Por: David Goldberg J. 7 julio, 2014

Santos, Brasil. La eliminación del Mundial del sábado ante Holanda ahora sí caló bien hondo. Ya la tristeza dejó su huella en el caminar, en el gesto y en el verbo.

Pasó exactamente como cuando uno está en una “mejenga”, se lleva un golpe y por estar caliente y con adrenalina, no le duele absolutamente nada; pero al segundo día, hasta cuesta salirse de la cama. A ver cómo se amanece hoy...

Los jugadores de la Selección en la tanda de los penales. | AP
Los jugadores de la Selección en la tanda de los penales. | AP

Claro, el orgullo y la satisfacción de ver un equipo tico jugar de la forma corajuda que lo hizo no se borra, pero es que faltó tan poco...

No voy a venir a decir que la Selección merecía clasificarse entre los cuatro mejores del planeta por encima de Holanda, porque sería una vil mentira. Nos dominaron y sufrimos más de lo permitido por la medicina, pero es que en penales puede avanzar cualquiera. Lo hicimos ante Grecia (y ojo que no estoy de acuerdo en que sea suerte).

Imagínense lo que sería estar hablando en este momento de Costa Rica en una semifinal mundialista y, tras de eso, ante Argentina.

Imagínense lo que sería tener al alcance de la mano una final en el Maracaná y quizás ante Brasil. Es que el trofeo había empezado a aparecer en el horizonte...

¡Aaaah, qué m...al! Dan ganas como de gritarle un poco a la almohada para desahogar. Mejor aún, consumido en una piscina, donde ahí sí no se oye nada. Creo que eso es lo que hace falta para recuperarse. Es la Arcoxia 120.

Uno quisiera confiar en que en cuatro años, en la edición de Rusia 2018, se puede aspirar a lo mismo, pero se ve bien difícil repetir esta experiencia ¡Qué necio que es uno! ¿Verdad? ¡Qué incrédulo!

Ojalá se pueda. No me importaría estar así de triste otra vez por estas mismas razones.