Por: Amado Hidalgo 30 agosto, 2016

El fútbol casero se está quedando sin ídolos. Aquellos que llenaban estadios, levantaban graderíos y gozaban de una idolatría que, para bien o para mal, también les permitía algunos privilegios en la institución en la que nacieron, o que los adoptó para el resto de sus carreras.

Las razones son varias. La primera es que la fábrica de talentos ya no funciona como antes. Durante décadas, cada equipo tenía a varios de esos consentidos. Por ejemplo, coexistían en el tiempo y en el espacio Yuba, Chico, Hernán Morales, Zurdo Jiménez, William Ávila, Bernardino Chaves, Marcos Rojas, Howard Rooper, Alejandro González, por citar algunos de los ídolos de finales de los 70 e inicios de los 80.

Hoy, el Chiqui Brenes es una especie en peligro de extinción. Veteranazo, es de los dos o tres que tienen un amorío con su grada. El Mambo, Marvin Angulo y tal vez Gabas están en la lista. Cerca del retiro la mayoría, no se vislumbra en el horizonte a los cachorros que heredarán sus reinos.

Por otro lado, los retoños que pintan para figuras se marchan temprano al exterior. Después de Italia 90 y, sobre todo, con Wanchope, se abrieron las puertas para nuestra legión extranjera. Ruiz, Navas, Pipo, y todos los que hoy juegan por el mundo, son ídolos en el exilio.

Pero al mismo tiempo, se rompió esa comunión entre dirigentes, afición y jugadores. El fútbol se volvió profesional y los futbolistas, una especie de apostadores en esa gran bolsa que la FIFA puso a su disposición. Los directivos dejaron de fabricar estrellas para ganar títulos y enamorar aficiones y se dedicaron a buscar talentos para canjearlos por euros.

Con los derechos de formación, de imagen, las cláusulas de rescisión, precontratos, préstamos y ventas, el fútbol se olvidó del amor a la camiseta y se tornó una opción para hacerse millonario. Y el divorcio emergió entre unos y otros. Aquel, por tratar de irse con todo en su bolsillo, y los otros, por meterlo en la jaula de oro para que, quien se lo llevara, tuviese que pagar cara su libertad.

Nadie está dispuesto a tatuarse la camiseta. Menos cuando en la esquina puede estar un contrato que lo vuelva millonario en un abrir y cerrar de ojos. Y, por otro lado, los clubes, casi todos sociedades con el lucro como objetivo principal, batallando entre el fanatismo de sus dirigentes y el deseo de engrosar la billetera de los socios.