el gremio de los barberos hay un orgullo en dominar la artesanía de los detalles más obsesivos. El saber “marcar” es una habilidad ineludible: el raspar con la navaja los contornos del cabello. Saber sombrear también es una muestra de habilidad: llevar el corte “de pelón a pelo” sin que se perciban cambios bruscos en la gradación.

Uno de los estilos que más está saliendo de las barberías es el medio mowhawk , no al estilo brusco de Robert De Niro en Taxi Driver , sino uno con todas las sombras de oscurecimiento gradual.

El hecho de que los cortes actuales sean tan cortos y tan detallados hace que muchos clientes visiten las barberías una vez cada 15 días, cada semana o cada cuatro días para darle mantenimiento a su estilo.

Dentro de la vibrante testosterona del negocio, los varones volvimos a tener permiso de ocuparnos del cabello y la barba; y ahora incluyeron las cejas entre los acicalamientos autorizados.

Carlos Vallejos, de Tico Barber Shop, trabaja detalladamente sobre el corte de Arnald McKenzie. | PABLO MONTIEL
Carlos Vallejos, de Tico Barber Shop, trabaja detalladamente sobre el corte de Arnald McKenzie. | PABLO MONTIEL

El barbero Juan Luis Astorga está seguro de que hubo una explosión de vanidad masculina que vino aparejada con el florecimiento de negocios como el suyo. Él tiene 26 años, los brazos tatuados, el pelo engominado con una carrera perfecta y una barba acicalada de patriarca.

Cuando visitamos su negocio, a un costado del parque de Alajuelita, estaba lleno de muchachos. Solo dos cortaban pelo, algunos esperaban turno, y el resto parecía solo estar ahí pasando el rato. El cuadro no es extraño en muchas otras barberías. Los hombres tenemos licencia para embellecernos, claro, pero también le damos una importancia tal que los centros de estética son los de reunión y de comidillas de barrio.

El negocio de Juan Luis tiene aspiraciones de huir del ambiente de las barberías de antaño; pero tampoco quiere transmitir un ambiente de fiesta juvenil que aleje a los clientes más conservadores, o a los padres y madres con niños.

“Hay otros negocios en donde lo que se ve es la ‘chatada’, los grafiti, la música a todo volumen. El concepto mío es de un lugar para convivir, para estar tranquilo y vacilar con respeto”.

Una visión idéntica tiene Javier Rojas, a quien encontramos puliendo frenéticamente las vidrieras de su negocio en Hatillo antes de que llegara el primer cliente.

“Si la peluquería tiene un buen ambiente, usted se casa con el barbero”, dice Javier quien, como muchos, empezó a cortar pelo en la casa, después a domicilio, trabajó en barberías y por último abrió su negocio propio en Hatillo.

“Aquí estamos rodeados de Aguantafilo, de la 15 y de Alajuelita, pero nosotros sabemos cambiar el chip”, dice Javier, con un pensamiento similar al de Juan Luis cuando dice que el suyo es un negocio donde trata de “dejar el barrio afuera”.

Javier, de 27 años, tiene estrella: habla casi antes de las preguntas y no oculta lo que ha significado su negocio Barber’s Zone.

“Esta profesión a mí me sacó de problemas, me ha dado mi casa, recuperé a mi familia, hice mi propia familia”, dice el barbero, y agrega: “Es una alternativa para jóvenes que no estudiaron, yo soy un caso (cursó hasta octavo año); yo no estaba perdido, pero ya me estaba perdiendo”.

Todos en el negocio de la barbería tienen una hipótesis de a quién le deben el florecimiento de sus negocios.

El empresario colombiano Raúl Montaño tiene 23 años de administrar negocios de peluquería. Él es dueño de las barberías Solo para Varones, en San José, el cual admite que es un modelo “industrializado”, con alrededor de 30 empleados. Lo que fue anticuando las viejas barberías, nos dice, fue la gran emancipación económica de las mujeres en los años 80, lo cual provocó una gran popularización de los salones de belleza unisex.

Del mismo modo, él piensa que las mayores libertades de los jóvenes varones de hoy para expresarse con sus estilos ha llevado a que las barberías vuelvan a ser un negocio floreciente.

El precio también puede ser un factor de popularidad. Mientras en un salón unisex a un varón se le cobra ¢5.000 o más; un corte en barbería cuesta ¢2.000 o ¢3.000.

Hay quienes dicen que los estilos vinieron de Estados Unidos; otros, como Javier Rojas, están seguros de que los cortes que hacen a diario en negocios como el suyo son puramente afrocaribeños: dominicanos, puertorriqueños y limonenses.

Teniendo a Limón a tres horas de San José era ineludible visitar la ciudad-puerto para ver qué tenían que decir quienes para muchos fueron los que se animaron a afilar de nuevo la navaja.

Barberos del Caribe

Vernor Gardner sabe de tradiciones. Él ocupa el viejo local de la barbería de Alfred Henry Smith (1917-2005), míster King, el creador legendario de los carnavales de Limón. Al mismo tiempo que honra la memoria del barbero viejo, le guarda un resentimiento.

En alguna ocasión, cuando apenas era un muchacho que “pelaba” en el corredor de su casa junto con su hermano Kermith en barrio Roosevelt, le mandó a decir al viejo barbero que los recibiera como aprendiz. Míster King le mandó a decir de vuelta que jamás, que no quería que unos muchachos destrozaran su negocio.

La ironía se materializa en su barbería mientras dos muchachos, si acaso veinteañeros, esperan clientes, y un tercero atiende a Floyd McLean, de 69 años, quien confiesa que no teme exponer su cabeza a la juventud.

