El 29 de junio del 2014, la Selección Mayor de fútbol de Costa Rica escribió su página más brillante, al clasificarse a cuartos de final de una copa del mundo por primera vez. El puntillazo llegó en la tanda definitoria ante Grecia. El penal que lanzó Michael Umaña; el gol que vivimos todos.

Por: Danny Brenes 17 junio
Pasaron 77 segundos entre la tapada de Navas y el gol de Umaña que nos catapultaron a cuartos de final del Mundial por primera vez. | FOTO: AP
Pasaron 77 segundos entre la tapada de Navas y el gol de Umaña que nos catapultaron a cuartos de final del Mundial por primera vez. | FOTO: AP
I

Antes de empezar su carrera hacia el manchón de penal, la cámara de televisión hace un acercamiento a su rostro y se queda allí, con él. Respira tranquilo, primero, y luego deja escapar una exhalación profunda: un resoplido final antes de correr hacia el balón y hacia el destino.

Unos segundos antes, arrodillado junto a sus compañeros mientras en las gradas se forma un griterío, escucha al capitán del equipo, Bryan Ruiz, preguntar en voz alta: ¿Quién sigue?

¿Quién sigue? Sigue él. Se pone en pie para asumir su responsabilidad y caminar los 36 metros que separan el punto medio del terreno de juego y el borde del área grande, donde lo esperan el árbitro y el portero Orestis Karnezis. Antes de marchar, echa un vistazo a sus compañeros. No hace falta que digan nada, la esperanza que todos depositan sobre sus hombros y su pierna derecha se escuchan como un rugido mudo: “Por favor, métalo”.

No tiene mucho tiempo para meditar lo que implicaría, en efecto, meterlo; pensar en fallarlo no es una posibilidad siquiera. Mientras camina hacia la pelota, su mirada se convierte en una cámara cuyo foco se va cerrando poco a poco hasta que todo desaparece de sus ojos salvo una cosa: la pelota. Una bola es igual en todas partes, en el potrero mejengueando y en los octavos de final del Mundial.

No piensa que millones de personas en su país esperan ansiosos que su botín termine de construir ese sueño que se yergue frente a ellos. No piensa que los narradores dirán al aire lo mismo que pensaban sus compañeros: “Por favor, métalo”.

En cambio, pensará en lo que soñó la noche anterior: que le tocaba pasar por este momento preciso. Pensará que desde las 11:45 de la mañana del 16 de julio de 1982 –la hora bendita en que lo parieron– estaba preparándose para este momento decisivo. De pronto, la tensión y la ansiedad no existen porque en sus sueños ya esta prueba fue superada. Sabe hacia dónde va a patear. Sabe que va a entrar.

Michael Umaña resopla y comienza a correr.

II

Theofanis Gekas ejecuta el símbolo universal de la mala fortuna: agacha la cabeza.

Al hacerlo, es como si todo él entrara a un agujero negro: un sitio en el que no hay luz ni ruido alguno, solo existe el vacío. Gekas no quiere escuchar el escándalo de miles de personas de pie alrededor suyo ni el grito de decenas de comentaristas de televisión y radio alrededor del planeta que multiplican su desdicha en decenas de lenguas. No quiere escuchar llanto, ni siquiera el propio.

En Canal 7, Kristian Mora dijo para la historia “Bendita la hora en que te parieron”. Fue a las 11:45 a. m. del 16 de julio de 1982.
Su familia se arrodilló frente al televisor, rezando mientras él se prestaba a lanzar el penal; decenas de camisas con el número 4, pidiendo porque esa pelota cruzara la línea de gol.

Apenas unos instantes atrás, Gekas pegó un trote corto pero potente y, con su pierna derecha, pateó la pelota que tenía enfrente como si su vida dependiera de ello; el deporte nos hace propensos a la hipérbole. El balón, un misil de cuero marca Adidas, sale en línea recta hacia su izquierda, la derecha del arquero que lo enfrenta vestido de verde, un escudo rojo, azul y blanco bordado en el pecho.

En fracciones de segundo, ese portero lee sus movimientos y se comporta como el reflejo en un espejo: cuando Gekas envía la pelota hacia su izquierda, el portero se lanza al mismo lugar. La Brazuca disparada por la pierna derecha de Fanis Gekas se estrella con violencia en la mano izquierda del guardameta. En las pantallas de televisión de todo el planeta, Fanis Gekas se convierte en una equis roja.

