Medio centenar de corredores se apresuran para llegar a la meta de una carrera poco convencional, mientras el mayor reto de los lugareños es sortear los aprietos económicos

Por: Gloriana Corrales 19 julio, 2015

En tiempos de veda, Chira es casi un pueblo fantasma. Los mares están desolados y las herrumbradas anclas de las pangas permanecen inmóviles sobre la arena cuando la marea baja y deja al descubierto todo lo que estuvo bajo el agua, como si hasta el Pacífico hubiera decidido marcharse en busca de una mejor vida.

Pero el fin de semana pasado, cada vez que la marea volvía a subir y acercaba las lanchas a tierra firme, el mar se encargaba de unir dos mundos opuestos: el de los que pueden pagar por un buen par de tenis para correr y el de los que pasan horas bajo el sol con tal de ganarse ¢10.000.

Al mediodía del viernes 10 de julio, una especie de lancha- bus abandonaba las costas puntarenenses para embarcarse en un viaje de casi una hora hasta el poblado de Bocana, en Isla Chira.

El ultramaratonista Juan Carlos Valverde tomó asiento en medio de paquetes, maletines a reventar, un arreglo floral y el aroma a pizza (por la manera en que aquella muchacha cerraba los ojos en cada mordisco, debe ser todo un manjar para los chirenses, difícil de conseguir en tierras insulares).

En un año completo, el entorno de la isla no parece haber cambiado ni un poco, dice Valverde, quien llegó por primera vez en el 2014 para correr la media maratón.

“Es que no se ve nada de vida”, dice el muchacho, quien regresó esta vez para duplicar el reto.

Aunque había visto varios reportajes sobre la vida en Chira, la primera impresión para Valverde fue la de una pausa en el tiempo.

“Yo me imaginaba algo con un poquito más de progreso, no tan en stop , tan quedado, más que todo por las calles (son todas de tierra) y porque no hay ni ferry ”, explica. Incluso, tiene la impresión de que hay una diferencia abismal entre Chira y Ometepe: la isla nicaragüense es más desarrollada.

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Un viejo autobús escolar de color amarillo con desgastadas camisas que disimulan los huecos en el vinil de los asientos espera en lo que debería ser el muelle de Bocana. Los pasajeros de la lancha hacen malabares para desembarcar con los paquetes y encomiendas a través de una tabla de madera.

El viaje no es muy distinto de cualquier otro a las 6 de la tarde en la capital: hace calor, los asientos no alcanzan y alguien aprovecha para comer pollo frito. Es el único bus público en Chira y el chofer confía en que los pasajeros le pagarán al bajar. No es de extrañarse: según el último censo, en la isla viven solo 1.576 personas; todos han de conocerse al menos de vista.

El Ebáis de la isla funciona solo lunes y martes.  El resto de la semana, no hay médicos ni farmacias

Los únicos seis atletas que se atreverán a correr los 42 kilómetros en la tercera edición de la Isla Chira Trail Race comienzan a arribar a la isla. El resto de los corredores (media maratón y 10 kilómetros, más los de la caminata) llegarán mañana.

Hacia el final de la tarde, un torrencial aguacero merma las intenciones de recorrer la isla y de subir al mirador. Tampoco hay muchos atractivos para el turista convencional.

La vida nocturna se reduce a cuatro bares, con varios kilómetros de distancia entre ellos. Por eso, relata Rodrigo Bermúdez, el organizador de la carrera, algunos aprovechan la escasez para adentrarse en el negocio clandestino del licor.

En todo caso, los maratonistas acaban temprano el día, sin mayores distracciones. Se alistan para un recorrido a través de las playas, rocas sedimentarias, calles de tierra y senderos por la montaña. Del bochornoso clima ninguno se librará.

