Por: Jacques Sagot 13 agosto

Para un anexo a la Antología Universal de la Infamia de Borges. El trágico caso de Moacir Barbosa, el portero brasileño del “Maracanazo”. Era arquerazo del Vasco da Gama. Votado el mejor cancerbero de la justa de 1950, pese al gol del uruguayo Alcides Ghiggia que le costó la sanción de todo un país por el resto de su vida. En el minuto 79, con el marcador 1-1 (resultado que le daba el triunfo a Brasil), Ghiggia se enfila por la punta derecha, y bate con un disparo fulminante a Barbosa.

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¿El gran pecado del portero? Que el balón, rastrero, entró entre él y el poste que estaba custodiando. La verdad es que este tipo de gol es harto común, no representa necesariamente error del portero, y en el caso que comentamos, era un remate insidioso que bien podría haber burlado a cualquier cancerbero (es el gol que Sócrates le anota a Zoff en el partido Brasil-Italia del Mundial 1982). Barbosa fue satanizado, escarnecido, estigmatizado el resto de su vida.

Había que culpar a alguien, la furia popular necesitaba su chivo expiatorio, y a Barbosa correspondió cargar con el sambenito. Siguió jugando con la Verdeamarela hasta 1953, pero desde el deshonor, la vergüenza, silbado, abucheado, señalado por todo un país. Todavía en 1990, 40 años después del evento, una señora y su hija encuentran a Barbosa comprando vegetales en el mercado, y la dama de marras le dice a la niña: “¿Ves a ese hombre? Fue él quien hizo llorar a todo nuestro país, en 1950”. ¿Imaginan ustedes lo que debe haber sentido Barbosa? “En Brasil, la pena máxima para un asesino serial es de 30 años, yo tengo cuarenta de estar expiando el crimen consistente en haber dejado entrar un gol” —declaró en cierta ocasión—. Fue una reacción masiva profundamente cruel, perversa, e injusta.

El fútbol no puede ser un laboratorio de la inmisericordia y la inclemencia, un escenario para los linchamientos públicos. Barbosa, una vida entera arrastrando el atroz grillete de la culpa porque parpadeó en el instante del gol de Uruguay.

¿No se les estruja el corazón, amigos? ¿Puede en un infortunado nanosegundo quedar sin remedio marcada a fuego la vida de un hombre por demás bueno y ejemplar, un deportista íntegro y un ser humano noble y generoso?

Ahí les dejo la pregunta.