Estamos en todas las vitrinas del mundo. Somos Costa Rica y no estamos acostumbrados a la gloria del fútbol. Esto es nuevo. Esto es cosa de otro mundo.

Por: Arturo Pardo V. 5 julio, 2014

Estamos en todas las vitrinas del mundo. Somos Costa Rica y no estamos acostumbrados a la gloria del fútbol. Esto es nuevo. Esto es cosa de otro mundo. Acá la fiesta nunca antes había durado tanto. La sonrisa hoy se hace eterna.

Cada mañana le damos las gracias Keylor o a Umaña. Los aplausos van para Bryan o Duarte. La ovación para Joel o Yeltsin. Las loas para el "profe" Pinto. Las calles se visten con tres colores. El júbilo rompe la distancia etárea, destruye las barreras socioeconómicas, se deshace de la etiqueta. La celebración se pone camiseta de la Sele: la más nueva, la del 2002, la de Italia 90. Todas se portan con el mismo entuasiasmo.

Llega el gol. Repartimos lágrimas, compartimos la "nervia", nos invade la adrenalina. Se desborda frente a la pantalla grande y más tarde se traslada hasta la rontonda de la Hispanidad. Nos abrazamos con desconocidos, le gritamos madrazos al árbitro en un coro de compatriotas. Celebramos a lo tico. Nos ahogamos con el chifrijo, derramamos la cerveza. Nos pegamos la banderita en la frente. Nos pintamos la cara. Nos hermanamos como nunca. Nos olvidamos de dónde vinimos. Solo sabemos para dónde vamos. Pegamos un brinco. Gritamos en el aire. A lo lejos, le estrechamos la mano a la Sele: ganamos todos.

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