Cuatro días antes de que la Selección se estrenara contra Uruguay, Dave Myrie recibió una llamada que lo llevó de Tamarindo a Sao Paulo

Por: Danny Brenes 14 junio, 2015
A las 4:30 de la tarde, Myrie recibió el llamado a la Sele. Cuatro horas más tarde, ya volaba hacia Brasil.
A las 4:30 de la tarde, Myrie recibió el llamado a la Sele. Cuatro horas más tarde, ya volaba hacia Brasil.

El 10 de junio fue un día de intensidad geográfica para Dave Myrie. Tan pronto bajó del vehículo que los condujo a él y a sus compañeros del Club Sport Herediano hasta Tamarindo, Guanacaste, se puso a entrenar. Eran tiempos de pretemporada para el club, que viajó a la playa para realizar trabajos físicos tras haber finalizado en tercer lugar durante el torneo de Apertura 2014 –el ‘Team’ cayó en semifinales ante Alajuelense, que luego perdería la final contra el Saprissa–. No sería, en cualquier caso, una pretemporada convencional, porque los años de Mundial nunca lo son.

Mientras corría por tierra guanacasteca, llegaron a sus oídos voces distantes. Pensó que decían ‘Andrey’. El eco provenía de la garganta de Roberto Carpio, vocero del Herediano, quien le buscaba con desesperación. Tenía que darle una noticia: la más importante de su carrera –hasta entonces–. Mientras Dave corría hasta el teléfono que Carpio sostenía, varios de sus compañeros –como Víctor Núñez– comenzaron a gritar la palabra mágica: Brasil, Brasil.

El destino jugaba de pared con Myrie. A 5.600 kilómetros de distancia, en la ciudad de Santos, Brasil, los resultados de un examen físico confirmaban lo que el cuerpo técnico de la Selección Nacional temía. Durante un entrenamiento, a Heiner Mora –lateral derecho de Saprissa– le traicionó el talón derecho y sufrió una microfactura que sería definitiva para sus ilusiones de jugar durante el mundial.

Lo que siguió fue un huracán, cuyo ojo se encontraba en Brasil y su cola en Tamarindo: Dave Myrie recibió la segunda llamada más importante de su vida a las 4:30 p. m.; su avión al sur salía a las 9 p. m. Había que moverse rápido. No fue posible encontrar una avioneta; tocó pagar un taxi. En el camino, un aluvión de llamadas: su madre y su hermano le felicitaban, mientras Dave recordaba la memoria de Delroy, su padre, fallecido cuatros años antes; la prensa bombardeaba su teléfono, que dejó de funcionar. Dave tuvo que pedir prestado el celular a su taxista. De una llamada dependía su vuelo: si Esteban, un amigo con quien compartía apartamento, no le llevaba su pasaporte al aeropuerto, toda la operación fracasaría.

El último de los convocados
El último de los convocados

“El grupo estaba muy motivado. Queríamos escribir nuestra propia historia, dejar atrás la gesta de Italia 90”, recuerda Dave un año después de su sorpresiva convocatoria. Dice que con Heiner no hubo problemas; ambos sabían que no había mala sangre: la situación había sido una sorpresa.

Vivir un mundial sin jugar es duro. Por eso, Dave tiene muy claro cuál ha sido el mejor momento de su carrera. Mejor que levantar títulos con el Herediano; mejor, incluso, que recibir la llamada mágica de aquel 10 de junio. Ocurrió el 5 de julio, durante el choque contra Holanda en cuartos de final, cuando, al minuto 79 de juego, Jorge Luis Pinto echó un vistazo a la banda y dijo: “Myrie, te toca”.