Por: Jose David Guevara 5 noviembre, 2015

El portero hizo su mayor esfuerzo por apañar aquel balón que un delantero del equipo contrario acababa de rematar con fuerza y a ras del suelo. Sí, voló y hasta levantó cal y gramilla cuando aterrizó, pero no pudo impedir el gol. “¡Puta!”, gritó al calor del juego. De inmediato, el árbitro corrió hasta él, le ordenó que se pusiera de pie, lo encaró, le mostró la tarjeta amarilla y le advirtió: “¡La próxima vez lo expulso!” “¿Qué hice?”, preguntó el guardameta sorprendido. “¿Cómo que qué hizo? ¿Le parece poco la palabrota que acaba de pronunciar?”, respondió el juez.

El capitán del equipo intercedió: “Disculpe, señor, pero mi compañero no dijo eso para ofender a alguien. Simplemente se lamentó por no haber detenido la bola. Eso es todo”. El hombre del silbato reaccionó: “¿Quiere que lo expulse? ¡Mejor quédese calladito porque no estoy dispuesto a permitir vulgaridades ni pachucadas en un partido de fútbol entre cristianos”.

La contienda deportiva era entre los equipos de dos iglesias bautistas de San Pedro de Montes de Oca y Cartago, y se jugó a principios de la década de los 90 en una cancha cerca de la Basílica de los Ángeles, en la Vieja Metrópoli.

El juego prosiguió y a los pocos minutos apareció la primera tarjeta roja; se la ganó un mediocampista que apuró a un defensa que se disponía a cobrar un saque de banda: “Es para hoy, es para hoy, ¡carajo, ¿por qué tan lerdo?” Sí, expulsado por decir carajo. Los jugadores de ambas escuadras rodeamos al silbatero y de manera respetuosa le pedimos reconsiderar lo que nos parecía una actitud inflexible.

Al poco rato, una nueva roja. Esta vez para quien le dijo “mae” a otro. La fiesta no se detuvo allí: amonestación verbal por decir “pucha”, amarilla por autoflagelarse con un “¡qué bestia! ¿cómo la boté?”, roja por decir “juepuña”.

Nueva sesión de diálogo con el árbitro. Nueva serie de amenazas y advertencias por parte del juez.

No quedó más camino que un acuerdo tácito entre los equipos. Expulsados también los que dijeron “putis”, “buchón”, “juepuchis”. Llegó el momento que todos esperábamos: el silbatero claudicó. “¡Me voy! ¡Algún día van a tener que darle cuentas a Dios por ese vocabulario tan sucio!”. ¡Y se fue! Y pudimos jugar en paz sin árbitro, sin fariseo, sin inquisidor.

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