Por: Kenneth Hernández Cerdas 25 noviembre, 2016

San Rafael de Alajuela

La cabellera de Óscar Ramírez ha ido perdiendo el tono rubio que lo ha acompañado de por vida; hilos grises se asoman con mayor intensidad en la cabeza del hombre que guía la Selección Mayor.

Ya pasaron 464 días desde que se puso la camiseta de entrenador nacional; admite que la carga no es sencilla, el puesto le ha dado popularidad nacional, pero también una dosis adicional de estrés propia del cargo que ocupa. Las canas lo delatan.

Es un hombre natural, sin poses, que a sus casi 52 años (los cumple el 8 de diciembre) usa traje entero a regañadientes, ya que prefiere la comodidad de la ropa casual.

Tampoco se adorna con palabras rebuscadas; cuando lo hace, sin querer, termina haciendo una mezcla de ideas que se convierten en una especie de laberinto al que cuesta encontrarle la salida.

Así es el Macho, un hombre sencillo, natural, que confiesa, le importa más hacer bien su trabajo en la Sele que el qué dirán de él.

Acepta que ser el timonel patrio ha significado un cambio en su vida, especialmente por la notoriedad de su figura y la importancia que reviste su labor.

"Sé que ahora tengo un poco más de atención de la gente; principalmente en el barrio donde yo me manejo, a veces salgo en saco y corbata y veo las miradillas medio de asombro de algunas personas cómo preguntándose para dónde irá este vestido así", cuenta con trasparencia total.

También reconoce que lejos del barrio belemita donde vive, la situación es otra. "Cuando voy a lugares más públicos la cosa cambia, hay más atención, me piden fotos. Uno ya sabe de qué se trata porque soy una personaje público, por así decirlo".

Cuando sale a comer, prefiere hacerlo en familia, ya que "si voy solo, probablemente la gente me empieza a asediar, mientras que si estoy con la familia y los chiquillos me respetan más el momento".

Por esta última razón no es de andar en multitudes o visitar un centro comercial. Le gustan las charlas privadas y se confiesa hasta tímido.

"Soy timidón, pero cuando agarro confianza soy tremendo", expresó entre risas.

Esa timidez la hizo a un lado semanas atrás cuando le tocó grabar un comercial para una empresa ferretera.

"Lo que me ayudó fue que me dejaron ser espontáneo, por eso salió como salió. Si a mí me ponen una directriz de lo que tengo que hacer me trabo todo. Cuando agarré el manejo de la máquina (hizo de cajero) todo iba bien, pero si hacían una pausa, me costaba retomarlo".

Prosiguió: "También está el tema económico, pero no lo vi tanto por ahí, me la plantearon como cajero y me gustó".

Ir al estadio a ver un partido nunca está en sus planes. Simplemente no le gusta. "La gente te mete conversación, te tocan la espalda y al final lo menos que viste fue el partido. Te distraen mucho, por eso me acostumbré a grabar los juegos".

¿Ya se acostumbró al traje y a la corbata?, le preguntó La Nación en la charla que sostuvo con él ayer. Su respuesta fue puntual.

"No me gusta, no sé, me siento incómodo, pero ya es un tema superado y al que me acostumbré. Lo hago porque sé que es un formalismo", dijo.

¿Hay una marcada diferencia del trato de la gente de cuando era técnico de Alajuelense a ahora al frente de la Selección?

"Sí, es que ahora hay más volumen de gente, antes el liguista te hablaba y se acercaba más, ahora, por ser nacional no hay colores. Ya son años de estar en esto del fútbol y sé la connotación que tiene".

Ocupar el puesto de entrenador patrio significó para Ramírez acostumbrarse al trabajo de oficina, una labor que pocas veces realizó años atrás. Él se impone un horario en la mañana y habitualmente los viernes los tiene libre, lo mismo, su cuerpo técnico.

"Normalmente a las 7:30 a. m. ya estoy aquí en mi oficina (Proyecto Gol), tengo una agenda para desarrollar, después me voy para mi casa y me doy mi espacio. Y si hay algún problema, trato de buscarle la mejor solución y sobre todo tomar decisiones rápidas, quizás eso me ha costado un poco", contó.

"Siempre estoy vigilante de todos los jugadores, de si juegan o no, si hay alguna lesión, de ver partidos nuestros y de los rivales para ir planificando lo estratégico"

Macho acepta sin titubeos la complejidad de su labor. "Ser técnico es una profesión de mucho estrés, aunque trato de llevar mi vida lo más simple, sin meterme más presión de la que ya tengo. Debo sentirme a gusto en lo que hago sin pensar en lo que algunas personas digan".

