Por: Amado Hidalgo 19 septiembre

A todos nos pasó. Romper el papel navideño, abrir el paquete con afán y convertir la Nochebuena en una noche de desilusión. En lugar del robot de la última película, armado de láser y capacidad de volar, nos han dado un soldadito de plástico, verde, patético y diminuto.

Algo de esa vivencia infantil nos persigue de adultos, con la llegada en cada diciembre o julio de esos paquetazos envueltos en la camiseta de nuestros amores futboleros. Esperamos goles a granel, que la herida defensiva deje de sangrar o que el anhelado armador llegue con su chistera de mago, para reinventar el juego ofensivo de un equipo que se olvidó de ganar. Pero el Santa Claus del fútbol nos vuelve a defraudar y apenas le quitamos el envoltorio y lo ponemos en el campo, con la esperanza desbocada, nos toca atragantarnos de la pena.

Otra vez la bola plástica en lugar de la Tango, la Fevernova o la Jabulani que esperamos con inocencia infantil tras ver a los Maradona, Platini o Ronaldinho, desgranando su genio en el último mundial que vimos en la tele. ¡Puro paquete ese Santa, amarrete, insensible y despistado, porque de seguro extravió la carta que tanto nos costó llenar!

Esperaron una versión moderna del Bam Bam Zamorano, pero les llegó el Bam Bam de los Mármol, el fortachón hijo de Pablo, bueno para los bolos, pero cero diestro con la bola de fútbol. Lo vendieron como un gladiador de la defensa, pero vino un coleccionista de penales y autogoles, con solo marcha atrás. Dijeron que haría olvidar a la Cobra Wanchope, pero no llegó ni a una falsa coral desdentada. En fin, paquetazos con el ·che a flor de boca, el mate en la valija, el vallenato en el Ipod, pero sin música en los pies, la garra catracha sin dientes ni uñas, serbios exóticos, pero empotrados en la banca, o caribeños sin ton ni son.

Siempre hay excepciones. Sobreviven al recuerdo de los últimos tiempos, los Sarvas, Machado, País, Izaguirre, Ciccia, y algunos otros que se tatuaron la camiseta a punta de sudarla y que regalaron alegrías a quienes, un día, los vieron llegar a su estadio, con la misma esperanza del niño que recibe su envoltorio navideño.

Lo más triste: Esos paquetes evitan que florezcan jugadores locales jóvenes, con aroma a futuro, transfusión sanguínea para la Selección del mañana. Vienen y se van y no se llevan ni el recuerdo de los seguidores que alguna tarde, alguna tal vez, pudieron aplaudirlos. Pronto nadie los recuerda, el olvido los persigue y la memoria los desaloja del sitial que reserva para los que dejan huella.

Lo más grave: Nunca hay responsables por jugar con los sueños del aficionado. Ni el entrenador que lo pide o aprueba, ni la comisión técnica que lo recomienda, ni el agente que lo promueve, ni el directivo que dispone del presupuesto para pagarlo. Se queda entonces uno con el sinsabor y la sospecha entre pecho y espalda: ¿Será que algunos vivillos hacen su agosto y se echan un paquetito a la bolsa cuando se contrata a un paquetazo?

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