Los apuros de un día en Isla de Chira
Los apuros de un día en Isla de Chira

Al día siguiente, la escuela Montero y Palito hace la excepción y abre sus portones un sábado para recibir a los corredores. Desde muy temprano, varias mujeres se ponen el delantal en el comedor. Aprovecharán la llegada de unos 50 atletas (bastante menos que en las dos ediciones anteriores) para vender almuerzos y otorgar lo recaudado al patronato escolar.

A paso de trote, los seis maratonistas recorren los primeros vecindarios hasta playa Montero y avanzan sin percatarse de que, bajo la sombra de los árboles, de cuclillas, los espera el pequeño Freiman Ariel García, de nueve años. El chiquillo es el encargado del primer puesto de asistencia y se suponía que debía ofrecer hidratantes y frutas a los competidores.

Su papá llegó a dejarlo temprano, pero no sabe la hora porque su celular se descargó y prefirió no traerlo de la casa. Pese a las muchas limitaciones económicas, afirma el niño, tener celular durante la infancia es común en Chira. Incluso, la mayoría de sus compañeros de escuela tienen tablets .

Freiman dice que aún no está aburrido de esperar a los corredores, aunque su gesto revela lo contrario. Ya pasan las 8 a. m. y, de no ser por la carrera, estaría en casa jugando con su hermanita de cinco meses de edad.

Su vecino y compañero de juegos se fue con sus papás de vacaciones fuera de la isla y Freiman se quedó solo. En su casa, no hay posibilidades de planear un paseo en estos momentos. “Diay, porque está fea la cosa”, explica el niño, demasiado consciente de las implicaciones de la veda y de su realidad familiar.

Su papá es pescador y su mamá solía dedicarse a la reforestación del manglar –una actividad que brinda sustento a un grupo importante de mujeres en Chira–, pero tuvo que dejar esta labor por el embarazo.

Freiman no sabe cuánto le pagarán por pasar la mañana del sábado esperando a los participantes de la carrera; la negociación la hizo su mamá. No se ha hecho ilusiones sobre qué haría con el dinero si sus papás se lo dieran, pero casi está seguro de que lo invertiría en galletas. Por ahora, su única preocupación es cómo va a partir las tres sandías que le dejaron.

Al igual que Freiman, otros niños y adolescentes están distribuidos en los demás puestos de asistencia. Algunos están desesperados contando cuántos corredores faltan de pasar para poder cerrar el chinamo y la jovencita del último stand simplemente decidió dejar abandonado el puesto: a la salida de la montaña, nadie recibirá agua.

A sus nueve años de edad, Freiman García dedicó su mañana de sábado a esperar a los corredores para ofrecerles hidratación y frutas. Sabe que la economía de su hogar es limitada. | FOTO: JOHN DURÁN
A sus nueve años de edad, Freiman García dedicó su mañana de sábado a esperar a los corredores para ofrecerles hidratación y frutas. Sabe que la economía de su hogar es limitada. | FOTO: JOHN DURÁN

Angie Villalobos, una piangüera a quien también reclutaron para la asistencia en la carrera, lleva desde las 5:30 a. m. espantando las moscas que intentan sacar su parte de las frutas. Le pagaron ¢10.000. “Peor es nada”, dice.

Ella vive en una pequeña casa humilde en medio de una gran propiedad, como la mayoría de las que se ven en la zona. Su mamá, María de los Ángeles Sequeira, se avergüenza de las condiciones del baño. “No es como el que usted tiene en su casa”, me dice. Es cierto; pero el televisor tampoco lo es: es gigante, cubre toda una pared de la sala y aún tiene las calcomanías de fábrica.

Frente al puesto de Angie se detiene un viejo Land Rover. Arley Arce saca la cabeza y pregunta por dónde va la carrera. Lleva buen rato dando vueltas por la isla con el carro que había en una casa que rentó, y que no puede apagar porque si no, toca empujarlo. En medio de sus vacaciones en Chira con sus hijos y sobrinos (Caroline, Paola y Steven Arce, Ian y José Otárola, Allan Lafrance y Nicole Flores), ver pasar a los corredores parece un plan divertido. “Aquí sobra qué hacer... llevar sol”, dice entre risas. El día anterior vieron un cocodrilo y ahora temen meterse al agua.

