Por: Jacques Sagot 9 julio

Que la clasificación para Rusia 2018 sea nuestra más importante meta, no significa que absolutamente nada más de lo que hagamos tenga ninguna relevancia. Es un error pensar de esta manera. Con una selección de nuestro nivel, todo —amistosos, Copa Oro, Uncaf, el más ínfimo partido de beneficencia— debe ser abordado con mentalidad ganadora. La ética del guerrero supone entrar siempre al terreno de juego a vencer, y a convencer. No hay partidos “de poca importancia”: no existen, es una noción que debemos borrar de nuestras mentes.

Hay que ganar la Copa Oro. Es imperativo, necesario, obligatorio. ¿Por qué? Porque en 13 ediciones del torneo (desde 1991) no la hemos ganado una sola vez, y esto es una vergüenza. Porque lo más que hemos logrado es un subcampeonato en 2002, un tercer lugar en 1993, y tres pingües cuartos lugares, en 1991, 2003 y 2009, y esto es una vergüenza. Porque jamás le hemos ganado a México y Los Estados Unidos, y hasta ese viernes tampoco habíamos logrado doblegar a Honduras, y esto es una vergüenza. Porque se trata de una de las áreas más subdesarrolladas del fútbol mundial, y no haber logrado prevalecer en ella ni siquiera una vez es una vergüenza.

Costa Rica es el favorito. Por su desempeño en el Campeonato Mundial Brasil 2014, y porque de todos los equipos concursantes, es el que tiene la alineación más íntegra (solo nos faltan Celso y Keylor). México y los Estados Unidos, por ejemplo, se están presentando con equipos plagados de suplentes, con selecciones B, que no representan su verdadero nivel futbolístico. Por eso, y por muchas razones más, todo lo que no sea ganar la Copa Oro de manera categórica, ha de ser tenido por un fracaso. No creo en eso de entrar a una competencia únicamente para afinar detalles con miras a otra justa —en este caso, la clasificación a Rusia—. Esa es una mala manera de concebir las cosas. En el fútbol competitivo cada partido, cada certamen se juega a muerte, movilizando la totalidad de nuestro arsenal, y dejando la vida en el terreno de juego. De no ser así, entonces mejor no participen, amigos, no engañen a la gente.

Hay que ganar. Es una cuestión de honor, de lealtad a la bandera, de amor propio y de ética deportiva. Jugar con la sangre, los huesos y las vísceras.