10 julio, 2014

Río de Janeiro. EFE Con mucho humor y cierta dosis de oportunismo, el argentino Edgardo Norberto Andrada cargó durante un tiempo tarjetas que lo presentaban como el meta al que Pelé marcó el milésimo gol de su carrera.

La fama le llegó a Andrada sin esperarla gracias al penal que no atajó a los 78 minutos del partido entre Vasco da Gama y Santos, aquel 19 de noviembre de 1969, en el estadio Maracaná.

Por su parte, el brasileño Moacir Barbosa Nascimento, seguramente cargó hasta el último día de su vida, el 7 de abril de 2000, con la culpa de las generaciones que lo tornaron como el peor de los incomprendidos.

Esto por el gol que le convirtió el uruguayo Alcides Ghiggia a falta de 11 minutos para el fin de un partido que se jugó el 18 de julio de 1950. No era un partido cualquiera, era la final de un Mundial, como el que se juega actualmente, 64 años después, en el mismo territorio brasileño.

Bastaba un empate para que Brasil se alzara con el primer título mundial de su historia. El 1-1 parcial estaba a la medida.

Ante Barbosa no se paró Pelé, como le ocurrió a Andrada.

Pero apareció Ghiggia... Su remate venenoso entró como una puñalada entre la pierna del moreno portero de apenas 174 centímetros de estatura, y el vertical.

El título se quedó con la Celeste y Ghiggia construyó el mito del Maracanazo sobre las ruinas de Barbosa. “La máxima pena para un crimen en Brasil es de 30 años. Yo pago por aquél gol hace 50”, lamentaba hasta antes de su muerte.

Barbosa murió a los 79 años, 14 antes de lo que desde el martes podría llamarse el Mineirazo por la inmisericorde paliza de 7-1 infligida por Alemania a Brasil.

Nadie podrá decir que este 8 julio vio el fantasma de Barbosa por Belo Horizonte, o rondando la portería de Julio César. Quizá llegó la hora de decir 'amén' para que, ahora sí, Barbosa descanse en paz.

Etiquetado como: