La historia del restaurante-mirador Ram Luna, en Aserrí, parece sacada de una novela de romance de aquellas de antaño, de amor sin prisas, trabajo duro y metas forjadas con temple de hierro. Y es que así sus fundadores, Gilber Ramírez y Moraima Aguilar, levantaron y sostuvieron tanto su matrimonio como su negocio desde hace 50 años.

Por: Yuri Lorena Jiménez 22 mayo, 2016
Los fundadores, Moraima Aguilar y Gilber Ramírez, cumplen 50 años de casados junto con el negocio. Para el éxito de ambas empresas han usado la misma fórmula, encabezada por un profundo respeto a los valores familiares y al trabajo arduo. | FOTO: MELISSA ROJAS
Los fundadores, Moraima Aguilar y Gilber Ramírez, cumplen 50 años de casados junto con el negocio. Para el éxito de ambas empresas han usado la misma fórmula, encabezada por un profundo respeto a los valores familiares y al trabajo arduo. | FOTO: MELISSA ROJAS

Incluso desde afuera, antes de entrar a la magnífica edificación de varios ambientes que alberga al Ram Luna, legendario restaurante-mirador que celebra medio siglo de existencia, se intuye que aquello va a ser como cruzar una suerte de umbral en el tiempo.

Esta es la entrada principal al restaurante, que a su vez tiene diversas salas y salidas al mirador y a otros ambientes. | FOTO: RAM LUNA/PARA LA NACIÓN
Esta es la entrada principal al restaurante, que a su vez tiene diversas salas y salidas al mirador y a otros ambientes. | FOTO: RAM LUNA/PARA LA NACIÓN

Máxime cuando quien nos recibe es un señor ataviado con un traje señorial, a la usanza de los caballeros de antaño, de esos usaban pañuelo en la solapa y un elegante sombrero.

Se trata de don Gilber Ramírez, quien, junto a su esposa Moraima Aguilar, empezó a darle forma, hace medio siglo, a toda esta historia que hoy se antoja monumental, dada la grandeza y belleza del lugar, en el cual se conjugan desde estancias repletas de antigüedades hasta salones con mesas preparadas para el más distinguido de los visitantes.

Esto sin hablar del magnífico mirador y sus distintos espacios, pensados para albergar desde nutridos grupos familiares hasta parejas de enamorados que eligen el Ram Luna para comprometerse en matrimonio en un idílico apartado del lugar, pensado específicamente para ese fin.

La historia de la pareja y la del Ram Luna están totalmente concatenadas.

Era la Costa Rica de los años 60, época que ahora puede parecer muy lejana pero a la que ellos regresan en un tris para contar cómo empezó todo.

Don Gilber, contador de anécdotas por excelencia, recrea cómo se enamoró de aquella “chiquilla” en la Santa Ana natal de ambos. De armas tomar desde siempre, desoyó los consejos de sus mayores y se casó con la hermosa ojiverde. Él tenía 25 y ella, 17.

Con toda la juventud y la vida por delante, estaban en sus primeros intentos por labrarse un futuro cuando supieron de un restaurante ubicado en Aserrí, carretera a Tarbaca, que había tenido buenos tiempos pero que estaba en problemas.

No lo pensaron mucho y, en mayo de 1967, se instalaron en aquel terreno totalmente rural, empotrado en la montaña salvo por un camino de lastre, y donde aún no había llegado la electricidad.

La faena que tenían por delante era ardua, casi una quijotada. Pronto se percataron de que el negocio que habían tomado estaba a punto de derrumbarse.

Don Gilber y doña Moraima se turnan para resumir sus luchas y triunfos en unas horas, acompañados por sus tres hijos, Daniela, Michelle y Gabriel, y por varios de los nueve nietos que tienen al día de hoy.

Al principio, fueron tiempos duros. Sus anécdotas evocan inevitablemente pasajes de La casa de la pradera , aquella serie setentera sobre los Ingalls, una familia unida y luchadora que se abrió paso ante las tremendas dificultades que enfrentaban los pobladores de la Kansas rural en los Estados Unidos del siglo XIX.

Mientras él reparaba y reconstruía el restaurante, tronco por tronco, tabla por tabla, Moraima le ayudaba en todo lo que podía y más: incluso aprendió a manejar y bajaba a Aserrí a distribuir la leche que obtenían de unas cuantas vacas que compraron.

