Por: Roberto García H. 27 junio, 2015

Un mediodía de estos, mientras consumía mi almuerzo en una sodita de San José, entró un muchacho, con su pequeña hija de la mano.

Yo estaba cerca del mostrador, por lo que pude escuchar cómo, casi con un susurro, el joven preguntó por el precio de un casado y el respectivo fresco. Hurgó en su bolsillo, mentalmente hizo el cálculo y pidió un plato, el fresco y un vaso con agua.

El chico vestía la camiseta de la Selección Nacional. Mientras les servían la orden, se dedicó a jugar con su chiquita, a unas tres mesas de donde yo me encontraba. La niña no dejaba de preguntar cosas, y su padre respondía con gran dedicación y, por supuesto, con todo su amor.

Él vestía la camiseta de la Selección Nacional.

Minutos después llegó el plato. Él probó la comida, dio a la niña la primera cucharada y lo siguió haciendo alternativamente, con un evidente disfrute por el manjar que compartían. La niña bebía el fresco de mango; él, su vaso con agua. Yo pedí un café negro para extender mi permanencia en la soda, donde quedaban pocos clientes, y alargar de ese modo la satisfacción que, invariablemente, produce observar a un padre o a una madre que profesa amor por su retoño. Quién sabe, a lo mejor este chico tricolor es padre y madre a la vez, como tantos y tantas en nuestra sociedad.

Su camiseta no era de las originales, sino de cualquier marca. ¡Pero vestía la divisa de todos! Y entonces, pensé en la dignidad de cuántos hemos lucido con orgullo la casaca azul, blanco y rojo de la Selección Nacional, aunque no hayamos sido, ni por asomo, futbolistas profesionales. Reflexioné, además, en la dimensión de un compromiso, como es el de vestir el uniforme de nuestra máxima representación futbolística, sean cualesquiera las circunstancias.

Sé muy bien que si tuviera la ocasión de saltar a la gramilla, este chico de escasos 20 años de edad defendería la camiseta nacional con la intrepidez de Keylor; con la calidad de Celso; con el talento de Bryan; con la magia de Joel; con la fuerza de Saborío; con la entrega absoluta del Pipo indomable.

Terminaron de comer. El joven pagó la cuenta y tomó de la mano a su hija. Salieron del sitio y, como miles de héroes cotidianos de la honradez y del sustento, se enrumbó con su pequeña por el mundo de los caminantes.