Ramírez subraya que la mejor forma de descrifrar al rival es analizar con lupa cada partido. Y por ello dedica horas a revisar videos. Aunque a diferencia de cuando dirigía a la Liga, ahora dispone de más tiempo para espiar a sus oponentes.

"Como los juegos eran domingo, miércoles, domingo, me pasaba viendo fútbol todo el tiempo, por eso, esos cinco años se me pasaron rapídisimo. Era ir al estadio, entrenar y jugar, sumado a ello las concentraciones, la verdad era muy pesado", reseñó.

Sobre la comunicación con el Real Madrid, donde juega Keylor Navas, admite que nunca ha hablado con Zinedine Zidane, el trato es directo con el guardameta, en esto también le ayuda Luis Gabelo Conejo (preparador de porteros) y si hay alguna lesión es el médico de la Selección, Alejandro Ramírez, quienes coordina todo de "doctor a doctor".

"Si algún día me tocara ir a visitarlos pues quizás hable con él (Zidane), pero de momento no".

El estrés sube...

Macho insiste en que dirigir a la Sele significó un respiro por la distancia entre partidos, un detalle que ha beneficiado a su familia al darle mayor calidad de vida.

No obstante, recalca que la presión aumentó porque "ahora se trata de algo nacional, es más difícil y estresante, pero igual se disfruta".

¿Cuánto aumenta el estrés en días de eliminatorias?

"Mucho", dijo para explicar que "aún y cuando las cosas salieron bien, uno guarda algunas sensaciones y emociones, dos días después del último partido (con EE. UU.) me costó conciliar el sueño. Tenía todo encima y lo fui liberando poco a poco. Fue como hasta el tercer día que me sentí relajado, pero fue muy bravo".

De la parte familiar contó que cuando hay juegos de la Mayor casi no habla con su esposa (Jeannette Delgado) e hijos (Óscar Andrés, 23 años; María Karina, 21; Juan Ignacio, 19; y Andrés, 14), ya que la concentración es casi implacable.

"En la casa estamos claros; con la doña de vez en cuando hablamos en la noche. Ella sabe, si yo llamo es porque estoy buscando la comunicación o por algún favor. Ella trata de no molestarme con situaciones de la casa porque sabe que cuando estoy en la Selección estoy metido de lleno. (...) Los días de partido ella viene y me trae el traje que voy a usar, hablamos un poquito y se va rápido. No puedo darle mucha bola".

Para comunicarse con sus hijos lo hace a través de un chat de WhatsApp, en el que les da los buenos días o les desea buenas noches; de ser necesario los llama.

También recordó que es tan sigiloso con su trabajo que situaciones puntuales de la Tricolor no las habla con sus hijos. Contó una anécdota con el menor de ellos, Andrés, el más futbolero de todos.

"El chiquitillo pregunta algunas cosas, pero debo tener tacto porque si digo algo que estoy pensando, quizás por su edad se le puede salir. Hace preguntas de chiquillo y yo le advierto 'ojo con lo que estoy hablando'. La verdad sí tengo ese cuidado".

Precisamente a sus hijos les inculcó desde pequeños que debían aprender inglés, irónicamente el idioma que ha sido una piedra en el zapato toda su vida.

"Para mí, el inglés es loro viejo, en exámenes escritos saco 100, sé los verbos en pasado, presente y futuro, todo eso, pero ya cuando es de hablar no tengo buen oído, no sé qué ha pasado o si no me he interesado lo suficiente. Es una deficiencia mía, pero traté de que no fuera la de los chiquillos. Ellos ya se la juegan".

Por último, Ramírez dejó al descubierto una de sus facetas más intimas: la espiritual.

"Tengo un hábito, todas las mañanas cuando me levanto hago las lecturas bíblicas del día, tengo un librito de meditación de acuerdo al día. La verdad, a veces no me da tiempo y salgo rápido de la casa, pero al día siguiente cuando tengo el espacio hago las dos lecturas. Siempre estoy muy agarradito de Dios, eso me da mucha paz y me guía porque a veces el manejo es difícil. Se han dado situaciones en las que yo digo 'me está ayudando este hombre'.

¿Va a misa? "Sí voy, pero cuando estamos concentrados me queda difícil ir. De hecho antes me confesaba, pero si un domingo no podía ir a misa se me hacía un enredo, por eso trato de mantener la parte espiritual de las mañanas".