Por: Antonio Alfaro 10 abril, 2016

Puritamos, ortodoxos, cuadrados (como una cancha de fútbol) cuando pueden ser redondos (como la pelota) o, mejor aún, curvilíneos como un tiro libre magistral, los muy tradicionalistas cuestionan las jugadas de lujo: una robona con la derecha cuando podía centrar con izquierda, un pase de taquito cuando el borde interno del botín habría asegurado la habilitación a otro compañero, un cañito para eludir al rival...

Hace unos años se comieron vivo a Cristiano Ronaldo, cuando dejó caer el balón por su espalda para terminar pasándolo con un golpe de trasero. Hace unas semanas fue Neymar el convocado al banquillo. Se le acusa de controlar un pase a media altura con la pierna derecha por detrás de la izquierda, cuando bastaba simplemente amortiguar con la zurda sin tanto adorno de por medio.

Aunque el 11 del Barça recibió menos reproches que el 7 del Real Madrid, tampoco se salvó de los cuestionamientos.

Los puritanos se rasgaron las vestiduras. Otros expresaron su acusación disfrazada de duda: ¿es una falta de respeto para el rival? ¿Un menosprecio? Ni Dios lo sabe. Si quisiera lo sabría, pero no creo que le interese mucho.

Más parece una muestra de holgada superioridad que alcanza para sacar un conejo del sombrero, una flor de la boca, una interminable tira de pañuelos multicolores, tan larga que uno la imagina desde la punta de la lengua del mago hasta su intestino.

Es cierto: Neymar no ha hecho muchos malabares en los últimos encuentros, presionado por la marca rival y los marcadores adversos, incluyendo derrotas ante el Real Madrid y la Real Sociedad. ¡Ahora sí, póngase con lujos! –celebro en mis adentros, con mis simpatías puestas en Madrid–. Mi festejo, sin embargo, es otra cosa, lejana a las acusaciones de “humillación” que más de uno espeta.

Amargados aquellos que no pueden disfrutar el arte, el adorno, la estética. Por qué no un lujo que anime la grada, siempre y cuando no comprometa al equipo ni sacrifique la efectividad.

Si Neymar o Cristiano la quieren dominar con la nuca, que lo hagan bajo su riesgo, para deleite nuestro. Si la pierden por adornarse, por un instante –y solo por un instante– me uno a los puritanos para lanzar la primera piedra.

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