Por: David Goldberg J. 15 junio, 2014

Fortaleza, Brasil. Lloré. No mucho, pero lloré. Dos o tres lágrimas se me salieron ayer sentado en la tribuna de prensa del enorme estadio Arena Castelão.

La norma personal siempre fue la cordura. Mi salario no sube o baja si la Selección Nacional gana o pierde, pero la emoción fue demasiada. No recuerdo la última vez que eso me pasara de felicidad.

Pero no importa. El colega brasileño que tenía a la izquierda y el japonés que tenía a la derecha sabían bien lo que estaba ocurriendo: historia. Vaya experiencia para ser mi primer partido en vivo en un Mundial Mayor, ¿verdad?

Marcos Ureña sentenció el juego con el 3-1. La locura fue total. | EFE
Marcos Ureña sentenció el juego con el 3-1. La locura fue total. | EFE

Fue apenas cayó el 3-1 de Marcos Ureña. Fue cuando todos los aficionados locales en reducto de la ciudad de Fortaleza se abalanzaron en favor de la Tricolor, uniéndose al coro de la marea roja. “Ole... ole... ole...”, gritaron estos entendidos en el tópico del buen fútbol.

Fue una descarga de muchos sentimientos acumulados en 90 y tantos minutos de una jornada que dio un vuelco cuando sonó el Himno Nacional, que de paso, FIFA insiste en cortar. Alguien en la Federación Costarricense de Fútbol debería reclamar dicha situación.

Es que antes de eso, la exigencia laboral no había permitido decir: 'ok, empezó el Mundial'.

Perseguir aficionados uruguayos y ticos para conocer su criterio entre un calor infernal y la falta de costumbre del saco se había llevado toda la concentración.

Pero cuando empezaron a aparecer los futbolistas con los ojos cerrados en la pantalla gigante del reducto, la ansiedad y los nervios tomaron posesión.

Luego la reunión del centro, luego el penal pitado, los no pitados, el empate, el 3-1... Soy periodista, pero primero fui tico.

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