De inmediato, Gekas levanta la falda de su camisa azul y se cubre el rostro con ella. No quiere ver. No quiere. Sus compañeros lo abrazan –los que no han caído de rodillas al suelo–, intentan reconfortarlo. Le dicen, en su lengua helena, que todo va a estar bien, que lo olvide.

Hay momentos que nunca se olvidan. Hay momentos que, aunque fugaces, son como un hierro al rojo vivo: dejan una huella que no se borra nunca.

Fanis Gekas no olvidará nunca el momento en que falló el cuarto lanzamiento de la tanda de penales entre la selección mayor de fútbol de su país y la de una pequeña nación centroamericana. Fanis Gekas no olvidará, aunque sin duda hará grandes esfuerzos por conseguirlo, que su historia, un momentáneo infierno sobre el césped, no será más que el prólogo para un relato eterno: el del gol más importante en la historia de Costa Rica.

III

Son más o menos las 4:30 de la tarde en Río Oro de Santa Ana, pero Grettel Moraga no tiene cabeza para preocuparse por menudencias como el tiempo o el espacio.

Ella, en cambio, intenta escuchar por encima del bullicio de decenas –¿centenares?, ¿millones?– de personas que allí, en la Cochera Mundialista, celebran que la Brazuca que pateó Fanis Gekas se estrelló contra la mano izquierda de Keylor Navas.

Grettel no sabe que ella y el comentarista Everardo Herrera se preguntan exactamente lo mismo. “¿Quién sigue, quién sigue?”, le pregunta Herrera a sus compañeros de narración en el estudio de Canal 7. “¿Quién sigue, quién sigue?”, se pregunta Grettel para sus adentros, aterrada de conocer la respuesta.

Ya Kristian Mora, el narrador de Teletica, le respondió a Herrera pero no a Grettel, que no puede escuchar nada de lo que sale de las bocinas del televisor de sus suegros. A ella le tocará esperar un par de segundos que se harán eternos, el tiempo que le tomó reconocer el número en la camiseta blanca de la figura que, desde la izquierda de la cámara, apareció en el centro de la pantalla.

Umaña colecciona balones de los partidos en los que participa. En la euforia tras anotar el penal, olvidó dejarse el que pateó para clasificarnos a cuartos de final.

Quién sigue, se preguntó Grettel.

Seguía su esposo.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué? ¿Por qué tiene que ser Michael? Hay un montón más, ¿por qué él?”. El pensamiento lineal deja de existir en la exhausta cabeza de Grettel; todas las ideas, todas las preguntas, todos los temores se aglutinan y aparecen en su cerebro al mismo tiempo.

“¿Qué hago si no entra? ¿Cómo le ayudo a Michael a superar esto? ¿Qué hago si lo falla?”. Decide que no puede. Se mueve con celeridad y, en el patio detrás de la casa de sus suegros, cae de rodillas a rezar con los ojos cerrados, mientras se tapa los oídos con los dedos.

Grettel Moraga, Raschid y Ashley Umaña, junto al anotador del quinto penal ante Grecia. | FOTO: ADRIÁN SOTO
Grettel Moraga, Raschid y Ashley Umaña, junto al anotador del quinto penal ante Grecia. | FOTO: ADRIÁN SOTO
IV

En el momento en que Grettel Moraga y Everardo Herrera se enteran de quién será el encargado de lanzar el quinto penal, Sergio Valerio es la única persona tranquila en todo Costa Rica. La tensión y el estrés son producto de la incertidumbre, y Sergio Valerio no tenía duda alguna.

Se lo dirá a los vecinos que, durante el resto del día, tocarían la puerta de su casa para festejar con él, para felicitarlo. “Yo estaba tranquilo”, les dirá, “yo ya sabía”.

Lo sabía desde que vio al equipo de Santa Ana, categoría mosquito, jugando un partido ante el Herediano, años atrás. Lo supo cuando estacionó su carro y le dijo a su hijo y otros miembros del equipo de El Llano de Alajuela, del que él estaba encargado, que aquel muchacho, el que estaba por cobrar un tiro libre, tenía algo; que lo quería para su equipo.

Valerio cree mucho en Dios, pero también cree en el destino. Aquella mañana, en Santa Ana, viendo un partido de chiquillos que todavía no tenían cédula, tuvo una corazonada de que aquel no era un encuentro fortuito.

