Por: Gabriel Vargas B. 3 junio, 2014
Con 11 años Celso ganó un torneo internacional con Saprissa. | MANUEL VEGA
Con 11 años Celso ganó un torneo internacional con Saprissa. | MANUEL VEGA

Enemigo de los apodos, al menos cuando son para él, y con una pasión musical escondida: tocar batería. Así es Celso Borges Mora.

El cumiche de la familia, hijo de Alexandre Borges Guimaraes y Lina Mora, nació futbolista.

Su hermano Mauro es cineasta, pero Celso siguió al pie de la letra aquello que se propuso desde niño: “Seré futbolista y llegaré a Primera División”.

Lo quiso así y no precisamente por nacer en familia futbolera. Su abuelo paterno, Fernando Mora, fue jugador del Club Sport La Libertad, y su padre, el famoso Guima fue jugador de Saprissa, la Selección Nacional y entrenador.

“A él nadie le ha regalado nada, todo se lo ha ganado. Desde que nació sabía que quería ser futbolista”, dijo Lina Mora, madre de Celso.

Aunque puso a prueba otras habilidades, todo terminó siempre con un balón en sus pies.

“Quisimos meterlo en clases de piano, de karate, para que él decidiera que le gustaba y que después no dijera que lo obligamos”, recuerda Mora.

“¡Pero qué va! Un día llegué antes a recogerlo a la clase de piano, no lo vi y pregunté por él y me dijeron: Está allá jugando fútbol con el hijo de la pianista”, recordó entre risas la madre de Chel.

Hasta el propio Guimaraes recordó entre risas aquellas tardes de clases de karate.

“A las clases de karate iba todo el grupo de amigos del condominio, el anzuelo para que fuera era que al final comprábamos helados, pero la clase de karate siempre terminaba en mejenga”, explica Alexandre.

Celso Borges siempre les hizo saber a sus padres que sería futbolista profesional, por ende, el estudio nunca fue su pasión.

“Aún así siempre fue un buen estudiante, de buenas notas, nunca se quedó, nunca presentó ni nada por el estilo”, dijo Lina.

Los más cercanos a Celso coincidieron en que la torpeza en sus manos contrasta con su habilidad para tocar la batería.

No solo su mamá Lina, sino que hasta su mejor amigo, casi hermano desde que tienen uso de razón, Renato Coto, resaltó que a Celso no lo dejan ni lavar un vaso, porque el riesgo de que lo quiebre es alto.

“Es muy torpe con las manos, a veces cuando ayuda a cocinar se corta, es increíble”, contó Renato Coto.

Ya de adolescente apareció, sin que nadie lo esperara, una atracción en serio por la batería.

Aunque de pequeño tuvo algunos tambores de juguete, Celso nunca mostró mayor interés como el que tuvo a eso de los 15 años.

“Le compramos una batería, le encanta, inclusive él allá en Suecia tiene una y toca”, explicó Lina.

Ese mismo compás con el que Celso recupera y distribuye el balón en el medio campo de la Tricolor, lo hace despejar todo su estrés sentado frente al bombo, redoblantes y platillos.

Lejos quedaron las clases de piano y de karate, lo suyo eran los bolillos y el retumbo de su batería.

El patito de la fiesta. “El mismo Celso que ven ahora, en comerciales, bromista, alegre, ese mismo ha sido desde pequeño”, rescata Lina.

Pero el número 5 de la Selección Nacional tuvo que lidiar contra las bromas y pagar el derecho de piso desde muy niño.

“Él era pequeñillo y gordo, siempre lo molestábamos. Además, era el menor del grupo, entonces, siempre tuvo que jugar contra otros mucho mayores que él, eso le forjó mucho carácter”, contó su amigo Renato, justo en el planché donde vivieron sus mejores momentos de infancia en Llorente de Tibás.

“Siempre patón, antes se le notaba más porque era pequeño, le decíamos cuerpo extraño jajaja”, agregó Coto.

“Pero es curioso, porque lo de narizón fue ya cuando comenzó a crecer que se le estiró”, añadió entre risas.

Ser el patito de la fiesta, como dice Renato Coto, lo llevó a experimentar como portero en las mejengas del barrio. Le gustara o no tenía que hacerlo.

“Un día me pidió una camisa de portero y unos guantes, y estaba todo contento”, explica Lina Mora.

“No era tan malillo, pero sí le gustaba más jugar al campo, sin importar si los rivales eran mayores que él”, dijo Coto.

Esa ley de que el nuevo y menor en edad le tocaba atajar en los partidos era estricta, pero Celso no se arrugó, y esa torpeza con las manos de la que hablan sus allegados se quedó lejos del marco; Chel atajaba casi todo.

“De pequeño le decíamos Chel, pero a él no le gustan los apodos, nos pedía que por favor no le dijéramos así para que de grande cuando fuera jugador lo conocieran por el nombre y no por su apodo”, explicó Renato, quien es dos años mayor.

No obstante, para muchos aficionados seguirá siendo Celsinho , como le llaman de cariño por sus raíces brasileñas.