Finalmente, logran topar a los atletas a la salida de playa Muerto –la única a la que van los bañistas– y serán, quizá, los únicos espectadores de la competencia.

Los corredores de media maratón y 10 kilómetros, además de los de caminata, comienzan a aparecer con las tenis y la ropa empapadas. Salieron de la escuela Montero y Palito a las 10 a. m. (dos horas y media después de los maratonistas) y, para cuando les tocó el recorrido costero, la marea ya estaba demasiado alta. Algunos se desgastaron en el intento de correr en medio del agua; otros, como Roberto Mena, decidieron echarse a nadar. Al final, este coronadeño tendría que pedir una bolsa con arroz crudo para intentar salvar su celular.

Aunque el organizador pretende reactivar la pasiva economía de la zona con la carrera, lo cierto es que solo algunos salen beneficiados. Otros ni siquiera se enteraron de que habría un evento especial ese fin de semana. En los alrededores de la plaza de San Antonio (el poblado central de Chira), casi nadie lo sabe. Lo último que recuerdan es la recreativa de mountain bike que se realizó dos semanas atrás.

“A veces vemos que pasa gente, pero a la comunidad nunca la invitan”, critica Giselle Díaz, miembro de la Asociación de Desarrollo, mientras barre el corredor de su casa.

Es sábado de mejengas en las plazas; es día de regreso del equipo de fútbol Chira de los Juegos Deportivos Nacionales y también de primera comunión en la iglesia de San Antonio. Tampoco los feligreses se enteraron sobre la maratón. “¿Cuál carrera?”, pregunta Patricia Díaz, madre de una de las niñas comulgantes.

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Agotados, pero con los brazos en alto, los corredores comienzan a cruzar la meta. Algunos vuelven extasiados por los paisajes de la isla o por el propio esfuerzo; otros traen caras largas porque sus gps advirtieron que las distancias estaban mal calculadas y no les quedó más remedio que dar la milla extra (aunque en realidad fueron como cinco kilómetros adicionales).

Azotados por el calor, algunos prometen regresar el próximo año y otros juran que nunca volverán.

Del cuello de cada uno cuelga una presea tan poco convencional como la carrera en sí misma. No hay oro ni plata ni bronce. Las medallas están elaboradas con conchas de ostras cultivadas por 11 personas en la isla.

La falta de muelles no suele ser un problema para los chirenses, excepto cuando a alguien se le ocurre llevar una marimba para amenizar la llegada a la meta de los corredores. | FOTO: JOHN DURÁN
La falta de muelles no suele ser un problema para los chirenses, excepto cuando a alguien se le ocurre llevar una marimba para amenizar la llegada a la meta de los corredores. | FOTO: JOHN DURÁN

“Si no fuera por esto, no hubiera podido pagar el agua y la luz”, dice el pescador y artesano Jason Gómez, quien 14 años atrás llegó a la isla para trabajar en los mares y nunca se marchó. Se enamoró de una lugareña y ahora tiene cuatro hijos.

En tiempos de veda, vive del subsidio de ¢140.000 que otorgan el IMAS e Incopesca, más lo poco que recibe su esposa, Giselle Sequeira, por la venta de ostras. Sin embargo, por un error administrativo que aún no comprende, este último mes no recibió el auxilio gubernamental. Por esta vez, al menos, la carrera los sacó del apuro.

Después de almorzar, todos los corredores se vuelven a montar en el único bus del pueblo. Ya no huele a pollo frito, pero adentro no cabe un alma más.

Cuando vuelva a subir la marea, el Pacífico los regresará a sus hogares. En medio del jolgorio, la lancha se despedirá a toda prisa de la isla para enrumbarse hacia la civilización, mientras Chira se sumirá de nuevo en su perenne mansedumbre.

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