“Cuando jugué en Irán la gente me reconocía en la calle, porque me vieron en el Mundial”. | FOTO: ADRIÁN SOTO
“Cuando jugué en Irán la gente me reconocía en la calle, porque me vieron en el Mundial”. | FOTO: ADRIÁN SOTO

Su padre y sus hermanos estaban molestos con él. Valerio, sentían ellos, había descuidado el negocio familiar por andar rodando por las plazas y canchas abiertas del país en busca de nuevos talentos para su equipo. Ellos no terminaban de entender que El Llano iba muy bien en el fútbol aficionado, que podían ser campeones por encima de ligas menores de la Liga, de Heredia, de quien se pusiera enfrente. Les prometió que ese sería el último día como recluta. Ese día encontraría a su último talento.

Valerio solo quería lo mejor para su equipo y para los muchachos que reclutaba. Muchos terminaban viviendo en su casa, como el del tiro libre, a quien Valerio tomó bajo su ala protectora. A quien vio crecer y forjar su carrera.

Michael Umaña toma la pelota y la coloca en el manchón de penal del Arena Pernambuco, en la ciudad brasileña de Recife. Resopla y toma carrera. Costa Rica, casi entera, contiene la respiración y vive uno de los momentos más tensos de su historia deportiva.

Sergio Valerio, en cambio, está tranquilo. Sabe que esa bola va adentro.

V

El hijo menor de Rodolfo Umaña y Amparo Corrales, el hermano menor de Eric y Kattia, da cinco pasos en carrera al disparo más importante de su carrera y en la casa de ambos solo se escuchan plegarias.

Doña Amparo no quiere ver. Se encierra en el baño para no pensar en nada, porque la tensión es mucha. Prefiere no pensar en lo pasajera que es la vida, en que las cosas fugaces comienzan y terminan sin que uno se dé cuenta.

Su hijo era un muchacho que, después de concluir la escuela, se dedicó a trabajar en la finca que cuidaba su papá. Le decía que se quería dedicar al fútbol, pero ella nunca fue muy aficionada al deporte y prefería decirle que estaba bien. No por ello dejó de estar pendiente. Lo siguió con el Carmen de Alajuela, con todos sus otros clubes en Costa Rica; lo visitó en Estados Unidos y en Irán. Lo siguió paso a paso, día a día, mientras él estaba en Brasil y ella en Río Oro de Santa Ana, en la misma casa donde el muchacho creció y donde un día les dijo que había renunciado al trabajo porque tenía una oportunidad en un equipo de fútbol.

Su primer penal lo lanzó a los 12 años, para el equipo de la Escuela de La Mina, en Río Oro de Santa Ana, en un juego regional ante Escazú. Falló aquel tiro. Años después, tuvo su revancha.

Pero ahora, al final del camino más importante, doña Amparo no puede seguir a su hijo. No con los ojos, cuando menos: no soporta ver la imagen de su hijo, el número 4 adornando su espalda, mientras se prepara para definir la historia más gloriosa del fútbol nacional. ¿Podrá escribirla? ¿Le alcanzará?

Don Rodolfo no pestañea. Si su esposa no quiere ver, que no vea; él, en cambio, no piensa perderse ni un minuto. No piensa privarse de un solo segundo de la historia. Así, le sabrá aún mejor cuando días después acompañe a su hijo a recibir los vítores de los fanáticos que recibieron a la Selección en el camino entre el Aeropuerto Juan Santamaría y la tarima preparada para ellos en La Sabana. Así, le sabrá mejor la sorpresa de encontrarse, en horas de la madrugada, una comitiva en el centro de Santa Ana celebrando el nombre de su hijo.

“Dios me puso ahí para dar el puntillazo final. Yo sé cuánto costó. Fue un esfuerzo del grupo”. | FOTO: RAFAEL MURILLO
“Dios me puso ahí para dar el puntillazo final. Yo sé cuánto costó. Fue un esfuerzo del grupo”. | FOTO: RAFAEL MURILLO

A Eric lo acompañaba su hermano cuando iban al estadio. No lo olvida: él y el muchacho al que le lleva diez años viendo los partidos desde las gradas; el muchacho diciéndole que él quería estar ahí abajo, en el terreno, y no en las gradas; él diciéndole a su hermano menor que el destino estaba en sus pies; ambos sin saber que, años más tarde, esa advertencia sería más cierta que nunca.