“En Limón siempre hubo muchas barberías, desde que yo era pequeño, y lo de los jóvenes es bueno porque si algo falta aquí es trabajo”, reflexiona engabachado.

Vernor sospecha que él y su hermano son pioneros de la nueva ola de barberos jóvenes; y como cada quien tiene su propia versión del florecimiento del negocio, también el empresario Lloyd Swayers afirma que él y su esposa sentaron las nuevas bases de la peluquería como salida laboral para los muchachos limonenses.

“La barbería vino a ayudar a resolver parte de la problemática laboral de Limon”, dice el empresario.

En su negocio, a un costado del mercado, trabaja Bernie Núñez, de 30 años y con una sonrisa literalmente de oro. Dice que la barbería le ha dado el sustento a él y a sus cinco hijos, aunque se queja de que “la gente no quiere pagar lo que vale”.

Él empezó con las máquinas que le donó un amigo que salió a buscar mejor fortuna en un barco; y él mismo sueña con ir a trabajar a Guanacaste, donde dice que faltan barberos. Ha pensado en ponerse un negocio en playas del Coco o en Tamarindo. Por allá trabajó hace un tiempo y cobró hasta ¢15.000 por un dibujo. “Aquí la agarro toda si saco ¢8.000”.

Más allá de los cortes, el arte de los dibujos o free style es una cosa aparte. Él nos enseña en el celular un paisaje de playa que practicó en la cabeza de un cliente.

En la Barber Shop Free Style, a un lado del estadio, este tipo de diseños son especialidad de la casa. En su catálogo en Facebook se puede ver el retrato de Bob Marley, dragones, hojas de mariguana, una reproducción de Bob Patiño (de Los Simpson ) y una impresionante araña en la coronilla de un cliente, sentada sobre una red que se extiende por la cabeza.

Jordi Maxy muestra uno de los estilos que pueden hacer en Barber’s Zone, en Hatillo. | PABLO MONTIEL
Jordi Maxy muestra uno de los estilos que pueden hacer en Barber’s Zone, en Hatillo. | PABLO MONTIEL

Rodrigo Ruiz, conocido como Emilio, nos recibe en el negocio y nos dice que estos cortes son muy pedidos por niños y adolescentes. Unos cinco barberos que pasaron por su negocio, nos cuenta, se han ido a trabajar al Valle Central.

Este es un paso habitual para los barberos limonenses, similar al de los deportistas de su ciudad. De hecho, impresiona la cantidad de veces que se hace un símil entre el talento para la barbería y para el fútbol.

La partida

¿Recuerda la barbería París? Es aquella donde se formaron César López y un montón de barberos en Guadalupe. El jefe del lugar es Julio Morales, un señor bajo y regordete que con sus 63 años parece un barbero de toda la vida; pero no lo es.

Él llegó a dirigir la barbería hace unos 18 años, y confiesa que en aquel tiempo sabía muy poco de peluquería: “La escuela de la vida y la calle me enseñaron mucho”. Esto lo hermana con las nuevas generaciones.

Julio fue sabanero en Cóbano, en la península de Nicoya, y dice que no existe escuela para domadores ni para montadores, y que sin embargo él aprendió a serlo; lo mismo que con la barbería. El barbero veterano también ha debido aprender a hacer los cortes nuevos.

Los barberos formados en las salas y los corredores de sus casas, en la calle y a la orilla del barbero del barrio, tienen ese orgullo tan propio de quienes lograron una hazaña de la nada, solo con sus propias manos.

Hoy, los muchachos pueden pagar cursos en San José, Guápiles y Limón para que distintas academias les enseñen a hacer en un salón lo que sus colegas aprendieron con prueba y error. Sin embargo, los empíricos los ven con recelo: el mejor barbero se forja en el fuego de la calle, aseguran.

Como dijimos, no es raro que el barbero compare su talento con el del futbolista: una persona que a fuerza de entrenamiento logra el éxito; pero, eso sí, debe traer un talento innato.

Dicen que esa agudeza y un trato de confianza es lo que lo hace ganar clientes y, cuando calcula que tiene necesarios, se va con ellos. Esta costumbre aún resiente al veterano Julio Morales quien, por ejemplo, recuerda que, alguna vez, un antiguo pupilo se fue de su barbería con una lista de 260 clientes.

Las nuevas generaciones son más comprensivas con esta práctica. Por ejemplo, Juan Luis Astorga, de Alajuelita, dice que en los alrededores hay unas 15 barberías, y que entre ellas no existen rivalidades. “Más bien, los barberos que enseñan se alegran de que la gente se supere, y casi todos seguimos siendo compas”.

La Barber Shop Free Style hace magia en Limón con instrumentos que no necesariamente son patrocinados por la Hellen Curtis. | PABLO MONTIEL
La Barber Shop Free Style hace magia en Limón con instrumentos que no necesariamente son patrocinados por la Hellen Curtis. | PABLO MONTIEL

Este trato libre y sin resentimientos es el que en buena medida ha hecho que cerca de mi casa, y seguramente que cerca de la suya, haya una nueva barbería ahora y, si no, será mañana.

¿Y qué pasará cuando cambie la moda? ¿Podrá mantenerse el negocio con una estética masculina menos atenta a los detalles?

“Adaptarse o morir” fue, en resumen, la respuesta de los muchachos. Hay que tenerles fe: después de todo, fueron ellos quienes supieron cómo revivir un oficio en cuidados intensivos.

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