Por: Antonio Alfaro 21 octubre
Imagen sin titulo - GN
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Los perdedores y los que caen no son la misma cosa.

Los perdedores se acomodan tarde o temprano en el sillón. Aún cuando el destino les tiene deparada una victoria, ellos se las arreglan para estropearla. Hay perdedores de muchas clases. Perdedores que incluso pierden cuando ganan siempre; conformistas, mezquinos ante el mérito rival, incapaces de superarse a sí mismos. Ganan partidos y pierden siempre el reto de ser mejores.

Los que caen son otra cosa. También pierden, pero no dejan de levantarse, así nunca lo consigan. Los que caen comparten el espíritu de Bryan Oviedo, Álvaro Saborío, Hanna Gabriel, Leo Chacón...

Al carajo la objetividad periodística: Oviedo debe, merece, necesita llegar ileso al Mundial. Es justo. Lejos de una posición lastimera apegada al pobrecito, tiene el mérito del coraje, las persistencia, la voluntad, la paciencia y la confianza recuperada de a poquitos. Tiene el fútbol intacto, después de dos mundiales perdidos por lesión –el infantil de Corea 2007 y el mayor en Brasil 2014–. Después de una fractura en tibia y peroné, de varios meses de recuperación, de una lucha contra el tiempo que solo le alcanzó para colarse en la lista preliminar de 26 convocados por Pinto, a escasos dos días de la lista definitiva... Después de aceptar que no estaba preparado, después de llorar hasta agotar las lágrimas... Después de perseverar hasta el regreso, primero en el club, luego en la Sele ... Después de calentar banca en buena parte de la eliminatoria, está comprobado cuán justo sería verlo en el Mundial.

Encendería la misma vela por Saborío, de no ser porque no hay plegaria que convierta el de la Liga de Ascenso en el nivel internacional, por más que algunos lo insinuaran cuando empezó a meter goles con San Carlos. Sabo es un guerrero, pero quien lo piense en otro Mundial sabe más de sueños que de fútbol.

Su triunfo, en todo caso, no está en la Sele . Saborío logró uno más grande: pasar de un retiro lleno de resentimientos a un reencuentro con el fútbol con espíritu de las mejengas, de aquello que se hace por gusto.

A veces, como hoy, el fútbol se me parece mucho a la vida. A la vuelta de la esquina nos plantea la posibilidad de elegir. Hoy sigo aferrándome a ser de los que caen y se ponen en pie.