Por lo que cuentan, fueron tiempos muy duros. Viéndolo en retrospectiva, tras admirar el magnífico compilado de ambientes que tiene el enorme complejo, se entiende que aquello de trabajar como hormigas en equipo y sin parar, fue lo que deparó el próspero negocio y, paralelamente, la unida familia que tienen hoy.

Cuando finalmente abrieron el restaurante, tuvieron que hacer milagros para no desfallecer. Al principio, los clientes y el dinero entraban a cuentagotas, pero, de nuevo, la paciencia de los dos y el enamoramiento a primera vista que tuvieron con aquella tierra, en la que querían ver crecer a sus hijos, pudieron más que las carencias.

Decidieron aguantar y trabajar. Obviamente, tomaron la decisión correcta.

Un agasajo a los sentidos

Al regresar al presente, en el arranque de las celebraciones por el cincuentenario del Ram Luna, alucina todo lo que alberga este restaurante-mirador-museo-salón de baile-centro de eventos y, sobre todo, casa familiar.

Porque hay que decirlo: los Ramírez Aguilar han logrado impregnar cada rincón de esa vibra cálida y familiar que expelen ellos, desde los fundadores hasta los hijos y los nietos mayores. Por eso, los clientes son sus amigos y muchos de ellos, con décadas de frecuentarlos, son casi como parientes.

La cocina tradicional preparada con esmero en el sabor ha sido su bastión desde el principio, aunque siempre están pendientes de innovar en el menú, sin renunciar a sus recetas originales (como los famosos frijoles molidos de doña Moraima).

Amantes de las tradiciones, los Ramírez Aguilar fueron incorporando espectáculos folclóricos como el Tierra tica , que se presenta desde hace 20 años los martes y los miércoles. El menú de espectáculos criollos incluye la presentación de cimarronas y payasos, o shows de bailes originarios de distintos puntos del país.

El mirador, ubicado a 1.700 metros de altura, es por supuesto uno de sus grandes atractivos. La familia no deja nada al azar: cuando el frío arrecia afuera, proveen de unas cómodas y calientes frazadas a sus visitantes.

Más de 30 familias, directa o indirectamente, están empleadas en el negocio y, con gran orgullo, don Gilber cuenta que la mayoría tienen “añales” de estar trabajando ahí. Para ellos, asegura, sus colaboradores son parte de una gran familia.

En este romántico apartado se han comprometido decenas de parejas. | FOTO: MELISSA ROJAS
En este romántico apartado se han comprometido decenas de parejas. | FOTO: MELISSA ROJAS

Un detalle curioso es el origen del nombre: resulta que el papá de don Gilber, Gonzalo Ramírez Luna, tenía un almacén llamado así. Quizá como una especie de simbolismo, la pareja decidió bautizar el lugar con una abreviatura de los apellidos.

Por supuesto que han pasado tiempos difíciles, incluso cuando ya el negocio estaba montado y rebosaba en prestigio; por ejemplo, durante la crisis del 2009 o una temporada de derrumbes que hubo en el 2010 en la zona. Salieron bien librados con la misma fórmula con la que arrancaron: amarrándose la faja, poniéndole más cariño aún y uniéndose entre la familia para amainar las tormentas.

Mientras desgranan su historia, ambos insisten en que la solidaridad y el respeto que se profesaron como pareja desde el día en que se casaron, ha influido muchísimo en el devenir de este negocio.

De la seguidilla de ágapes y celebraciones que se vienen a partir de este mes de mayo y durante todo el año del cincuentenario da cuenta la página del Ram Luna en Facebook.

De la fórmula que los sostiene vigentes, asidos a las tradiciones pero en constante crecimiento, habla don Gilber: “Todo lo hemos hecho juntos. Ella era una chiquilla cuando me dijo que sí se casaba conmigo y yo prometí cuidarla. De alguna manera hemos logrado mantenernos como detenidos en el tiempo, no estancados, que es diferente. Pero sí hemos logrado evitar que el acelere con el que se vive ahora no nos contamine primero a nosotros, como familia, y luego al negocio, y a nuestros clientes y amigos. Será por eso que todo el mundo nos dice que vienen aquí y salen como renovados, en todo sentido”, dice este señorón de verbo firme y educado, mientras mira embelesado a su inseparable Moraima.