Kattia, en cambio, piensa en los días cuando le decía a su hermano que el fútbol no era una profesión sino un hobby. Piensa cuando le decía que no dejara de estudiar. Piensa en todo lo que ha sacrificado su hermano, porque la vida de un deportista profesional es ingrata: las abnegaciones son muchas pero las recompensas son pocas y pueden no llegar del todo. Piensa en si su hermano recibirá la suya al final de estos cinco pasos. Piensa en qué pasará si no.

No lo piensa demasiado, tampoco; imposible hacerlo en medio de una multitud. La Cochera Mundialista –como bautizaron el garaje donde la familia se reunió para ver cada partido de la selección durante el Mundial– tiene las puertas abiertas: cuando se jugaba el primer partido, contra Uruguay, algunos peones que trabajaban en la construcción de un condominio cercano se acercaron a ver si podían ver el partido con los Umaña Corrales.

Ahora, 15 días exactos después, no son unos cuantos; hay decenas de personas –compañeros de trabajo, peones, vecinos, curiosos, aficionados todos– acompañando a Rodolfo, Amparo y a sus hijos, Eric y Kattia, mientras ven al tercer hijo de la familia correr los cinco pasos finales que lo separan de la eternidad.

VI

Michael Umaña apoya el peso de su cuerpo sobre su pierna izquierda extendida y concentra todas sus fuerzas en la derecha.

El momento decisivo. La Brazuca no se detendrá hasta terminar en el fondo de la red. | FOTO: AP
El momento decisivo. La Brazuca no se detendrá hasta terminar en el fondo de la red. | FOTO: AP

Han pasado 77 segundos exactos desde que el balón que pateó Fanis Gekas fue detenido por Keylor Navas. El árbitro le pidió a Umaña que tomara ese mismo balón para cobrar su penal, pero él se niega: esa bola, la del único error en la serie entre ticos y griegos, no la toca ni muerto.

Así que pide otra pelota y la acomoda sobre la mancha blanca, a 11 metros del meta heleno. Se tiene fe porque se vio a sí mismo pasar por este momento en sueños, pero no por ello sabe lo que este penal significará en su vida.

No sabe que a su hija, de 8 años, sus compañeros de la escuela le rogarán para que les consiga un autógrafo de su padre. No puede saber que, en una hora, cuando revise su teléfono celular, tendrá cientos de mensajes de felicitaciones de parte de personas que él ni conoce. Es imposible que, en años por venir, se sorprenderá a sí mismo viendo repeticiones de esta jugada, de este momento preciso; el penal es un tatuaje, vivirá con él por el resto de su vida.

Dentro de unos segundos, cuando la pelota cruce la raya de gol, él girara sobre sí mismo para ver a sus compañeros corriendo y llorando en dirección a él; girará de nuevo, para abrazar a Keylor y decirle que sí, que lo hicieron, que lo lograron. Sentirá que pesa dos kilos, que flota, que no hay gravedad que lo mantenga sobre la superficie terrestre: es momento de volar.

“Sentí que pesaba dos kilos, que podía flotar hasta donde estaba Keylor. No recuerdo nada más”. | FOTO: AFP Y AP
“Sentí que pesaba dos kilos, que podía flotar hasta donde estaba Keylor. No recuerdo nada más”. | FOTO: AFP Y AP

Faltan días para que una muchacha en una pizzería lo reconozca, a él junto a su familia, y lo abrace llorando, agradeciéndole por lo que hizo. La escena, en distintos grados de intensidad, se repetirá incontables veces en los años por venir y él siempre responderá que el logro fue todos sus compañeros, que a él solamente le tocó.

Faltan horas para que, acabada la euforia, acostado en la cama del hotel, mirando al techo, piense que todavía no tiene idea de lo que acaba de hacer, de lo que acaba de provocar en el pequeño país que coreará su nombre por horas, que lo recordará para siempre.

Faltan segundos para que su pie derecho empuje la pelota. Habrán pasado unos 20 años desde que lanzó su primer penal, jugando para el equipo de la escuela de La Mina, en Río Oro. Fue en una final regional contra Escazú. Aquella vez, falló.

Faltan instantes para que su vida cambie para siempre. Apoya todo su peso sobre su pierna izquierda y en la derecha concentra todo lo bueno y lo malo que le ha pasado; todos los sacrificios, todas las críticas, todas las frustraciones; también todas sus alegrías, las que le ha dado el fútbol y su familia y la vida misma.

No hay tiempo para nada más.

Es momento de hacer el gol de todos.