16 mayo, 2014

Buenos Aires

El derrumbe definitivo del Barcelona como gran equipo (aunque se le abrió una chance insospechada de alcanzar la liga) más la caída sorpresiva –y estrepitosa– de Pep Guardiola con su Bayern en la Champions , avivaron la llama votiva de los estilos; cuál vale, cuál no, qué sirve y qué no. Los contras del tiqui-taca estuvieron algunos años tragando saliva, pero hoy lucen eufóricos: tocaron el cielo cuando el Inter de Mourinho, tapiando su arco, dejó en el camino al Barcelona histórico en 2010; también cuando el Chelsea, colgado del travesaño, eliminó al Barça en 2012, ambas ocasiones en semifinal de Champions , y fueron felicísimos con el Bayern de Heynckes, que arrasó impiadosamente al mismo Barça en la semi de la 2013. Ni hablar ahora que el contragolpeador Real Madrid está en la final después de haberle dado una tunda de novela al Bayern en su versión Guardioliana.

Apenas se les chamuscó el asado con el actual Chelsea de Mourinho, ídolo de multitudes que tropezó feo frente a este Atlético de Madrid pragmático, luchador, aunque también agresivo para ir a buscar partidos. El fútbol de toque y posesión, en suma, viene perdiendo por nocáut los últimos combates. Eso sí, cuando pasen los años y estas páginas se tornen amarillentas, el Barça de Xavi, Iniesta y Messi seguirá en el altar de los recuerdos, arriba de todos. Será como los cuadros de Van Gogh: cada vez adquieren más valor. No por lo que ganó, sino por cómo lo hizo. Trazó sobre el lienzo del fútbol una pintura sublime, inolvidable. A los otros apenas los mencionará la estadística.

Una final Chelsea-Real Madrid hubiese sido el paroxismo de millones que adoran ese fútbol “práctico”, “inteligente”, “directo” y “ganador”. Pero ocurre que, si el Madrid pierde la liga, la pierde entre otras causas, porque cayó en los dos encuentros de la temporada frente al Barcelona, que supuestamente representa el fútbol tonto, la antítesis de la astucia blanca. Y el Chelsea quedó fuera de todo. Lo curioso es que, aunque se queden sin nada, estos equipos nunca pierden el rótulo de “prácticos”, “inteligentes”, “ganadores”. En cambio si el Barça gana la liga, seguirá siendo el equipo ingenuo, de toquecito aburrido y que defiende mal. Vivo es el tercero.

Más allá de los gustos personales, vale subrayar que, dentro del reglamento, todos los estilos son válidos. Está demostrado que con todos se puede ganar. Si alguien opone la táctica del autobús, como Mourinho, no se puede elevar una queja a la FIFA, hay que idear la fórmula para superarlo. Simeone, con su Aleti, no lloró: le rompió el autobús en mil pedazos.

Simplemente, de un entrenador que conduce un plantel cotizado en 700 millones de euros como el Madrid, ó en 600 como está valuado el Chelsea, uno espera la intención de ser más generosos con el espectáculo, arriesgar más, intentar mayor ida y vuelta. El Madrid tiene una disculpa atendible: posee cuatro aviones adelante: Bale, Di María, Cristiano y Benzema. Y vuelan. Manejan los espacios de manera fenomenal. Transforman tres pases en un gol. Se siente cómodo contratacando, el Madrid. Pero también exagera la espera del rival. Cuando le sale bien, son todas sonrisas. Pero a veces se da el tiro en el pie. Le ha pasado mucho en los últimos años. No escarmienta.

Siempre resaltamos la hazaña del Once Caldas en la Libertadores 2004. Inmortal. El cuadrito del Profe Montoya comenzó siendo cauteloso y terminó amurallando el arco del –en esa Copa– invencible Juan Carlos Henao. Ponía dos líneas de cuatro por delante, y si le daban los números, plantaba tres; pero el Once era el campeón mundial de la modestia, un plantelito armado con monedas, con figuritas repetidas de otros álbumes. Y en la recta final le tocaron nada menos que el Santos, San Pablo y Boca, un campo minado. A esa altura, cualquier sistema era ponderable.

El inefable Mourinho acaba de ceder también la liga inglesa (perdió los cuatro torneos que disputó). Lo condenaron una derrota de local contra el Sunderland, que iba último, y un empate en cero con el virtualmente descendido Norwich. Y protestó: “Jugamos ante un equipo que necesitaba los tres puntos y no salió a ganar”. ¡Se quejó del planteo del Norwich...!

En el otro polo de Mou está Guardiola, paladín del buen fútbol al que tanto hemos halagado. No obstante, Pep debiera revisar sus libros, ver qué está sucediendo con esas ideas. Le han tomado la mano al tiqui-taca, al suyo del Bayern y al que dejó como herencia en el Barça . Han perdido frescura, sorpresa y definición. Con la posesión sola no alcanza. Ya todos saben cómo van a jugar, los esperan y les mandan lanzazos de contra. Y los hieren de muerte. Las grandes revoluciones del juego terminaron cuando los adversarios aprendieron la fórmula para contrarrestarlas.

El tiqui-taca, que en los pies de Xavi, Iniesta y Messi fue deslumbrante, parece estar convirtiéndose ya en un fundamentalismo. Y todo fundamentalismo deriva en obcecación. Son puros pases y pases laterales o hacia atrás que no abren huecos. Sin cambio de ritmo, que genera sorpresa y errores del rival, sin triangulaciones para poder penetrar, y sin la acción individual que rompe el cerco adversario y genera el desequilibrio numérico, el tiqui-taca agoniza. Hay que refrescarlo urgente.

No hay una sola forma de jugar fútbol. Y si la hubiera, aunque bonita, tal vez sería aburrido. Con todas las tácticas se puede ganar, con todos los jugadores no. He ahí la diferencia. Por eso, el hombre siempre estará por encima del sistema, por eficaz que este sea.

Etiquetado como: