Por: Roberto García H. 2 abril, 2016

Lunes santo. Pausa a media mañana en el café del club Unión, en el bulevar del correo de San José. Elijo un lugar junto a la ventana y mientras el mesero toma mi orden, sigo con la vista el paso de los caminantes, por lo general con prisa, pese al transcurrir del feriado apacible.

Dos viejos se sientan cerca de mí, en el pretil exterior que bordea el establecimiento. Parece que se conocen, pues no más al llegar, casi sin volverse a ver, extienden sus respectivos pañuelos y se sientan, uno al lado del otro. Son consuetudinarios del bulevar.

“¿Viene o no viene?”, pregunta uno. “¡Claro que viene!”, responde el otro. “Es más, a lo mejor ya llegó…” “No sé, no dijeron nada en las noticias de la mañana”. “Tanto alboroto por un portero”, agrega el primero. “¿Cómo?”, replica el otro, casi increpando a su interlocutor. “Es el mejor del mundo, ¡cómo no va a haber alboroto?” Y callan repentinamente.

“¿Saldrá de titular?”, reanudan la conversación. “Claro que sí, ¡mandaría si no lo ponen!”. “A ver cómo nos va, porque ganar en Jamaica no es cajeta”. Y ahí siguen con sus elucubraciones tácticas, a las que presto relativa atención, entre la lectura del diario y el disfrute de mi café.

Quienes frecuentamos el correo y nos entretenemos en el bulevar, viendo la gente transitar, compartiendo un café o hablando de fútbol, nos parecemos al personaje que Gabriel García Márquez recrea en El coronel no tiene quien le escriba . Un veterano de guerra viaja al atracadero, a ver si la lancha de la correspondencia trae la buena nueva de su pensión. Viernes tras viernes, decepción tras decepción.

Ahora, los clientes ocasionales del correo volteamos el llavín metálico de los apartados como un ritual remoto, pues las cartas en tinta y papel dentro de los sobres con estampillas, ni zarpan ni llegan como antes.

Por ejemplo, para mí el 113 es una cavidad que permite espiar el vacío de los otros apartados, casi todos desprovistos de aquellos mensajes a puño y letra que invocaban el esplendor de la palabra escrita.

Media hora después, doblo el periódico y abandono el café. “¿Saldrá de titular?” “Mandaría si no, ¡si es el mejor arquero del mundo!”, me pregunto y respondo a mí mismo, cavilando por la ciudad, distante ya a unas tres cuadras de los viejos del bulevar.